La cuarta pared

14 marzo, 2016

GUILLERMO BUSUTIL

¿Tiene usted una habitación en la que refugiarse?, ¿un espacio íntimo en el que reencontrarse?. Da igual que tenga ventanas o que se trate de cuatro paredes blancas. Lo importante son esos metros cuadrados únicamente suyos o al menos en los que usted se siente a salvo, feliz, seguro, inspirado. A lo largo de la historia este tipo de hábitat ha tenido numerosos y diversos reflejos. El boudoir de las damas francesas. La habitación propia reivindicada por Virginia Woolf. La que tenía Jacques Lacan para contemplar a solas El origen del mundo de Coubert. La habitación cerrada con armario en la que Dorian Grey ocultaba la descomposición de su alma en un retrato, y la que tanto Borges como Paul Auster utilizan como metáfora de la creación y la ruptura entre ficción y realidad. No podemos olvidar la habitación del pánico en la que ponerse a salvo de una amenaza. Incluso empieza a ser habitual que la parejas, a partir de la rutina emocional de la madurez, tengan una en la que distanciarse del espacio común para mantener vivo lo que les queda de su yo. También en el ámbito laboral existe un tipo de habitación, sólo para los que ostentan un cargo: el despacho. Y aunque en ocasiones sea una caja de cristal continúa siendo una habitación. En este mismo territorio, el laboral, a veces se encuentra igualmente una habitación en la que sólo los empleados pueden tomar café, comer algo al mediodía o descansar un rato. Algo parecido a lo que sería la sala de profesores. Así que lo único que faltaba era una habitación en la que la ficción, la realidad, el miedo, la soledad, la inseguridad, la incomunicación pudieran resolverse a diario y dentro de la deshumanización del universo laboral. Es la que ha creado Jonas Karlsson  en la deliciosa novela, La habitación, publicada por Salamandra, que bien podría ser un cuento kafkiano. El expresionismo, el tratamiento de la alienación, lo insólito  y absurdo del autor de La metamorfosis alambicado por una mirada minimalista que también pespunta su parodia, sobre las relaciones y actitudes en el competitivo universo laboral, con la inasible realidad y el cuestionamiento de la sociedad y del hombre presentes en la obra de Beckett. Incluso tiene ecos de Cómo ser John Malkovich del guionista David Kauffman en la que un misterioso túnel conducía al empleado de una oficina  a la cabeza del actor.

Bjorn es un  funcionario metódico, engreído y con poca categoría laboral que busca abrirse paso en su nuevo destino. Una oficia abierta, excepto el acristalado despacho del jefe, en el que cada cual va a lo suyo. En ese ámbito, en el que encontrará las diversas «categorías» de la condición laboral (el chivato, la simpática, el pelota, el envidioso, el que se escaquea del trabajo), comparte mesa con un compañero que invade su espacio con expedientes que desordena. Una invasión que choca con su propósito de ascender mediante un plan que conlleva llegar antes, reducir al mínimo sus descansos, resultar creativo y socializar sólo lo necesario con el resto de empleados. Un día, Björn descubre una pequeña habitación en medio de un pasillo en la que no se asiente incomprendido ni  acosado. Un espacio austero, con una pequeña mesa y un archivador, que sólo existe en la planta donde él tiene su puesto y que intenta compartir con sus compañeros en su afán de entender para qué sirve y por qué siempre está vacío. El conflicto surge cuando los demás ven una pared donde él ve esa habitación secreta. Ese extrañamiento, que se agrava por su insistencia en adentrarse en ella, provoca  un rechazo de los mismos incomodados por su obsesión hasta el punto de exigirle a su jefe de sección que lo envíe al psiquíatra. A partir de ese momento Björn tendrá un cambio de actitud y diseñará un plan estratégico para demostrar que no está loco y ascender en el escalafón profesional. La habitación de Jonas Karlsson termina siendo un excelente cóctel que destila una tragicomedia ácida, con una aristada riqueza psicológica y un punzante  humor negro que desangra filosofía moderna. Contado todo con una prosa relajada y un sesgo de thriller que consiguen envolver y tener alerta al lector. Es, sin duda, una buena manera de cuestionar un universo laboral y social sometido al absurdo, a las luchas de poder, de reflexionar sobre la necesidad de imaginar y defender que se puede ser diferente a los demás sin ser culpados ni excluidos.

FICHA
La habitación
ANTONIO KUIRIKAMI
SALAMANDRA
14 €

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