Hermanos Goncourt: El siglo XIX en primera persona

19 marzo, 2018

Diletantes, cultos, elitistas y amantes del siglo XVIII y del arte oriental, los hermanos Jules y Edmond de Goncourt, son hoy más recordados por el premio literario que lleva su nombre que por sus novelas o por su Diario. Memorias de la vida literaria (editorial Renacimiento), fascinante fuente de información sobre la vida intelectual (y no solo) de la Belle Époque.

R. VENTURA-MELIÀ

¿Se puede saber qué pensaba la familia Napoleón de nuestra Eugenia de Montijo? Pues sí. ¿Se puede saber qué pensaba Flaubert de su amante, Louise Collet, la protagonista de L’educatión sentimental? Afirmativo. ¿Se puede saber qué decía Turgueniev sin restricciones ni tapujos? También, y resulta impagable. ¿Se puede saber cómo llegó la influencia de Hocusai a Europa e influyó en Van Gogh? Sí, sin ambages. ¿Y quiénes iban al teatro y por qué triunfaban unos y otros fracasaban? Pues claro, como el agua, o negro sobre blanco, pero escrito con tinta y pluma de oca. Sí, en el siglo xix se escribía todavía así.

Todo eso y más se lo debemos a dos hermanos, que se valoraban, trabajaban juntos, se estimulaban y querían con locura, pero tan distintos el uno del otro como dos gotas de agua, uno alto y guapo, feliz de vivir y hasta de enfermar y morir, el otro meticuloso, orgulloso, gastador, pero loco por los pintores del siglo xviii, que hizo más que nadie por salvar ese mundo extinto (piensen Watteau, nacido español, o Boucher, es mucho Boucher el Provenzal), ese submundo que parecía borrado por la guillotina, de un golpe de muerte. Y a pesar de todo, resucitó por culpa de los Goncourt, del que sobrevivió y atesoró una gran colección y ambos indagaron en los archivos, adquirieron manuscritos, memorias y publicaron diversos libros que son impagables, tan maravillosos como el manuscrito perdido de la Atlántida, que dibujan, con sensibilidad y justeza. Porque esa hazaña la hicieron ellos solitos, sin dinero público, ni becas ni museos que apoyaran ni Cristo que lo fundó… ni medallas ni honores. El mundo pasaba de ellos, la vida oficial no les tenía en cuenta, ni Louis Phillipe d’Orleans, ni la Republique, ni el Segundo Imperio y menos la tercera que es la última en la que resistían.

La avenida de la Ópera de París vista por Pisarro.

La avenida de la Ópera de París vista por Pisarro.

Los que leen en castellano podían ir en busca del continente perdido, yo mismo lo encontré hace medio siglo, si no más, con La Clairon, un ensayo sobre una actriz de la Comedia Italiana en París, que hacía Goldoni como quien lavaba. También cuando, hace menos, me di con un libro maravilloso sobre La vida de las cortesanas en el siglo xviii (perdonen, ninguna mujer ha salvado esto, es obra de un machista, vamos, un hombre chapado a la antigua que iba de putas, y para mí como si hubiera ido de chulos…).

Jules muere y Egmont prosigue, temblando, lleno de pena, en soledad, y esas páginas a mi me sacuden, porque describe como el joven y guapo Jules lee a Chateaubriand –ese monstruo, que está en las antípodas de estos dos hombres del montón, ricos, más que el otro, sin infatuación, ese monumento al ego y a la lengua francesa, Memoires de ultratombe (bueno, perdonen, lo leí en Comboug en 1969)– y se extingue, y Egmont le ve sufrir (¡ay, qué película hay aquí por hacer). Y al lado, le vela, le ve dejar de respirar. ¡Cuánto sufrimiento para morir! Dice el mayor, que queda solo en el mundo (bueno la criada vale por todo Un coeur simple, esta Pelagia es oro puro, que venga la Benigna de Galdós y por favor hablen las tres juntas). Eso vale por un mundo aparte.

Pero la gran musa explícita es la princesa Mathilde Napoleón, nacida como tal en Alemania, tía de Louis Napoleón, a quien ayudaba a llegar, y a quien auscultaba cada día de su vida, sin dejar de casarse en Rusia con un gran seductor, y conocer al Emperador de Rusia, que es su confidente, ni dejar de hacer el amor con su amante, Niewkerke, ese gigante, esa máquina de dar placer, el aristócrata de los Países Bajos, casado con una dama del Fauburg, y segundo director, por culpa de ella, del museo del Louvre y culpable de la colección Wallace (vayan a Londres, no se arrepentirán) y de esa maravilla (sin la que mi vida no tiene explicación, Villa Rosi, en Toscana) con los Sainte Beuve, los Flaubert, los Maupassant, los Daudet, los Gautier, los Turgueniev o los Zola, dedicados, también los Goncourt, of course, los Voltaire, los Marx, o todos los padres de la Iglesia (para mi gozo repetido e inextinguible). Añadan su colección de Rembrandt, Delacroix, Courbet, Winterhalter… y más, los Ingres. Ella pagaba todo. Y esa Bonaparte es la ninfa desdeñosa de los Goncourt, que van a Saint-Gratien, como quienes van a Lourdes y la señora les hace vivir, son sus meninos; eso sí, ella nunca les habla de sus novelas, que son magistrales, lejos del realismo pedestre, art pour l’art, y que nadie edita en España, y que apenas tienen éxito cuando se publican en esa Francia madrastra, que hace la revolución en 1848 y vuelve a ensayarla en 1868, que ve la exposición de 1867 y hará luego la de la Tour Eiffel par abrir la Belle Époque, pero que nunca acierta con la Constitución, como España, lo dicen Marx y la alemana Hannah Arendt en La constitución americana (léanlo, aprovéchenla).

Mi entusiasmo no es ficticio, el primer lector fue un joven Marcel Proust, le marcó de por vida, le mostró, junto a Ruskin, el camino de À la recherche du temps perdu. Así que, por favor, no sean zoquetes, sigan el camino de Marcel y lean y descubran en esta biblia en pasta, contemplen a todo un siglo xix desfilar ante sus ojos y oídos. A ritmo de cancán. Es gran literatura, no es potim.

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