La caída de Málaga

9 abril, 2016
Refugiados de toda la provincia en la Catedral.

Refugiados de toda la provincia en la Catedral..

ENRIQUE BENÍTEZ

Las crónicas de la guerra civil de Ludwig Renn incluyen su versión de la pérdida de Málaga, muy parecida a la del austriaco Franz Borkenau

Parece que Málaga tuvo en los primeros meses de 1937 un imán para determinados personajes de habla alemana. Si ya es de sobra conocido que aquí sería capturado el periodista Arthur Koestler, un nuevo testimonio se suma a la larga lista de escritos elaborados por extranjeros sobre los últimos días de la Málaga republicana y la dejación de funciones de Largo Caballero y sus mandos militares.

Es ilustrativo el relato indirecto que hace Ludwig Renn (pseudónimo del aristócrata comunista Arnold Friedrich Vieth von GolBenau, que cambiaría su nombre a raíz de ser perseguido por los nazis). Primero porque narra un nuevo y hasta ahora desconocido punto de vista de la campaña sobre la ciudad. Pero también porque lo hace –y así lo dice en La guerra civil española (Fórcola)– de manera indirecta, a partir de los documentos manuscritos encontrados a otro compatriota alemán, Hans Kahle, tras su muerte a finales de los 40. Kahle fue uno de los más importantes dirigentes de las Brigadas Internacionales y uno de sus mejores y más exitosos mandos militares. Así pues, sus notas son muy relevantes.

No escatima desprecio Renn, comunista, hacia Largo Caballero y sus militares de cabecera: Asensio, Cabrera o Martínez Monje. Todos ellos, junto al desgraciado coronel Villalba, enviado de urgencia para tratar de sostener la ciudad en manos del gobierno legítimo, serían encarcelados y juzgados por su incompetencia militar tras la caída de Málaga, aunque serían absueltos. Villalba –hijo de uno de los fundadores de la Legión– llegó a una ciudad descontrolada, «perdió mucho tiempo en negociaciones de oficina con todos los charlatanes anarquistas y envió informes al entristecido general Monje y a los dudosos ayudantes de Largo Caballero en Valencia, que no surtieron el menor efecto», escribe Renn.

Hay diversos párrafos exagerados o incorrectos sobre las fuerzas atacantes –sitúa en Málaga a los voluntarios fascistas católicos irlandeses, acantonados en Cáceres en aquellos momentos– y también una sólida crítica a la actuación de las milicias anarquistas, que abandonaron la defensa en los primeros envites moros e italianos. Pero no anda desencaminado al defender el abandono oficial de Málaga y recuerda que el propio general Cabrera «fue tan poco prudente como para decir que, gracias a la caída de Málaga, se había reducido el frente y que eso suponía una ventaja». Un comentario que «sumió a la gente en la perplejidad y despertó la sospecha de que los mandos del Ejército habían abandonado deliberadamente el extenso frente de Málaga».

El reñidero español
El libro de Borkenau, periodista, complementa muy bien la visión de Renn. El austríaco –que como Koestler luego renunciaría al comunismo– llama la atención sobre la detención del avance franquista en Motril, frenado por la movilización urgente de varias brigadas internacionales bisoñas procedentes de Murcia e inactivas durante los ataques a Málaga. Al mando de ellas otro alemán, Wilhelm Zaisser, alias General Gómez, que llegaría a ser ministro para la Seguridad del Estado en la recién fundada RDA y creador de la Stasi. Ahí es nada. Renn y Borkenau coinciden al preguntarse cómo fue posible que unas tropas de voluntarios sin apenas instrucción militar lograran detener con eficaz contundencia el avance franquista por la costa tropical. Y ambos llegan a la conclusión de que un envío oportuno de refuerzos a Málaga habría puesto en serias dificultades a los voluntarios italianos fascistas. La batalla de Guadalajara les da la razón.

Borkenau llega a Málaga en los primeros días de febrero de 1937, procedente de Almería, desde donde llegan suministros gracias al fuerte carácter de su gobernador civil. Permanece tres días, con otros corresponsales. Apenas cita nombres, por desgracia, y su escrito es muy pesimista y sombrío. «La impresión que me produjo Málaga fue espantosa. (…). El elegante distrito de Caleta había sido completamente destruido, quemado por la multitud en los primeros días. Quedan en pie unos cuantos hoteles y el mayor de todos, el Miramar, ha sido expropiado y convertido en hospital; de las grandes mansiones quedan sólo las paredes. Es imposible describir la impresión que tal ciudad de los muertos puede causar».

Borkenau recorre la ciudad, sufre los bombardeos, visita al gobernador civil, acude a las posiciones del incierto frente junto a los otros periodistas. Como Renn, también se equivoca: niega la presencia de soldados italianos en el ataque franquista. Sus memorias son muy ásperas respecto a la actitud de la ciudad, a la valía de las tropas o milicias republicanas, y por supuesto en relación al abandono evidente del gobierno de Valencia. «El aspecto más sorprendente –escribe– es la relación que existe entre la población civil y el frente. No hay casi contactos. Las tropas del frente están integradas casi exclusivamente por andaluces, en su gran mayoría de la provincia de Málaga. Y sin embargo la ciudad no parece ansiosa de ayudarlos. (…). La ciudad, después de tantos sufrimientos, se ha vuelto pasiva».

Borkenau aboga en su libro por un cambio en el destino, propiciado por una defensa de la ciudad a la desesperada, casa por casa, que habría atemorizado a los insurgentes visto el precedente de los arrabales de Madrid. Pero eso no ocurrió. «La República española pagó con la caída de Málaga la decisión de su ala derecha de poner fin a la revolución social y de su ala izquierda de no permitir que esto sucediese». La inmediata ofensiva del Jarama salvó a Largo Caballero, que saldría muy debilitado de la pérdida de Málaga. Mientras tanto, miles de malagueños huyeron bajo las bombas y la metralla camino de Almería, y la represión se cebó con los supervivientes. Renn y Borkenau ilustran con sus recuerdos personales y prestados aquellos días de rara estrategia militar y desunión política, cuyas víctimas se contaron por millares. Dos testimonios coincidentes que permiten conocer un poco mejor cómo se decidió el destino de nuestra ciudad.

La guerra civil española, de Ludwig Renn

FICHA
La guerra civil española
LUDWIG RENN
FÓRCOLA
39,50 €

Lo que hace singular al aristócrata alemán Ludwig Renn (1889-1979) es su triple condición de militar profesional, por su experiencia como oficial combatiente en la Primera Guerra Mundial; de comunista, exilado de Alemania a causa del nazismo; y de escritor, con fama internacional gracias a su libro Guerra (1928). Todo ello le convertía en uno de los más representativos de aquellos «voluntarios con gafas», intelectuales que se alistaron en las Brigadas Internacionales y que, comprometidos con la causa antifascista, acudieron a España donde la guerra aunaba romanticismo y militancia política, como Ernest Hemingway, Ilyá Ehrenburg, Gustav Regler, Bodo Uhse, Willi Bredel o Erich Weinert.

El reñidero español, de Franz Borkenau

FICHA
El reñidero español
FRANZ BORKENAU
PLANETA
21 €

El reñidero español recoge los diarios de viaje de un joven alemán que recorre los diferentes escenarios de un país inmerso en plena guerra civil. La educación política de su autor, así como su excelente capacidad de observación se trasladan al texto y dotan a su testimonio de una objetividad y agudeza infrecuentes en obras similares. No en vano, su publicación, exactamente un año después del estallido de la guerra civil, impresionó de manera inmediata a todos aquellos a quienes no había cegado la propaganda de uno u otro bando.

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