Inka Parei: La central del frío

8 octubre, 2017

RICARDO MÉNENDEZ SALMÓN

Una historia de Inka Parei que se despliega en tres décadas de la historia alemana.

La psicología de la percepción maneja experimentos destinados a probar lo caprichoso de los sentidos, sus engañosas conjeturas y la necesidad que acucia al cerebro de, dados unos elementos de carácter fragmentario, proceder a un atisbo de organización. Es conocido el dibujo que esconde dos figuras antitéticas que representan a una mujer joven y a una mujer vieja. O la línea vertical partida por segmentos de diverso color y, en apariencia, diverso tamaño que, al ser medidos, no responden a la estimación esperada, dada la tendencia a concebir distancias atendiendo también a la proximidad cromática entre colores.

Pero no sólo los habituales órganos de los sentidos son falibles. Ese otro apabullante órgano del sentido que es el lenguaje no resulta menos problemático. Basta considerar cómo un único término, por ejemplo «pasado», posee significados distintos en función del grupo humano, el marco social y el conglomerado cultural en que se emplee.

La seducción más poderosa que ejerce La central de frío, novela de la escritora alemana Inka Parei, se revela al apuntar en esta doble dirección de la negligencia de los sentidos y la ambigüedad del lenguaje. La ambición de la obra, breve en extensión, radica en su despliegue en el tiempo, pues su peripecia aborda tres décadas de historia alemana, desde la época anterior a la Reunificación hasta los primeros años del siglo en curso. Y lo hace desplegando una historia que apunta a la solución de un enigma, pero que, bajo este aspecto de indagación policiaca, procura una radiografía social, una encuesta que, desde la perspectiva de la llamada «generación de los nietos» a la que Parei se adscribe por edad, indaga en la perversa realidad del paraíso de los trabajadores de la extinta República Democrática y en las dificultades vividas por los hombres y las mujeres que, tras la caída del Muro, se abrazaron con una Alemania, la Federal, condenada a no entenderlos.

La escritura de La central de frío recuerda al ambiente de la fábrica de climatización en la que el narrador de la novela trabaja durante la década de los 80 del siglo pasado. Su sobriedad, su austeridad, su opacidad revelan algo más que una decisión estética. El lenguaje, y los sentidos que en él se apoyan para percibir el mundo, trasladan una realidad bidimensional, a la que falta la profundidad del afecto y la promesa de otro tipo de paisaje. Esa incapacidad para percibir una tercera dimensión es la que condenará al protagonista a una visión y a una interpretación equívocas de un hecho capital, en torno al cual gravita la inquietud que suscita la obra. Claro que a Parei no le importa tanto desvelar qué ha sucedido en realidad cuanto evidenciar que ese «pasado» problemático, mencionado al comienzo de esta lectura, condena al narrador a participar de la metáfora que su propio trabajo encierra, la de ser un mero «productor de frío» un técnico condenado a vivir en un desamparo glacial, burlado por el lenguaje y traicionado por sus sentidos.

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