El viaje de la mirada

20 agosto, 2015

GUILLERMO BUSUTIL

DESDE QUE NACEMOS UNO NO DEJA DE MIRAR EL MUNDO. Unas veces vagando la curiosidad que escruta sin rumbo, sin perseguir otra cosa que el hallazgo fortuito. Y otras con la intención de encontrarse a uno mismo en los escaparates donde la imaginación proyecta nuestro doble o el secreto que no acertamos a entender. Lo saben de sobra los flaneurs que viajan alrededor del mundo dentro de sus propias ciudades; los escritores que salen de cacería, dispuestos a robar trozos de vida con los que recomponer otras que intuye su escritura. Y también los viajeros que refrescan y enriquecen su mirada en los nuevos espacios, conocidos o iniciáticos, donde hermanan su mirada con las miradas de los que disfrutan contemplando el paso del tiempo interior del tiempo, los espejismos que la memoria se sabe de memoria, las posibilidades que provoca una evocación. Igual que los hombres que acuden cada tarde a la tangerina plaza de Los Cañones, en la que las pupilas apuntan a la orilla de España, a la tarde que se desliza por la calle de agua que separa un país de su antigua cultura, y donde los hombres esperan en los cafés, con un té sobre la mesa, que la noche vuelva a vestirse de muchacha. Lo mismo que los que miran en las primeras páginas de Lo que miran los vagos de Pedro Sorela, el libro de cuentos-ojo con el que su autor rinde amor a la piel y a los universos del viaje. El concepto que, liberado del turismo selfie, aúna en sí mismo el placer de la aventura y la travesía de la imaginación.

TÁNGER, EDIMBURGO, ROMA (Y VATICANO), Bogotá (varias veces), Bristol, París, Tokio, Bilbao, Palermo, Bangkok, Lisboa, Marbella, Casablanca, Halong, Hanói, Madrid, Dartmouth; Nombres. Puertos. Ciudades. Piezas cuyos destellos de vida, diferenciados unos de otros, recrea Sorela con mimo, detallando sus gestos, la sombra de una huella, el relato cotidiano, el tranche de vie fotográfico de un personaje entre lo real y lo fantástico. Un turista que se desinfla como si fuese un globo, un mimo de Edimburgo en verano, un ejecutivo que descubre su ascenso asistiendo a su propio entierro, una niña frente al secreto de la Historia escondido en un cuadro, un profesor que saca provecho de los tópicos sobre su tierra y sus contradicciones, los problemas de la vida al aire libre en un paraíso salvaje del Caribe. Escenografías, esencias y criaturas de la pérdida o a punto de perderse, carnales, melancólicas, a la deriva, encuadradas el destello de un instante frágil, se mueven, igual que se mueve la mirada y sus intenciones, respondiendo a un extraño mecanismo del tiempo que todo lo conlleva, lo conmueve, lo aprisa, lo desvanece, con la ayuda de una prosa que dibuja y pespunta, que alienta ese tiempo  interior de la escritura donde todo sucede.

NADA FALTA EN ESTE LIBRO donde el lector no hallará postales en blanco y negro, tampoco ensoñaciones coloreadas ni estereotipos de ningún tipo acerca del alma de las ciudades y de los escaparates del turismo enajenado. Hallará, eso sí, hermosas, entrañables, descreídas y divertidas piezas entre la fábula de animales y el microrrelato, entre el cuento y la crónica de viaje como Aprenda a bailar. Nubes sobre Tres de Marzo, impregnada de crítica social y del espíritu colombiano por el que el autor tiene especial querencia sentimental; la historia de amor De la imaginación en el amor o América sufre en Palermo donde Sorela se burla, con cierta complacencia, de un profesor que ha convertido los tópicos sobre una América Latina doliente en su negocio particular.  Incluso llueve entre las páginas de las historias que serpentean y con las que Sorela construye un aire de encantamiento que otorga un halo poético a los 23 cuentos de este viaje por el mapa emocional de un escritor que persigue la libertad de los peces, el misterio de la arquitecturas, la levedad de un lenguaje detallista y humano.

Imposturas, de John Banville

FICHA
Lo que miran los vagos
PEDRO SORELA
MENOSCUARTO
17,50 €

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