El dilema como motor creativo

13 octubre, 2015
Ian McEwan habla de dilemas morales y éticos en su última novela. FOTO: Getty Images

Ian McEwan habla de dilemas morales y éticos en su última novela. FOTO: Getty Images

JAVIER GARCÍA RECIO En La ley del menor, el último trabajo de McEwan, que llega de nuevo de la mano de Anagrama, el británico concibe un doble dilema, aquel que nos viene de la esfera profesional y nos obliga a decidir entre la ética y la vida misma y un segundo, más directo, más íntimo más familiar. Y las preguntas se atropellan unas a otras: ¿Dónde se encuentra lo correcto?

En el dilema encuentra siempre Ian McEwan el motor de su gran ficción literaria. La presencia de dos caminos, ambos complejos; ambos peligrosos y liberadores a la vez; ambos rabiosamente humanos y refugiados en la epidermis más sensible de cada cual, conspiran para hacerse con el cerebro o el corazón del diletante; con su razón o su moral. Así en Expiación , aquella pequeña obra de arte, donde el dilema entre mancillar a un inocente o no perder un futuro acomodado se decanta con dureza de granito; o en Chesil Beach, con dos jóvenes atrapados en el conflicto de decidir sobre si caminar juntos hacia lo anodino o por separados a un futuro sin previsiones, pero seductor .

En La ley del menor, el último trabajo de McEwan, que llega de nuevo de la mano de Anagrama, el británico concibe un doble dilema, aquel que nos viene de la esfera profesional y nos obliga a decidir entre la ética y la vida misma y un segundo, más directo, más íntimo, más familiar. En el primero, las decisiones afectan a otras personas, en el segundo dilema es su futuro, la de la protagonista, el que está en juego y las preguntas se atropellan unas a otras: ¿Dónde se encuentra lo correcto? ¿Quién tiene la seguridad de estar haciendo lo correcto? ¿Quién puede sostenerse como el conocedor absoluto de la voluntad de Dios?

La ley del menor nos presenta este doble dilema. Fiona Maye es una prestigiada juez del Tribunal Superior, admirada por su inteligencia, pulcritud y sensibilidad y especializada en derecho de familia. Debe resolver los casos más complejos y enredados sobre divorcios, asignación de los hijos menores, alejamientos y otros. De golpe, el dilema: Adam, un muchacho de diecisiete años enfermo de leucemia y Testigo de Jehová, rechaza, apoyado por sus padres, la transfusión de sangre que le salvaría la vida. Es un motivo religioso el que le impide aceptar sangre de otra persona. El chico es menor y no puede decidir y los médicos reclaman una decisión judicial favorable que salve la vida del paciente, defendiendo la vida por encima de consideraciones morales y religiosas.

El futuro del chico está en las manos de la jueza: aceptar su voluntad y la de sus padres y dejarle morir u ordenar la transfusión que le salve la vida. Tras visitar al menor y sentirse subyugada por su personalidad, la jueza decide.

Y lo hace bajo la atmósfera desquiciada y la turbiedad mental que le asfixia por su segundo dilema. Después de años de un matrimonio confortable y equilibrado, con ambos cónyuges metidos ya en la sesentena, su marido le pide permiso para tener una aventura con una joven. Ella le niega su aprobación, pero el peso de la fidelidad, el divorcio, el abandono impone un juego de temores diabólicos que ponen en jaque el equilibrio profesional que la jueza necesita para hacer que lo justo se imponga incluso a la justicia.

La tensión que McEwan sabe arrojar sobre la resolución de ambos dilemas, la fuerza equidistante que sabe dar a ambos conflictos, la habilidad con que mueve sus hilos y, sobre todo, la verosimilitud, sin falsas retóricas, con que muestra las tripas de cada asunto, hacen de esta novela un trabajo excepcional, propio de la madurez literaria que ha alcanzado McEwan.

El mérito de McEwan es que la fuerza de la novela no recae sólo en un lenguaje poderoso y natural, sino en una arquitectura narrativa de la que ha hecho modelo y sobre la que construye todos sus textos que reposan en ese deseo permanente del autor de subvertir el orden, de rasgar lo establecido. En definitiva y volviendo al principio, de convertir el dilema en un libro de bitácora que registra, como un sismógrafo, los conflictos que sacuden la vida y la hacen avanzar.

Sin dilema no hay conflicto y sin éste no hay movimiento vital. El hombre sería un muñeco en manos de los dioses. McEwan lo sabe y nos retrata a hombres y mujeres dispuestos a levantar el pestillo donde habita el coraje.

Siempre el dilema, siempre el conflicto.

FICHA
La ley del menor
IAN MCEWAN
ANAGRAMA | Traducción de Jaime Zulaika
17 €

Una novela grácil y armoniosa, clásica en el mejor sentido de la palabra, que juega su partida en el terreno genuino de la escritura más indagadora: el de los dilemas éticos y las responsabilidades morales; el de las preguntas difíciles de responder pero imposibles de soslayar.

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