Éric Vuillard: Conjura de necios

20 mayo, 2018

ALFONSO VÁZQUEZ
Tusquets publica El orden del día, del escritor francés, Eric Vuillard, último premio Goncourt, una brillante, cáustica y concisa novela que, al estilo de las de Jean Echenoz, recrea un acontecimiento histórico, en este caso el proceso de cesión de las democracias europeas ante el avance del nazismo, que desembocaría en la II Guerra Mundial

«Una inclinación oscura nos entregó, pasivos y amedrentados, al enemigo». Esta frase, con la que comienza el tercer capítulo de El orden del día (Tusquets), bien puede resumir la trama y el espíritu con el que el escritor, cineasta y dramaturgo francés Éric Vuillard (Lyon, 1968) ha escrito esta novela, galardonada el año pasado con el premio Goncourt.

La frase resume la trama porque el autor repasa la concatenación de inclinaciones de cabeza y concesiones que realizaron las altas instancias alemanas, magnates de la industria incluidos, así como los gobiernos europeos para permitir que Hitler y el partido nazi pudieran continuar casi sin obstáculos atropellando los derechos y libertades en la Europa de los años 30. Los caballos desbocados nos conducirían, finalmente, a la guerra mundial.

En cuanto al espíritu, El orden del día es un prodigio de concisión, de depuración frase a frase hasta obtener una novela en la que todo lo que contiene es imprescindible, pues el autor nos ofrece el armazón literario y todo lo accesorio lo ha dejado atrás.

El resultado es una obra brillante e inolvidable de apenas 140 páginas, en las que conocemos los preclaros mecanismos del mal para triunfar, en un escenario en el que, como nos recuerda el saber popular, el infierno está empedrado de buenas intenciones.

Por su manejo de la narración histórica sin perder la calidad literaria y no caer en la mera divulgación, Vuillard, que en anteriores obras se ha metido en mismísima piel de Buffalo Bill, ha descrito los desmanes coloniales del Congo Belga y ha recreado la toma de la Bastilla, sigue la estela de su compatriota Jean Echenoz, otro maestro de la concisión a la hora de novelar las cuitas de momentos y personajes históricos. Ambos son herederos de Stefan Zweig, aunque el austriaco es más pródigo en palabras.

Éric Vuillard, en las distancias cortas, es capaz de indagar en los claroscuros de la mente humana y de desnudar las madejas del poder, que bien puede simbolizar la escena en la que el dubitativo canciller austriaco Schusnigg se reúne con Adolf Hitler, una cita que terminará desembocando en la anexión de Austria por Alemania: «Al canciller austriaco le invade una sorda angustia. ¿Qué ha venido a hacer en este avispero? El coche asciende lentamente hacia la Berchtesgaden. Schusnigg observa la copa de los pinos tratando de dominar su malestar. Calla. Tampoco Von Papen dice una palabra. Luego el coche llega al Berghof, la portezuela se abre y vuelve a cerrarse. Schusnigg tiene la sensación de haber caído en una horrible trampa».

Sabemos, claro está, el final de toda esta tragicomedia diplomática, pero esto no resta emoción a un libro reflexivo y cáustico que presenta a los políticos europeos como desorientados muñecos de guiñol y a Hitler y su tropa como alocados titiriteros. En este sentido, hay un escena impactante en la que, en mitad del juicio de Nüremberg, a Göring y Ribbentrop, que escuchan la lectura de un diálogo mantenido entre ellos, les entra un incontenible ataque de risa.

Hitler, tan arrollador y seductor como impredecible y colérico, es una figura en absoluto tópica en manos de Vuillard, que con este orden del día nos ha dejado su particular versión de un césar de Suetonio, aunque en este caso el francés no toma partido por nadie y se limita a describir un grupo de políticos pacatos y acomplejados, incapaces de levantar la voz frente al fantoche. El mundo pagó con creces su miopía y falta de firmeza.

FICHA
El orden del día
ÉRIC VUILLARD
TUSQUETS
17 €
 Traducción de Javier Albiñana
En febrero de 1933, en el Reichstag tuvo lugar una reunión secreta, que no estaba en el orden del día, en la que los industriales alemanes –entre los que se contaban los dueños de Opel, Krupp, Siemens, IG Farben, Bayer, Telefunken, Agfa y Varta– donaron ingentes cantidades a Hitler para conseguir la estabilidad que prometía.

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