José Saramago: El brillante escritor que cegó al mundo

1 noviembre, 2018

LUIS M. ALONSO

Con motivo del 20 aniversario de la concesión del Nobel a José Saramago, Alfaguara publica El cuaderno del año del Nobel, el sexto libro de Los cuadernos de Lanzarote.

A buenas horas Fernando Gómez Aguilera llamó a Pilar para contrastar unas fechas de conferencias pronunciadas por su marido. Pilar del Río se encontraba en la casa de Tías y los textos a los que el filólogo quería acceder, Los cuadernos de Lanzarote, descansaban en la Fundación José Saramago en Lisboa. Esa noche, impulsada por la petición de Gómez Aguilera, Pilar entró en el estudio de José y encendió el ordenador de su marido. Buscó en el fichero y presionó con el ratón sobre la carpeta Cuadernos y empezó a rotar por una sucesión de carpetas que terminaba con el sexto cuaderno. «¿Cuaderno seis?». Pensó que era una copia de algún cuaderno anterior puesto que Los cuadernos de Lanzarote no están formados más que por cinco libros. Pero cuando comenzó a leer los documentos de la susodicha carpeta, Pilar abandonó enseguida esa idea. Era un libro nuevo.

Descubrimiento literario, ni los editores, ni su traductora, ni el escritor en vida recordaban la existencia de otro cuaderno de memorias. Por qué debían acordarse si, como decía Saramago: «Estoy viviendo como una estrella de rock».

Con motivo del 20 aniversario de la concesión del Premio Nobel a José Saramago, la editorial Alfaguara publica El cuaderno del año del Nobel, el sexto y, esta vez sí, último de Los cuadernos de Lanzarote, sus pensamientos. Llamó «vómito» a Berlusconi y publicó un libro especial por las víctimas de Haití. Considerado el García Márquez portugués, a Saramago no le gustaban las comparaciones y cuando se las hacían él no dudaba en darles la vuelta: «Entonces Gabriel, será el Saramago colombiano».

Nunca escribía más de dos hojas y se dio a conocer cuando tenía 62 años. Una edad demasiado tardía para escribir. Pero lo cierto es que José ya había escrito antes, en esos sesenta años que a los historiadores se les escapan de sus manos porque de ellos José Saramago pocas pistas dejó. José Saramago recibió el premio Nobel en 1998. En aquel momento, el portugués no había logrado superar la maldición según la cual, la Academia sueca no lo consideraba merecedor al premio. Saramago fue un eterno candidato, en especial desde que publicó Ensayo sobre la Ceguera en 1995; la novela sobre la que Harold Bloom dijo «una interesante alegoría antitotalitaria» y que lo proyectó en América.

José Saramago.

El autor, nacido en 1922 en Azinhaga, uno de esos lugares pobres y devotos de Portugal, pasó su infancia en la casa de los abuelos maternos. Era una hacienda con cerdas y presidida por una higuera bajo la cual, José nutrió su imaginario de los recuerdos de su abuelo. Allí pasó los veranos, descalzo y con el mal olor que persigue a los personajes de Memorial del convento. Pero fue también en esas estampas rurales donde Saramago comenzó a titubear con la melancolía hasta adquirirla como propia. A los trece años, casi a la vez que empezaba a utilizar zapatos, las penurias económicas lo forzaron a abandonar sus estudios en la escuela secundaria para ejercer de cerrajero mecánico en Lisboa.

Lo que sucede hasta 1944, fecha en que contrae matrimonio con la grabadora Ilda Reis, es desconocido. Fue un lector asiduo en la Biblioteca Central de la Ciudad y a los 25 años publicó Tierra de Pecado (1947), novela sin aparente éxito. El matrimonio con Ilda Reis, del que tuvo una hija, se extendió hasta los setenta, y al poco de separarse trabajó por unos meses como subdirector en el Diario de Noticias. Desde entonces y hasta 1986 hubo por el medio una breve relación con una escritora lisboeta y dos novelas esenciales: Memorial del convento y La muerte de Ricardo Reis. Estas dos llevaron a una periodista española de TVE a conocer a Saramago, quien se convertiría en su marido en 1988. Una historia de amor.

José y Pilar dejaron Lisboa en 1992 para irse a vivir a un lugar que, «simbólicamente hablando, estuviera entre América, África y Europa». Pilar conoció a Saramago luego de leer Memorial del convento, «Me asombró tanto que hubiera un escritor tan sensible y a la vez tan intelectual que, nada más leer la novela, fui a la librería y dije todo lo que haya de este hombre, dénmelo». En ese mismo año, en 1986, Pilar leyó El año de la muerte de Ricardo Reis —heterónimo del gran poeta portugués Fernando Pessoa— y quiso seguir el itinerario del protagonista de la mano del autor. Así que se citaron en el Hotel Mundial de Lisboa un día a las cuatro de la tarde. En la recepción del hotel, una joven periodista lo recibió y juntos recorrieron las calles de Lisboa. Cruzaron el centro de la ciudad, entraron en el cementerio de los Prazeres y leyeron los poemas de Fernando Pessoa frente a su tumba. A partir de Ensayo sobre la ceguera, Pilar se convirtió en la única persona en conocer los escritos y traducirlos al español de manera simultánea. Era un trabajo a dos manos que tuvo como resultado la publicación de los libros en los dos idiomas a la vez. «A Pilar, que no dejó que yo muriera», «A Pilar que todavía no había nacido, y tanto tardó en llegar». «Este libro no necesita ser dedicado a Pilar porque ya le pertenecía». Las dedicatorias hacia su mujer se repiten, y, sin embargo, Pilar evitaba leerlas. «¿Por qué?», le pregunto, «Ay, me daba mucha vergüenza. Claro que lo agradecía, pero sentía vergüenza. Las dos cosas pasan, ¿no? Yo creo que eso nos ocurre a todo el mundo. Nos puede gustar una cosa y darnos pudor».

Pilar fue piedra insoslayable en Saramago y lo acompañó incluso en su intimidad más absoluta. El último libro que estaba leyendo era un regalo suyo: Las confesiones del estafador Felix Krull, una obra inacabada de Thomas Mann. Pilar aun hoy se arrepiente porque José estaba muy enfermo de leucemia y pudo haber pensado, mientras leía la novela, que él tampoco acabaría lo que estaba escribiendo. «El último recuerdo que tengo de José, precisamente, es ese», me dirá Alfredo Conde, «José, en un restaurante de Madrid, desatendido totalmente de sus amigos, con el canto de la muñeca sobre el hombro de Pilar y la mano bajo su escote. Concentrado en los senos de su mujer que los iba acariciando como si, palpando la juventud, la vida, distrajera a la muerte».

FICHA
El cuaderno del año del Nobel
JOSÉ SARAMAGO
ALFAGUARA
21,90 €
Traducción de Antonio Saez Delgado

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