Gay Talese: dramas que tienden puentes

8 julio, 2018

LUIS M. ALONSO

El legendario periodista perfila las vidas de los boomers del Verrazano-Narrows mientras celebra un momento histórico de Nueva York

En las noches de octubre cuando el aire de la gran ciudad comienza a limpiarse, el puente Verrazano-Narrows se disuelve en el cielo color de pizarra. Desde la orilla de Bay Ridge, en Brooklyn, su contorno sólo suele ser visible por el brillo de las luces de los coches que lo atraviesan desde Staten Island o en dirección a ella. Del majestuoso gigante se perciben fulgurantes destellos rasgando las sombras. A finales de 1964, concluyeron los trabajos de uno de los grandes prodigios de la ingeniería, 4.176 metros de longitud, el puente colgante más largo de Estados Unidos y el sexto del mundo. Miles de hombres fueron contratados para construir la monumental estructura. Vinieron de todas partes. En los cinco años que duró la obra, montarían las vigas a grandes alturas sobre el puerto. Algunos, en concreto tres, perdieron la vida. Otros estuvieron a punto. El 21 de noviembre, cuando el patrón de la Tunnel Authority Robert Moses, el arquitecto Othmar Ammann y el ingeniero jefe Milton Brumer acudieron a la inauguración, en compañía del alcalde Wagner y el resto de las autoridades, ninguno de esos hombres estaba invitado a la ceremonia, como cuenta Gay Talese en la gran crónica que escribió entonces y que ahora ve la luz traducida al castellano en Alfaguara. El legendario reportero quiso contar la historia de los ausentes, con quienes siguió manteniendo contacto después de tiempo.

En el transcurso de cinco años, Talese escribió una docena de artículos sobre los boomers temerarios que atornillaron y remacharon los sesenta segmentos de acero del tamaño de un garaje que componen la cubierta del puente. Los trabajadores y sus capataces tenían nombres como Art a Paseo Drilling, Jack el Rojo Kelly, Hueso Murphy o Benny el Ratón. Entre ellos, manipulando una grúa, estaba nada más y nada menos que James J. Braddock, Cinderella man, campeón mundial del peso pesado de 1935 a 1937, cuando perdió la corona frente Joe Louis. Hasta 1938, el hombre Cenicienta se había embolsado un millón de dólares y, como él, se arruinó. En aquel momento, igual que el resto de la brigada de compañeros que había llegado a Nueva York para construir el Verrazano, sudaba la gota gorda y arriesgaba el pellejo.

Los boomers, cuenta Talese en la primera de sus crónicas, «llegan a la ciudad en coches enormes, viven en habitaciones amuebladas, beben whisky acompañado de chupitos de cerveza y persiguen mujeres que no tardarán en olvidar. Se quedan poco tiempo, no más del que necesitan para construir el puente y luego se marchan a otra ciudad, a otro puente, anclándolo todo menos sus vidas». Cuando no había puentes que construir, levantaban rascacielos, autopistas, o centrales eléctricas. Cualquier cosa que supusiese para ellos un reto y unas horas extra. Pertenecían al boom de la construcción, por eso les llamaron boomers. Las historias de estos obreros del boom eran un material de primera, pero si no lo hubieran sido Talese igualmente habría sacado de ellas petróleo. No hay historias malas sino periodistas aburridos. Gaetano Talese, el hijo del sastre calabrés que emigró a Ocean City, jamás lo fue: tenía el corte adecuado para cada reportaje. Del mismo modo que los trajes que salían de la sartoria de su padre, hilvanaba con esmero los artículos. «La sastrería es la construcción», se dijo mientras escribía sobre el puente. Cuidando los detalles, poniendo la oreja en las conversaciones de los personajes Talese se caracterizó siempre por su buen oído.

«–¿Te has enterado de lo de Drilling?

–Sí, pobre tipo.

–Lo han puesto con la banda de Whitey Miller.

–Menuda vergüenza.

–Pero ese Whitey Miller es un gran trabajador del hierro –intercedió uno–, eso debes admitirlo.

–Tengo que darte la razón, pero le importa un comino si acabas muerto.

–Yo no diría tanto.

–Bueno, yo sí. Me refiero a que Whitey Miller ni siquiera se dejaría caer por tu maldito funeral».

Es el extracto de una conversación en The Wigwam, el bar donde los indios se reunían cada noche para beber. Los indios trabajaban en el puente como el que más, pero una vez concluida la jornada, cuenta Talese, se olvidaban de todo «en medio de las nubes de humo, las burbujas de cerveza y las canciones del jukebox». Los fines de semana conducían 640 kilómetros hasta una reserva en Canadá para visitar a sus esposas e hijos. El lunes siguiente volvían a las vigas, a lo alto de las torres, desde donde los grandes trasatlánticos parecían barcos de juguete.

No importa de qué va El puente. Para disfrutar de su lectura merece la pena fijarse en cómo está escrito: en el estilo. Él te conecta. Tampoco importa el tiempo que ha pasado desde que se publicó por primera vez. Es atemporal: su autor celebra un gran momento en la historia de Nueva York y el verdadero alcance de la escritura de no ficción, cuyas historias siguen estando vivas. Talese nunca se propuso reflejarse en ellas pero sí inscribirse en los personajes de carne y hueso que las pueblan. En eso es un gigante, como el Verrazano-Narrows. Él mismo suele decir que para atrapar el verdadero sentido del relato se necesita tiempo. El reportero, ahora, no lo tiene. Está dedicado a la multifunción de entretener al lector llamando la atención sobre lo urgente y superfluo. Y cuando la historia es de portada, en el mejor de los casos sólo refleja un intercambio de media hora con los protagonistas y una serie de reflexiones apresuradas del propio autor. Talese es un verdadero maestro en convertir las pequeñas historias en grandes. Cuando tienen envergadura maneja el efecto a la inversa, pone el punto de mira en los detalles y en los personajes secundarios. En El puente conviven la crónica del drama humano detrás de la gran construcción de ingeniería y también el de los neoyorquinos que ven desplazadas sus vidas y sus hogares de siempre para dejar hueco a la mole de hierro que trae el progreso. Por ejemplo, la de Florence Campbell, que se negaba a abandonar su casa y no tardó en descubrir que el hedor que provenía de las escaleras era el del piso del único inquilino, además de ella, que quedaba en el edificio y que había matado a su esposa con una escopeta tres días antes debido a la tensión que le suponía ser desalojado. El drama está por todas partes, pero también hay algún que otro final feliz: el puente sirvió para unir vidas. Extraordinario, Gay Talese.

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