El olvido que seremos

28 mayo, 2016
Urnas con las cenizas de los asesinados en la Sala de los Mártires de la UCA.

Urnas con las cenizas de los asesinados en la Sala de los Mártires de la UCA.

Urnas con las cenizas de los asesinados en la Sala de los Mártires de la UCA.

ENRIQUE BENÍTEZ

La España de 2016 es profundamente amnésica. Los atentados y el terror de ETA ya parecen no importar a una juventud indignada con razón, pero olvidadiza y a veces frívola. Mucha gente ha sufrido a lo largo de la Historia para que ahora se pueda reivindicar en las calles y plazas un ideal genuino de libertad y justicia. Pasar la página de su sacrificio es tan injusto como equivocado. La Centroamérica de los años ochenta era un polvorín donde la impunidad del ejército –entrenado por la CIA– causaba estragos. El triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua, la Revolución de los Muchachos, endureció la resistencia en los países del entorno. El Salvador no fue una excepción, todo lo contrario. En 1980 fue asesinado Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador. Un mazazo para todos los que creían que la Iglesia sería respetada. Ya en 1977 había sido asesinado Rutilio Grande, jesuita amable y comprometido. Nadie estaba a salvo en un país en guerra civil. Ese era el mensaje, el miedo era el mensaje.

Noviembre de 1989. Un comando militar –del batallón Atlacatl, un cuerpo de élite entrenado para las misiones más duras– entra sin resistencia en la Universidad Centroamericana y asesina a sangre fría a Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López, Joaquín López y López, Elba Ramos y Celina Ramos. Hay una potente ofensiva de la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), se combate en los barrios periféricos de la capital. Los militares están nerviosos: no quieren perder sus privilegios, su vida de lujo en un país pobre y arruinado. La guerra es para ellos también un negocio, gestionan a su antojo las millonarias ayudas de los Estados Unidos, del gobierno de Bush padre. La paz sólo es una violenta anomalía en la historia del pequeño país, de mano en mano desde el inicio de los tiempos, pero siempre controlado por latifundistas y militares.

Ellacuría, intelectual y noble, era una amenaza. Luchaba por la paz, por la reconstrucción de un país harto de sangre, de violencia, de torturas y de muerte. Tenía acceso al presidente Cristiani, era una voz respetada por los más moderados de ambas partes. Sólo él era el objetivo: los demás perdieron la vida por estar allí aquella noche. Se salvó Jon Sobrino por estar en Tailandia impartiendo un retiro espiritual. Se salvó un jesuita nicaragüense, Cardenal, más desconfiado, por mudarse esa misma tarde a otra residencia de la congregación. En aquellos años un grupo de punk español, La broma de Satán, dedicó una canción al país: «En El Salvador, tus huesos se pudrirán al sol». Así terminaba el tema fatídico.

Jorge Galán ha escrito un libro que parece una novela pero que también puede ser un thriller político. Reconstruye los hechos, desmenuza la historia de un país, su país, que ya en 1932 vivió el aplastamiento a sangre y fuego de una revolución campesina, y analiza con pericia investigadora todos los factores que condujeron a la matanza de la noche del 15 al 16 de noviembre: la tradición de impunidad; el creciente malestar con el Gobierno de una parte de la Iglesia católica; la ofensiva guerrillera; el papel de los Estados Unidos; la pasividad de unos políticos corruptos, títeres y cómplices; la valentía y el coraje de quienes decidieron ya en los años 50 irse a Centroamérica y además quedarse arriesgando sus vidas. Su memoria y su legado nos pertenecen. Lucharon por lo que creían, con sus más firmes convicciones, sin otras armas que la razón, la fe y la palabra.

Jorge Galán ha tenido que refugiarse en España, porque su libro se ha convertido a día de hoy en una amenaza para él mismo. Pese a todas las evidencias, pese al esforzado trabajo de José María Tojeira, héroe a su pesar, el jesuita que tomó el mando para descubrir la verdad y procurar que se hiciera justicia, apenas pasó nada. Se celebró un juicio infame para los asesinos materiales, mientras que los inductores intelectuales, los ideólogos de la matanza, escapaban de rositas, otra vez, en aquella cloaca infecta donde los derechos humanos tenían el mismo valor que un billete ajado. Están acreditados todos los movimientos que aquella misma noche se produjeron en el Estado mayor del Ejército. Se conoce el papel del Gobierno a través de su vicepresidente, la actuación mezquina de la embajada americana, su rabiosa presión sobre la única testigo de los hechos. Se vivió el apoyo de monseñor Rivera, se sufrieron las argucias del ambicioso monseñor Tovar. Todo se sabe ya y todo lo explica Jorge Galán en su libro memorable, que nos conduce a las entrañas del asco y que nos remueve la conciencia y nos revuelve el estómago. Cada episodio de la Historia, por pequeño que sea, desata una lucha entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad. Y es en ese momento preciso y crucial donde se ponen de manifiesto la grandeza de unos y la miseria de otros, donde se fraguan los héroes y los villanos. El asesinato de Rutilio Grande propulsó las denuncias del arzobispo Romero, y el asesinato de éste fue decisivo para que Ellacuría diese un paso adelante y aceptase otra vuelta de tuerca. Todos ellos forman una cadena de personas de honor, justas, decentes y admirables.

Desde 1989 hasta 2004, cada aniversario de la matanza, con firme determinación vasca, Jon Sobrino, superviviente accidental, escribió una carta a su amigo y maestro Iñaki Ellacuría. Cartas de lectura obligatoria para todo tipo de anticlericales e intolerantes de viejo y nuevo cuño. En una de las últimas le dice a su querido Ellacu que cada vez echaba más en falta a «los maestros de la sospecha que tanto nos hicieron sufrir, pero tanto nos iluminaron: Freud, Marx, Sartre… Parecía que nos quitaban la fe como la piel se arranca a pedazos. Pero fue bueno. Salimos ganando». Y un poco antes, se pregunta con sinceridad y notable puntería: «¿hay mucha gente en el mundo real, occidental y democrático, que quiera cargar con la cruz de africanos, asiáticos y latinoamericanos… para que la compasión, la verdad y la justicia imperen sobre este mundo?». Leer nos hace más sabios, y quizás también más cínicos. La matanza de la Universidad Centroamericana fue un símbolo que entre todos tenemos la obligación de mantener vivo, rebelándonos a diario contra el imbatible olvido que, sin luchar, seremos.

Noviembre, de Jorge Galán

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Cartas a Ellacuría, de Jon Sobrino

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