Gandamágico

1 julio, 2018

GUILLERMO BUSUTIL

Nunca se cierra del todo la puerta de la infancia. La entornamos para escaparnos hacia el mundo de fuera que parece más lejos -aunque también está dentro de nosotros-, después de haberlo interrogado desde la mirada del niño. Esa edad de entonces desde la que es más fácil romperle fronteras al tiempo, en la que todo es una pregunta con un misterio al fondo y que casi siempre los adultos no responden del todo. No cabe duda de que la infancia es el territorio de la imagen y el período de mayor certeza de que la realidad es el vestíbulo de la imaginación. Nada es imposible es esa época en la que nos nacen las alas, los magos y las hadas nos salen al paso y nos alivian los terrores, el instante de la duda que pone en solfa el otro lado de lo cotidiano donde cualquier sueño, monstruo, hallazgo y épica es posible. Sólo se necesita conocer la secreta palabra del abracadabra, el sendero que se adentra en el laberinto y cuya salida sólo exige coraje, humanidad, inteligencia y corazón. Siempre lo hemos sabido de abuelos a padres y de nietos a abuelos. Únicamente se nos olvida cuando el dolor, cuando la muerte, y el tiempo nos coloca contra nosotros mismos y entonces el miedo nos nubla la memoria de la infancia, y nos cuesta encontrar su llave para abrir la puerta por la que se sale del laberinto y de la vida a oscuras. No sé si ha sido esta la razón que ha llevado a Alejandro Gándara a escribir un libro delicioso en su ternura, y en su retorno a la infancia que nos forja el adulto con el que un día conversará de frente aquel niño, aquella niña, que nada tendrá que ver con Per Pan, con Alicia, con Huckleberry Finn ni Dorothy, aunque todos ellos de algún modo los estarán rondando.

Lo ignoro. No se lo he preguntado al escritor que inauguró los tallares en los que se aprende primero a leer las palabras, a forjar el lenguaje después y en consecuencia a narrar. La cuestión es que con todo lo expuesto ha confeccionado La vida de H, un manual de primeros auxilios acerca de la magia y de los afectos capaces de darle la vuelta a las edades y que sea una niña de cinco años la que se transforme en la brújula emocional de sus padres. No sólo posee una mirada capaz de resolver ecuaciones acerca de la muerte, derivadas de la identidad y conjuntos matemáticos sobre la forma de relacionarnos. También consigue, como muchos de los que en la edad infantil descubren ya el poder de lado zurdo desde el que mirar y armar el lenguaje, que desde su madrileño barrio de La latina se acceda al pueblo Óbidos de Portugal o a una costa del norte cuyos paisajes se metamorfosean en otros espacios de lo maravilloso y en los callejones de un feérico laberinto gobernado por el hada Nwany, hija de la Reina Hilandera, artífice del sortilegio de leer conciencias ajenas.

No existen mundos que no se desdoblen en este juego entre lo imaginario y lo mitológico, repleto de sirenas, sílfides y revelaciones que a veces agrietan la felicidad y la ensombrecen, mientras H repasa la historia de los dioses, pregunta y responde a sus mayores, afronta sus relaciones con sus amigos de colegio y su perro que le descubrirá la incertidumbre de la muerte, y más adelante el derrumbamiento de las creencias con las que la infancia se autor protege. Hay ecos de otros libros en este perfecto cuento infantil para adultos de Gándara. Es fácil recodar El hilo azul de Martin Garzo, La joven de las naranjas y El misterio del solitario de Jostein Gaarder entre otras espléndidas narraciones que, al igual que La vida de H, son estupendos ensayos narrativos en los que laten las preguntas existenciales, aquellas que conciernen al vínculo y a la labor de los padres, a la manera de iniciar a los hijos y ser reiniciados por ellos, y transmitirles el amor por la imaginación, las palabras y el sentido de la vida a través de una creatividad basada en el inconformismo, las incertidumbres, la belleza y la capacidad de descubrir lo invisible

FICHA
La vida de H
ALEJANDRO GÁNDARA
SALTO DE PÁGINA 2018
17,10 €

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