Isla de Wight

5 marzo, 2016
GUILLERMO BUSUTIL

La juventud es un corazón rodeado de música por todas partes. Un territorio azul en el que la vida es la seducción de los límites imposibles, la embriaguez de todos los tiempos del tiempo. El de la experiencia, el de la imaginación, el de los neófitos y los adictos, inquilinos todos de una atmósfera de eternidad en la que no existe la muerte ni el fracaso. Sólo el amor, el sexo, el desorden y la búsqueda del presente. La juventud es el estribillo hipnótico de una canción que gira sobre sí misma. Es necesario bailarla hasta el final de las fuerzas, beberse sus noches, crecerse filósofos de utopías con sus lecturas. De cómo cada cual la viva, así serán sus fantasmas. Y también el relato hacia atrás con el que descubriremos nuestras traiciones o nuestra afianzada identidad. Y si el resultado es más o menos pacífico, con un saldo a favor, no es extraño que le desempolvemos la niebla, con suave ternura la pongamos en un plato en el blanco y con la aguja de la escritura recordemos la música con la que un día nos enamoramos de la vida y sus combates. Bien lo sabe, bien lo hace y al lector envuelve con su literatura de dietario y de viaje, de fabulaciones y de crónicas, José Carlos Llop. A solas, con sus poetas caídos, con las orillas de los que fueron sus paraísos, con la ficción con la que uno evoca su memoria, en las páginas clandestinas –toda la juventud lo es en la bohemia de su espíritu– de Reyes de Alejandría.
Los Rolling, Hendrix, Frank Zappa, Leonard Cohen, Joan Báez, Neil Young, Clapton, Jethro Tull, Bob Dylan. Todos los hijos de  los agostos de la isla de Wight, desde el mítico 1968, pero sobre todo Bowie –las diferentes caras del talento y una revolución– son los compases del oleaje existencial con el que se tatúa un joven aprendiz de escritor que se sueña Durrell en su Mallorca natal. Doménico Modugno, Serrat, Amalia Rodrigues, Moustaki, Françoise Hardy Rahvi Shankar. Las amarras rotas, la cintura estrechada, la identidad hacia adentro, hacia fuera la libertad. Un álbum sentimental de la contracultura de los 70 en cuyo interior resuena su educación entre dos épocas: el pasado de un franquismo que agoniza con ejecuciones y violencia de gris y el presente sin final a lo largo de una calle en armas de libertad y de las noches a las que descorcharles la entrepierna y el corazón. Whitman y Pound, Rilke y Chopin. El romanticismo salvaje y el romanticismo interior entre el mundo familiar que se deja atrás y esa Barcelona donde la vida era una película de diseño nouvelle vague. ¿Quién no quería en esos años reinventar el arte, vivir cada cuerpo como el erotismo de un poema, amar en un tango sin perder a cambio, escribir como una forma de vida? Wenders y Lacan, las dos orillas de la felicidad que el protagonista y los adláteres de esa generación no dejaron de bailar. Demasiado hermoso para durar, y no cobrarse un peaje que terminó en dolor. El dinero, la droga, el sida, el mercado, el fracaso. La muerte con los ojos que supo Pavese.
No es difícil verse caminar y correr, junto a José Carlos Llop y su prosa confesional y puzlada sin nostalgia y con esmerada contención, por las hojas de hierba de un tiempo que se deshace como una magdalena pop en la vida de un hombre de paso por París. El relato galdosiano en su narración y cervantino en su manera de mirarse y mirarlo todo a la altura de lo humano, de un período dichoso al fondo de la vida y del que se es rastro y relámpago, poeta y náufrago. Un tipo azul ileso, con algunas cicatrices arrugadas y ecos de peguntas sin respuesta y en sombras, que apura la copa sin amargura y se marcha. «Bye, Bye, Love», suena a sus espaldas. Sólo el futuro sabe que camina de frente, y tal vez silbando un poema con el que se ha citado más adelante.

a juventud es un corazón rodeado de música por todas partes. Un territorio azul en el que la vida es la seducción de los límites imposibles, la embriaguez de todos los tiempos del tiempo. El de la experiencia, el de la imaginación, el de los neófitos y los adictos, inquilinos todos de una atmósfera de eternidad en la que no existe la muerte ni el fracaso. Sólo el amor, el sexo, el desorden y la búsqueda del presente. La juventud es el estribillo hipnótico de una canción que gira sobre sí misma. Es necesario bailarla hasta el final de las fuerzas, beberse sus noches, crecerse filósofos de utopías con sus lecturas. De cómo cada cual la viva, así serán sus fantasmas. Y también el relato hacia atrás con el que descubriremos nuestras traiciones o nuestra afianzada identidad. Y si el resultado es más o menos pacífico, con un saldo a favor, no es extraño que le desempolvemos la niebla, con suave ternura la pongamos en un plato en el blanco y con la aguja de la escritura recordemos la música con la que un día nos enamoramos de la vida y sus combates. Bien lo sabe, bien lo hace y al lector envuelve con su literatura de dietario y de viaje, de fabulaciones y de crónicas, José Carlos Llop. A solas, con sus poetas caídos, con las orillas de los que fueron sus paraísos, con la ficción con la que uno evoca su memoria, en las páginas clandestinas –toda la juventud lo es en la bohemia de su espíritu– de Reyes de Alejandría.

Los Rolling, Hendrix, Frank Zappa, Leonard Cohen, Joan Báez, Neil Young, Clapton, Jethro Tull, Bob Dylan. Todos los hijos de  los agostos de la isla de Wight, desde el mítico 1968, pero sobre todo Bowie –las diferentes caras del talento y una revolución– son los compases del oleaje existencial con el que se tatúa un joven aprendiz de escritor que se sueña Durrell en su Mallorca natal. Doménico Modugno, Serrat, Amalia Rodrigues, Moustaki, Françoise Hardy Rahvi Shankar. Las amarras rotas, la cintura estrechada, la identidad hacia adentro, hacia fuera la libertad. Un álbum sentimental de la contracultura de los 70 en cuyo interior resuena su educación entre dos épocas: el pasado de un franquismo que agoniza con ejecuciones y violencia de gris y el presente sin final a lo largo de una calle en armas de libertad y de las noches a las que descorcharles la entrepierna y el corazón. Whitman y Pound, Rilke y Chopin. El romanticismo salvaje y el romanticismo interior entre el mundo familiar que se deja atrás y esa Barcelona donde la vida era una película de diseño nouvelle vague. ¿Quién no quería en esos años reinventar el arte, vivir cada cuerpo como el erotismo de un poema, amar en un tango sin perder a cambio, escribir como una forma de vida? Wenders y Lacan, las dos orillas de la felicidad que el protagonista y los adláteres de esa generación no dejaron de bailar. Demasiado hermoso para durar, y no cobrarse un peaje que terminó en dolor. El dinero, la droga, el sida, el mercado, el fracaso. La muerte con los ojos que supo Pavese.

No es difícil verse caminar y correr, junto a José Carlos Llop y su prosa confesional y puzlada sin nostalgia y con esmerada contención, por las hojas de hierba de un tiempo que se deshace como una magdalena pop en la vida de un hombre de paso por París. El relato galdosiano en su narración y cervantino en su manera de mirarse y mirarlo todo a la altura de lo humano, de un período dichoso al fondo de la vida y del que se es rastro y relámpago, poeta y náufrago. Un tipo azul ileso, con algunas cicatrices arrugadas y ecos de peguntas sin respuesta y en sombras, que apura la copa sin amargura y se marcha. «Bye, Bye, Love», suena a sus espaldas. Sólo el futuro sabe que camina de frente, y tal vez silbando un poema con el que se ha citado más adelante.

FICHA
Reyes de Alejandría
JOSÉ CARLOS LLOP
ALFAGUARA
17,90 €

«En un hotel de París, entre el teatro del Odeón y el bulevar Saint-Germain, un hombre recuerda su juventud, en un hipnótico relato que nos habla de una época que fue y de la que apenas queda rastro. ¿Sus escenarios?: Palma -la ciudad mediterránea- y Barcelona -la ciudad mestiza, que todo lo fue- a mediados de los años setenta, cuando el viejo orden se estaba desmoronando y el nuevo no existía aún.».

No hay comentarios

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: