Hombres famélicos

10 agosto, 2015
Protesta en Nueva York tras la caída del Banco de Estados Unidos. Fuente: Biblioteca del Congreso

Protesta en Nueva York tras la caída del Banco de Estados Unidos. Fuente: Biblioteca del Congreso

ALFONSO LÓPEZ ALFONSO Nada que esperar, el relato directo de una vida atrapada en la Gran Depresión que publica la editorial Sajalín en España

Tom Kromer (Huntington, Virginia Occidental, 1906-1969) fue una de las muchas personas que protagonizaron la dura caída que afectó a millones durante la Gran Depresión de los años treinta. Uno de esos que «cansados de cargar con tanto peso, avanzan a duras penas por esta dura carretera», como cantaba Gene Austin. Gente que saboreó el polvo del camino sobre el que se irguieron imperecederas la voz de Woody Guthrie, la pluma de John Steinbeck y la mirada de Dorothea Lange. De no haber sido un joven de procedencia humilde en aquellos agitados momentos del siglo XX –era hijo de un inmigrante checo, minero y soplador de vidrio, que murió joven a consecuencia de un cáncer– probablemente Thomas Michael Kromer habría logrado graduarse en la universidad y llegar a ser un acomodado profesor o un trabajador de cuello blanco bien remunerado. Sin embargo, nada sucedió así. La falta de recursos le hizo abandonar los estudios universitarios y con la Gran Depresión perdió el empleo. Consecuencia: durante más de cinco años fue un vagabundo.

Como tantos otros, viajó por Estados Unidos en trenes de mercancías a la caza de un trabajo que no llegaba. Pasó hambre, frío y enfermó de tuberculosis. Y esas experiencias le sirvieron para escribir una novela, Nada que esperar (Sajalín), publicada por primera vez en 1935. Junto al puñado de relatos de la misma temática que la acompañan es todo lo que publicó Kromer antes de dejar de escribir en 1937: «Escribí tal y como me iba naciendo, y el lenguaje que utilicé fue el lenguaje que utilizan los vagabundos, pese a que no es el más agradable del mundo. Garabateé fragmentos de este libro en papeles de fumar Bull Durham y en los márgenes de folletos religiosos. Los garabateé en vagones de mercancías, en centenares de albergues cristianos, en celdas y calabozos, en cobertizos ferroviarios y en pensiones de mala muerte», nos advierte el autor en una nota autobiográfica.

El relato está armado con una prosa directa y transparente, sin apasionamiento ni victimismo. Kromer describe sin énfasis el mundo hostil que le toca a todo aquel que se sale del sistema: «Resulta que estos vagabundos se han metido en el albergue porque no tienen otro lugar donde protegerse del frío y va y ese malnacido les pide que se levanten y expliquen lo que Dios ha hecho por ellos. Yo puedo decirle lo que Dios ha hecho por ellos: nada de nada, absolutamente nada. Pero no se lo digo. Aquí dentro hace calor y ahí fuera hace frío».

Dos décadas antes de que Allen Ginsberg profiriera su Aullido, Kromer plasmó el de toda una generación que se perdió entre los vértices del paro, el hambre, los albergues, la mendicidad y los trenes de mercancías a la manera de El emperador del Norte. Y lo que es más importante, demostró que para escribir una obra maestra, llena de vida y dolor, pero también de ironía y lucidez, no hace ni pizca de falta engalanar el estilo. Basta con tener algo que contar y contarlo en lenguaje llano y con la mayor transparencia posible. Kromer sabía que por ser oscuro no se es mejor escritor. Y dijo lo que tenía que decir: breve, alto y claro.

FICHA
Nada que esperar
TOM KROMER
SAJALÍN
17,60 €

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