El mundo de Atenas

17 octubre, 2014

ANDRÉS MONTES

Luciano Canfora desmonta la idealización de la sociedad griega y analiza la naturaleza del poder de la democracia primigenia en una obra publicada por la editorial Anagrama.

«No sabemos que la democracia engrandeciera a ningún otro estado aparte de Atenas. Los atenienses prosperaron mucho por ella, pues aventajaron a los demás griegos por su inteligencia natural y eran los que menos desobedecían las leyes establecidas». El viajero Pausanias dejaba ya constancia, en el siglo II después de Cristo, en su Descripción de Grecia de la admiración por la forma de organización social más exitosa que conocemos. Esa democracia primigenia era para Hegel «la obra maestra de la política» y constituye, en palabras de Javier Murcia Ortuño (Orihuela, 1964), «una creación genial que por sí sola justifica nuestra admiración hacia el pueblo griego», capaz de crear «un valor totalmente nuevo: el de la libertad política».

Murcia Ortuño, profesor de griego, es autor de De banquetes y batallas (La antigua Grecia a través de su historia y sus anécdotas), que ahora reedita Alianza. Texto riguroso, que a pesar de su título no se queda en lo anecdótico, de una claridad expositiva bastante inusual en la materia, permite al lector, tal como se apunta en la presentación, conocer «todas las situaciones por las que Grecia es el paradigma cultural de Europa». La conversión de Atenas en un imperio marítimo –de corto recorrido temporal, apenas setenta años, pero muy fecundo en todos los ámbitos– trastocó por completo la estructura social y convirtió a los más humildes en piezas clave de aquella maquinaria de guerra que engrandeció a la ciudad. Como resume Murcia Ortuño, «la armada ateniense fue la espina central de la democracia» que, con apenas interrupciones, perduraría durante casi dos siglos.

Pieza clave para fijar los ideales de ese mundo es la oración fúnebre, la más conocido la de Pericles, que nos llega a través de Tucídides. «Una tradición muy antigua de elogio intenta exorcizar la muerte por medio del lenguaje glorioso» y «para los vivos desempeña en realidad la función de estimulante ideológico», apunta Nicole Loraux en La invención de Atenas (Historia de la oración fúnebre en la ciudad clásica) (Katz, 2012). Así fragua una ciudad idealizada en esas inyecciones de autoestima con las que honra a sus muertos heroicos. Nada distinto, si reparamos en ello, de lo que presenciamos al despedir a un presidente al que se redime del olvido adornándolo de todos los valores de un tiempo ahora glorificado. Hechos que vendrían a dar la razón J. C. McKeown en su pretensión de mostrar «lo muy parecidos que eran los griegos a nosotros», para lo que recurre a contar su vida cotidiana, costumbres y acontecimientos singulares en Gabinetes de curiosidades griegas (Relatos extraños y hechos sorprendentes).

El epitafio de Pericles hilvana, advierte Luciano Canfora (Bari, 1942), «sentencias con pretensiones de eternidad, que legítimamente han desafiado al tiempo, pero también son fórmulas no del todo comprendidas por los modernos, y acaso por eso han resultado aún más eficaces, y han sido blandidas con trasnochado engreimiento». Canfora, uno de los más destacados conocedores de ese mundo antiguo desmenuza «la Atenas del mito grabada en el epitafio perícleo-tucidídeo» a través de un amplio estudio sobre la emergencia de la democracia y la naturaleza de su poder. De esa indagación nos llega ahora una primera entrega, El mundo de Atenas, el reverso de la oración fúnebre, que deja constancia de las tensiones que ese régimen idealizado provoca entre los propios atenienses y localiza las limitaciones inherentes al sistema, algo que, a modo de pecados originales, seguimos encontrando en la democracia de nuestros días.

El debate en torno a la liberación de ciudadanos para el ejercicio exclusivo de cargos públicos, la cuantificación del número de ellos, la corrupción de quienes defendían en la asamblea posturas bien remuneradas por intereses externos, las «subvenciones» con las que el poder compra la voluntad de la muchedumbre son problemas tan actuales como presentes ya en aquella democracia primigenia. «El conflicto domina la vida ateniense en todos y cada uno de sus aspectos», constata Canfora, para quien ese conflicto «es inherente a toda comunidad, excepto donde hay una estructura militarizada como en Esparta».

Era la ateniense una sociedad con un alto grado de formación –«hacia 500 a. C. casi todos los atenienses, incluidos los pobres, sabían leer y escribir»– familiarizada con la guerra –que era «la norma de las relaciones internacionales; lo anómalo es la paz»– de la que se beneficiaba «la masa indigente que gravitaba alrededor de la flota y los arsenales». Una organización social sujeta también a la crítica filosófica en su misma esencia y no siempre con el grado de tolerancia apropiado. «Toda la capacidad de molestar de Sócrates, ininterrumpida e incansable, gira en torno a la pregunta neurálgica sobre la idoneidad del político y de las masas que toman decisiones políticas», resume Canfora. Conocemos el final de Sócrates, lo que no impidió a los sofistas dejar en evidencia la contradicción entre una sociedad que se proclamaba igualitaria mientras mantenía una importante masa de esclavos, «exitoso ejercicio consistente en poner trabas a las certezas consolidadas de la ciudad que se considera democrática». Una ciudad fortalecida en el conflicto, que a diferencia de la Esparta que en la guerra del Peloponeso sucumbió a una única derrota, albergaba el vigor social necesario para sobreponerse a los reveses.

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