En mayo

28 abril, 2018

JOSÉ LUIS G. GÓMEZ

En mayo, las ferias del libro llegan como llegan las comuniones: con sonrisas tontas de compromiso, con ropa de domingo porque para ver libros no se puede ir en chandal, con ganas de irse a casa para ver la tele y con el regalo obligado bajo el brazo. Las ferias del libro son un engorro para los que nos gustan los libros, mientras que para todos los demás parece que de verdad son una fiesta. Yo no lo entiendo. Mucha gente mira los libros como yo miro a los animales en el zoo. Los miran de lejos, y como algo que solo ven muy de tarde en tarde y sin entender muy bien qué hacen los pobrecitos cuando no les miramos nosotros las pocas veces que vamos a verlos. Eso sí, no hay ciudad ni pueblo con aires de ciudad que no tenga su feria del libro. Y todas son igual de tristes. En todas ellas están los mismos libros que van a ser mirados, pero poco más, porque los libros no encienden el deseo del español medio, si es que aún existe eso del español medio -porque eso del español medio es muy del desarrollismo, y eso lo hemos dejado atráss aunque nunca nos llegaramos a desarrollar-. Hablar de la feria del libro me envejece, como envejece el contacto con cosas rancias e inútiles. Para mí que las ferias del libro se suicidaron hace mucho tiempo ahogadas de tedio, y que lo que tenemos ahora son simples imitaciones.

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