El lado este del triángulo

27 junio, 2012

El escritor argentino Juan José Saer, fallecido en París en 2005.

El escritor argentino Juan José Saer, fallecido en París en 2005.

LUCAS MARTIN

Robbe-Grillet, Sarraute y Simon. Octavio Paz, Gorostiza y Sabines. Adrián, Turán y Falcao. Poco a poco nos hemos ido cansando de la santísima trinidad, de la política del triunvirato. Quizá una de las mayores aberraciones de ese estado de conciencia fatigosa y colectivo al que la historia acierta a definir como nación sea la obstinación por las literaturas regionales, no menos ficticias, si se habla enteramente de literatura y de vocación universal. Cada vez que llega un libro y el peritexto no sabe qué decir abunda en el superlativo y en la paliza más o menos folclórica de la cosa nacional; la prosa más genuina de la subbética, el escritor húngaro más implacable, la pluma más versátil, más precisa, de la Grecia contemporánea.

Con Saer me veo, no obstante, tentado a hacer una excepción. En parte porque me estoy haciendo viejo, pero también porque en su caso resulta difícil no incurrir en la marcha pecaminosa de los reyes del canon; hay en su obra, y especialmente en sus cuentos, ahora compilados por El Aleph, una escala que le remarca, escinde y catapulta hacia un pedestal de supremacía que le emparenta, con permiso del tópico, con Borges y Cortázar. Con ellos, más allá de las concomitancias, evidentes en el primero y difusas respecto al segundo, forma algo que podía ensillarse como una terna, una pirámide sagrada, situada por encima de la cabeza de tantos y tan buenos escritores argentinos (Piglia, Aira, Mújica Laínez, e, incluso, Roberto Arlt), en un escalafón superior al del espigadísimo Antonio Di Benedetto, al que probablemente le faltaron dos o tres libros y décadas para volar en las alturas beckettianas por las que se pasea Juan José Saer.

Alguien nos debería haber prevenido de los argentinos con nariz de águila que crecieron en provincias, fuera de Buenos Aires y de la obsesión generacional de los cafetines que tanto espantó a Wiltod Gombrowicz. Está Saer, pero también Roberto Juarroz, acaso el mejor poeta, junto a Gelman, del país de buena parte del siglo, pero también Arnaldo Calveyra, otro narigudo y poeta excepcional, con el que el escritor compartió amistad. Ambos vivieron–Calveyra sigue viviendo, y que dure– en Francia, donde a Saer se le pegó algo más que la nostalgia y el frío de París; durante décadas se habló de él como la perfecta absorción de la literatura europea, con espacio para todos, incluidos Proust y el nouveau roman, con cuyos primeros espadas trabó contacto y a los que dio sopas con onda en algunos de sus ejercicios, esparcidos también en el volumen de El Aleph.

De Saer, huido de las categorías y casi de las enciclopedias, únicamente recordaba el aliento de su novela La ocasión (Destino), con la que ganó el Premio Nadal, en 1987, un texto sobresaliente, pero menos curtido y hecho que los que presenta esta edición, a la que el Aleph ha querido acompañar con la publicación, en otro volumen, de otras tres novelas–Responso, La vuelta completa y Cicatrices–, prologadas por Ricardo Piglia. En sus cuentos, Saer, argentino periférico, apenas cuenta con los coloquialismos y el lunfardo que tan bien maduró Cortázar y que tanto empantanaron a sus epígonos posteriores. Sin embargo, en sus primeros libros, preexiste un toque de milonga, de cuadro de honor calderoniano, que saca el jugo a la herencia campestre y de bajos fondos. Este no es, no obstante, el principal motivo que ennoblece a sus cuentos, propulsados por una prosa barroca y prolija que es, en sí misma, una maravilla estilística. La aventura narrativa de Saer es también una aventura con la palabra, entibiado en los clásicos, pero con una audacia poética que deslumbra; es ahí, aunque desde una orilla muy distinta, donde se encuentra con Cortázar, con un propósito que se repite en su ambición durante todo el libro: Saer, y eso se aprecia en los cuentos, levantó un proyecto coherente, con una tensión metafísica que recorre como un cielo perseverante cada una de las piezas. En sus últimos títulos de cuentos, que no desmerecen el resto, el narrador llegó a la sublimación del viaje, con experimentos como La mayor, en la que se sitúa, con su chapoteo y agitación en la nada, en línea de diálogo franco con el mismísimo Samuel Beckett. Saer no es uno más, ni siquiera un buen escritor, sino un cuentista imprescindible, mucho más grande, por una vez, de lo que indican las cubiertas y las jerarquías.

Cuentos completos de juan josé Saer FICHA
Cuentos completos
JUAN JOSÉ SAER
EL ALEPH
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Con Juan José Saer, uno de los grandes de la literatura del siglo XX, se inaugura una nueva manera (oblicua e intensa) de leer. Una forma en la que el lector participa –casi como en un rito antiguo– de lugares y paisajes, memoria difusa de hechos narrados, personajes que van y vienen: una singular mirada sobre el mundo en la que confluyen la lírica como forma de estar, el realismo incierto como forma de ser y el lenguaje como política. Los cuentos de Saer confirman aquello de que «lo imaginario es grande, multiplicado, diverso».

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