El más grande

12 junio, 2016
Ali, antes de su pelea con Joe Bugner en Las Vegas en el año 1973.

Ali, antes de su pelea con Joe Bugner en Las Vegas en el año 1973.

Con la muerte de Muhammad Ali perdemos otro de los grandes símbolos del borrascoso siglo XX

ENRIQUE BENÍTEZ

Hace calor en Málaga. Apenas han pasado unas horas del funeral de Muhammad Ali, nacido Cassius Clay, el más grande, según el título de su biografía, el charlatán de Louisville, el gran campeón, desafiante, inteligente, tragicómico, siempre espectacular. La figura de Ali desborda los límites del cuadrilátero para formar parte de la historia. Así lo reconoció el propio Floyd Patterson, una de sus víctimas, citado por David Remnick: «al final comprendí que yo no era más que un boxeador y que él, en cambio, era historia». Una frase generosa de uno de sus más famosos rivales. Todos ellos, por desgracia, acabarían consumidos por la fama, el dinero y el despilfarro.

Hace calor en Málaga y no es difícil imaginar el ambiente en aquella pelea espectacular contra George Foreman, en el Zaire dictatorial de Mobutu Sese Seko. En los ochenta un conocido terrorista etarra sería conocido como Mobutu. Cosas de la vida. Estamos en Kinshasa, a finales de octubre de 1974. Ali pelea contra Foreman para recuperar el título, su título, que le habían arrebatado en los despachos por negarse a ir a Vietnam. Aquella rebeldía incandescente del joven y brillante negro no había pasado desapercibida para nadie. Para la gente de su generación Ali se convirtió en un héroe. Para el FBI en un referente peligroso. Todos los ojos miraban lo que hacía Ali, y aquella noche memorable tumbó en el octavo asalto a un Foreman desorientado, al que el público africano odiaba por su vanidad y ausencia de empatía. Porque Ali era el negro en aquella pelea entre negros. Era el hombre del pueblo, el boxeador de la multitud que desbordaba el estadio de Kinshasa, para regocijo y lucro de Don King. Su victoria épica hizo justicia. El título volvió a las manos del más grande.

Cuenta David Remnick que ya desde sus inicios Ali, entonces Clay, se había conjurado para ser el mejor. Y no era vanidad, sino visión. Poco antes de viajar a Roma, donde conquistaría el oro olímpico en 1960 y mantendría sus primeros escarceos idílicos con la prensa y los focos, un joven periodista le llevó a ver a Sugar Ray Robinson. Robinson era el ídolo de Ali, otro boxeador salido de la nada, capaz de derrotar a todos sus rivales de la época –Rocky Graziano, Jack La Motta, Carmine Rosario– y vivir en una opulencia inalcanzable para la mayoría negra. Pero Robinson apenas le hizo caso al joven Clay, y aquello le dolió. Tanto como otro episodio posterior de desprecio, esta vez a cargo de Floyd Patterson, que Ali juró vengar. Y vaya si lo hizo. Del primero aprendió a ser amable y cercano, por rechazo a su actitud displicente. Y al segundo lo tumbó pocos años más tarde, sin contemplaciones.

Del libro de Remnick, a veces demasiado largo y detallista, merecen la pena sobre todo las reflexiones sobre la personalidad de Ali, su cambio de nombre, las explicaciones más íntimas que permiten comprender la profundidad de la transformación de un joven apuesto y atrevido en uno de los grandes iconos del siglo XX. Un joven con nombre de esclavo, Cassius Clay, que encontró en las reivindicaciones de los Hermanos Musulmanes el argumento que necesitaba para lanzar su propia campaña a favor de los derechos de los negros, de la igualdad, de la justicia social. En una de sus más célebres entrevistas, en la que demuestra de nuevo mucha más viveza, inteligencia y sentido del espectáculo que su presentador, Ali recuerda que, después de ganar la medalla de oro olímpica para su país, los Estados de América, en Roma, volvió a su ciudad natal e intentó almorzar en uno de los restaurantes del centro vetados para negros. Con su medalla en el cuello, orgulloso y desafiante, tampoco en aquella ocasión logró que le sirvieran un perrito caliente y un refresco. Algo iba mal, y él estaba dispuesto a repararlo.

Poco se ha escrito, aunque sí lo hace Remnick, sobre el vínculo que hubo entre Muhammad Ali y Malcolm X, asesinado en 1965. Un libro reciente, aún inédito en castellano (Blood Brothers: The Fatal Friendship Between Muhammad Ali and Malcolm X), explora aquella tormentosa amistad entre dos rebeldes con causa, que terminaría precipitadamente por el distanciamiento del boxeador. Al final de su carrera se arrepentiría de aquella decisión, sobre todo por el asesinato del líder de los Hermanos Musulmanes, que truncó para siempre una posible y más que probable reconciliación.

Malcolm X fue sin duda muy importante para Ali. Lo debió de ser su figura, y lo debió de ser aún más su asesinato, como el de Martin Luther King. Cuenta Gay Talese en uno de sus mejores retratos crepusculares (Ali en La Habana), que cuando Ali viajó a La Habana en 1996 para encontrarse con Fidel Castro, acompañado de su cuarta mujer, Yolanda, y de su fotógrafo y amigo íntimo, Howard Bingham, el presente que llevan para obsequiar a Castro es precisamente una foto de ambos, Muhammad y Malcolm, tomada en Harlem en 1963. Un detalle muy revelador. El relato de Talese, de apenas 30 páginas, reúne todos los requisitos del final de una trayectoria: Ali es un enfermo de Parkinson que apenas puede hablar, aunque su cerebro siga centelleando en medio de la mediocridad; Castro es ya una sombra de la figura gigantesca que llegó a ser; y el propio Talese vio su reportaje rechazado por casi todas las revistas del momento, hasta que Esquire aceptó publicarlo en un oscuro rincón de un número perdido. Con el tiempo su texto se convirtió en un clásico.

En La Habana, a comienzos de 1996, Ali sigue dando muestras de su genio y figura. En un mercadillo sopesa una figura grotesca y murmura entre dientes el nombre de uno de sus más feroces rivales, Joe Frazier. La crónica de Talese es cortesana, milimétrica, exacta, pero ese destello humorístico embarca al lector en aquella pelea salvaje en Manila, en 1975, aquel combate feroz e inolvidable que marcó una época y que sería reconstruido en un peculiar documental de título elocuente: The Thrilla in Manila. Oro puro para los amantes del pugilismo.

Los medios se hacen eco del funeral de Ali. Lennox Lewis y Will Smith habrán portado en sus hombres el féretro en su definitivo paseo hacia la eternidad, rodeado por decenas de miles de personas dispuestas a rendir su último homenaje al charlatán de Louisville, a Cassius Clay, a Muhammad Ali, al más grande. Nosotros también nos levantamos a tu paso, héroe. Descansa en paz.

Rey del mundo, de David Remnick

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Rey del mundo. Muhammad Ali y el nacimiento del héroe americano
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El silencio del héroe, de Gay Talese

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