Epopeya total en Cartarescu

19 junio, 2015
El rumano Cartarescu en una imagen de archivo.

El rumano Cartarescu en una imagen de archivo.

LUCAS MARTÍN

Impedimenta publica El Levante, una de las obras más experimentales y atrevidas del escritor y poeta rumano. Concebido en primera instancia como una aventura en alejandrinos, el tomo funde ambición con inteligencia.

Al principio era únicamente la risa. Después, como ha ocurrido en tantas ocasiones anteriores, el humor fue indultado y empezó a aceptarse como algo más que una pedorreta rabelesiana, convertido de repente en una reacción primeriza tan legítima como el deslumbramiento solemne frente a la obra del arte. Cuando Mircea Cartarescu publicó El Levante, cuenta que sus compatriotas, avisados de su torrente de guiños y de su gozosa mascarada, no paraban de carcajearse y se sentaban frente al libro con la misma expectación relajada con la que treinta años después lo harían con las comedias de la tele. Para algunos era una crítica velada a Ceaucescu, para otros una hermosa profanación de mitos y vacas sagradas de la estrafalaria y portentosa cultura rumana. Y para los más cultos un título mayúsculo que, en línea con la tradición cervantina, no necesitaba prescindir del juego y de la parodia para ingresar desde el minuto cero y con pleno derecho en el arcón de los clásicos.

Con la publicación de El Levante en España, son también muchas las sensaciones que persiguen al lector: la primera, y más imponente, es que Mircea Cartarescu, candidato al Nobel a su pesar, es inagotable y que a cada entrega de Impedimenta revienta las costuras ya de por sí difusas de su contorno literario. Y la segunda, en intachable confirmación de la anterior, que la dificultad para aquilatar el libro, en su luminosa rareza, se traslada también al lector en castellano, con independencia de la falta –suponemos– de familiaridad con los héroes y antihéroes –en este caso, el propio Mircea– de la literatura rumana. La versión que  llega ahora, construida con un esforzado y melodioso sentido de la lengua por Marian Ochoa de Eribe, se basa en la adaptación a la prosa que hizo el propio autor, quien en primera instancia –ahí es nada– concibió el texto en alejandrinos –7.000, para ser exactos–. ¿Épico? Más bien un juego de niños, si se tiene en cuenta que Cartarescu la escribió en la época en la que no era Cartarescu, sino un profesor al que no le gustaba su trabajo y que compaginaba la paternidad con la escritura, casi siempre en la mesa de hule de la cocina y sobre el tablero general de una dictadura agonizante.

El Levante, sin duda, es en toda regla una epopeya, pero también es la trama, pertrechada en todo momento de esa mezcla de erudición y comedia bufa, de experimentación y avance que es la marca de estilo indescriptible y personal que une a autores como Joyce, Sterne, Flann O’Brien, Nabokov y el mismo Cervantes. Con una prosa cuajada de imágenes y de niveles de lectura al mismo tiempo impactantes y soterrados, Cartarescu levanta un edificio de aventuras por el que orbitan convertidos en personajes los grandes autores del país, pero también Borges y hasta él mismo, con su hule y su máquina de escribir. Una epopeya entendida por muchos como una alegoría contra el totalitarismo que desvalijaba su país, pero cuya dimensión literaria trasciende hoy felizmente las fronteras de Rumanía para adscribirse a la geografía universal de la literatura, manteniendo su alocada estructura, su comicidad irresistible y su ambición. Un bello prodigio metaliterario.

El Levante, de Mircea Cartarescu

FICHA
El Levante
MIRCEA CARTARESCU
IMPEDIMENTA
20,95 €

El autor del presente libro comenzó a escribir «El Levante» en 1987, cuando era un amargado profesor en una escuela de barrio en Bucarest. Recién casado y con una hija pequeña, escribía en la cocina, en su máquina de escribir Erika, sobre un mantel de hule; con una mano tecleaba y con la otra mecía el cochecito de la niña.

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