Fantasmas de fantasmas

3 julio, 2016
El escritor Peter Terrin. EFE

El escritor Peter Terrin. EFE

Post mortem, una ficción perturbadora del escritor flamenco Peter Terrin, publicada por la editorial Rayo Verde

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

Hay muchas novelas en Post mortem, del escritor flamenco Peter Terrin, y todas son excelentes. El modelo de la muñeca rusa es válido para indagar en esta ficción perturbadora, que analiza asuntos tan dispares entre sí como los miedos de la paternidad, la fragilidad de nuestras vidas, la realidad que imita al arte, la vanidad del artista o la idea de la novela como gran caníbal, suerte de tonel de las Danaides que nunca se llena por mucha agua que se disponga en él. Los pliegues y estratos de este artefacto parecen infinitos. Pero así y todo, y aun a riesgo de incurrir en el reduccionismo, podría buscarse un centro en el temor a perder el control sobre el porvenir, en la tentación a menudo disolvente por clarificar las vidas ajenas.

En efecto, si todo escritor es moderadamente dueño de su obra mientras vive, está absolutamente indefenso ante el futuro a la hora de que se evalúe no sólo su creación, sino su propia existencia. Ese pavor a la pesquisa, tan humano por lo que esconde de narcisismo, organiza parte de la deriva de Post mortem y se articula como pegamento intelectual de su compleja secuencia. La tentación por ocultar la historia detrás de la historia ha sido materia de demasiados libros como para hacer hincapié en ella. Baste citar los nombres de Salinger y Pynchon, y el esfuerzo tantas veces desalentador de los biógrafos por hallar trazas de vida en sus aventuras narrativas. Pelada la cebolla con constancia, resulta que, o bien el fruto ha desaparecido, o bien la que se creía última capa sólo era el inicio de un nuevo círculo infernal. Fantasmas de fantasmas nos asaltan con una risotada cruel. ¿Dónde empieza la obra? ¿Dónde acaba la vida? ¿Quién dicta la lección? ¿Desde qué lado se ejecuta la música?

La confusión es tanto mayor por el hecho de que Terrin se sirve para construir su mecano de una historia en la que, a medio camino de la narración, irrumpe un drama desgarrador: el infarto cerebral de una niña de cuatro años que sacude los cimientos (y los castillos metaliterarios) de un escritor sospechosamente parecido al autor que firma Post mortem. La conversión del juego de espejos de la primera parte de la novela en la patética introspección que la enfermedad de una hija faculta en la segunda parece arrancar la venda de los ojos al lector. Tentados de dejarnos seducir por la ficción, de pronto hemos caído en las garras del testimonio. Claro que ¿es eso cierto? ¿No estará el novelista preparándonos para otro golpe de efecto que nos obligue no sólo a suspender de nuevo nuestro pacto con la lectura sino cada uno de nuestros prejuicios acerca de la relación entre yo, vida y escritura? Pero opinemos lo que opinemos, y es en esta irresolución donde la novela alcanza uno de sus mayores atractivos, lo decisivo es que, al concluir Post mortem, nos asistirá la certeza de haber vivido una experiencia literaria deslumbrante.

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