En la espesura de los puños

13 mayo, 2018

MATÍAS STUBER

La dulce ciencia recopila las clásicas piezas que firmó A.J. Liebling para The New Yorker. Un retrato idiosincrásico del boxeo de principios de la década de 1950 que engloba a púgiles de leyenda, gerentes petulantes y entrenadores

 

Una imagen de A.J. Liebling. .

Una imagen de A.J. Liebling. L.O.

Llega un momento en el que cualquier deporte sobrepasa su propio cenit. A veces, son los límites biológicos los que dictaminan el fin. En otras ocasiones, son las reglas de juego vigentes las que ya no sirven o no se adaptan a la sociedad del momento. Determinar a base de puñetazos quién es el mejor, el auténtico número uno, ya no está bien visto entre la amplitud de la masa. Hubo un tiempo en el que pasaba lo contrario y los boxeadores en activo se podían convertir en verdaderos héroes. Sus nombres copaban los grandes titulares a cinco columnas y se escribían con tinta gruesa. En la vida después, muchos ya se conforman con no caer en una dicción un tanto confusa por tanto masaje cerebral. Otros, los menos afortunados, sucumbieron al nihilismo sin tan siquiera saber de lo que iba la cosa. De entrada, como señala el maestro Manuel Alcántara («Nadie juega al boxeo»), hablar de boxeo como un deporte resulta incongruente y exige otra aproximación. Muchos sitúan el punto álgido en Muhammad Ali. Ese genio de Louisville que catapultó al boxeo a otra esfera y que utilizaba su verbo fácil para ganar los combates mucho antes de que sonara la primera campana. Después de la llegada del hombre a la luna, las cuotas televisivas más altas han sido para él. Después de Ali surgirían otros. Mike Tyson, en su afán de reducir al máximo el tiempo que había que pasar en el cuadrilátero, suministraba auténticas palizas a sus rivales. Sus ganas de evitar el sufrimiento eran inversamente proporcionales al que suministraba. A.J. Liebling, el gran cronista del boxeo para el The New Yorker, ni llegó a conocer esta época del boxeo. El reportero, de origen austriaco, murió en 1963. Hubo algo, sin embargo, que él supo captar antes que nadie y que ahora puede rememorar el lector gracias a una cuidada recopilación de sus mejores crónicas del momento en La dulce ciencia, y que se desvela como un auténtico tratado sobre la propia vida.

Ahí estaba el choque entre la brutalidad de los puñetazos y las costumbres refinadas de un mundo civilizado que, sin embargo, hacía cola para contemplar el ascenso de Rocky Marciano en la era clásica del boxeo. El tono que emplea Liebling en sus crónicas deja claro que ni tan siquiera intenta buscar alguna similitud que le una a los púgiles de la época como el mencionado Marciano, Joe Louis, Sugar Ray Robinson o Jersey Joe Wallcot. Ni él mismo, un hombre que siempre llevaba sombrero, declarado aficionado al buen comer con tendencia al sobrepeso, supo explicar de dónde le llegó su pasión por el boxeo.

Las crónicas de Liebling ilustran el arco temporal entre 1951 y 1956, cuando el reinado de Joe Louis en los pesos pesados iba a tocar a su fin. La irrupción de Rocky Marciano también narra la irrupción de una nueva tipología de boxeador. Y es verdad que desde entonces ha llovido un poco. A pesar de ello, este maravilloso libro es mucho más que una reminiscencia nostálgica. El encanto de las crónicas elaboradas hace más de medio siglo radica en la elegancia con la que Liebling logra plasmar la ambivalencia del boxeo entre las reservas que suscita y como terreno para la alta diversión intelectual. Si es verdad que la grandeza de algo se puede medir por cómo se escribe sobre ello, el boxeo debe ser una auténtica misa mayor. La dulce ciencia destaca, sobre todo, por la ausencia de ese marcado heroísmo que tanto le gustaba cultivar a otros cronistas como, por ejemplo, Norman Mailer. El tono que acompaña a las crónicas de Liebling es otro. El boxeo no se convierte en sinónimo de una cultura del más fuerte, la misma con la que uno debe armarse contra la imponderabilidad de la existencia social. El intercambio de puñetazos se presenta más bien como una obra de teatro. Una representación más democrática que el propio Congreso de los Diputados en la que Liebling logra situar al lector en primera fila. Vuelan los insultos y el público se divide en fracciones que miden sus capacidades retóricas. Sólo por ello La dulce ciencia se convierte en lectura obligada.

FICHA
La dulce ciencia
A. J. LIEBLING
CAPITÁN SWING
20 €
Traducción: Enrique Maldonado

Capitán Swing edita una recopilación de las crónicas de boxeo que firmó A.J. Liebling. La dulce ciencia fue catalogado por The Sport Illustrated como el mejor libro deportivo de todos los tiempos. Un viaje a la década de los 50, cuando boxeadores, el hampa y el glamour convivían alrededor del cuadrilátero.

 

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