El columnista risueño

7 octubre, 2013
El periodista y escritor Julio Camba.

El periodista y escritor Julio Camba.

FRANCISCO GARCÍA PÉREZ

La editorial Pepitas de Calabaza publica Mis mejores páginas, una antología del modo de mirar de Julio Camba, cuya lectura es un antídoto contra la mala leche que va comiéndonos el espíritu.

Es cierto, como acaba de escribir Javier Marías, que los poderosos no sólo nos quie- ren arruinados y tristes: también avinagrados. Pues bien, la lectura del viejo periodista gallego Julio Camba (1882-1962), del que tantos consideran el padre de todos los columnistas de prensa, del tan olvidado un tiempo por su defensa del franquismo, es un antídoto contra la mala leche que va comiéndonos el espíritu: no un adormecedor opiáceo, sino una forma de mirar que busca la esquina, el detalle, el matiz, el enfoque preciso en una breve columna periodística para que la realidad no nos dé sólo arcadas, para que nos deje una media sonrisa al menos colgada de los labios.

No son lo mismo las páginas mejores que las mejores páginas: en este libro Camba recopila sus páginas mejores, y sobre ello discurre en el prólogo: «Las otras son también bastante buenas, no se vayan ustedes a creer». Primera sonrisa. Sonreirá también el lector con las opiniones sobre ingleses, franceses, alemanes, yanquis. Con los artículos sobre gastronomía, con los «pequeños ensayos» (así bautizados: son, en realidad, chispazos de oportunidad), con esta antología de un modo de mirar de quien le había tomado el pulso y la medida a ese quehacer frecuente que, en el fondo, tan poco le gustaba; preguntado sobre cuál era su aspiración en la vida solía responder: «No tener que escribir». Pulso y medida; así le escribía, humor finísimo, a su director: «Perdóneme que esta crónica haya salido algo más extensa, pero la premura de tiempo para mandársela no me ha permitido escribir algo más corto».

Fíjense cómo mira (humor y buena vista) a los ingleses, tomando un detalle para cuadrar el conjunto: «Los ingleses desprecian al hombre que no bebe, porque la sobriedad les parece un estado inmoral. El hombre sobrio, en efecto, es un hombre propicio a todas las tentaciones. Las mujeres le atraen. La política le interesa. El hombre sobrio piensa y siente normalmente, y esto es contrario a la moral británica. El alcohol, en cambio, desarrolla un sinfín de virtudes: la castidad, la docilidad, la imbecilidad… Con el alcohol se anula el sexo y se anula la inteligencia, las dos cosas por donde más se puede pecar». Observa Camba, pues, una parte (la afición británica al trago) para construir una teoría del todo (el inglés es mojigato y plano). Cuando le toca criticar a esos «pensadores» llenos de sentencias que, en el fondo y en la forma, no dicen nada, usa el mismo método: toma una parte (las frases del «pensaor»: «Las mujeres toas son unas»; «Los hombres tién que ser hombres») para dejarnos el gusto de que tales tipos son bastante idiotas, usurpadores con la personalidad impostada. Otras veces, siempre con un toque relajado: nada de vinagre, prefiere el párrafo largo y anafórico (mucho punto y seguido siempre encabezado por la misma palabra: conoce de sobra cómo lee quien lee un periódico). Vean este ejemplo sobre la presunta rebeldía que esconde lo que antes se llamaba «bohemia»: «No hay en el mundo mentalidad más rutinaria que la mentalidad bohemia. Una cosa es no tener convencionalismos y otra tener el convencionalismo de no tenerlos. Una cosa es la despreocupación y otra la preocupación de ser muy despreocupados. Una cosa, en fin, es carecer de hábitos regulares y otra el considerar la irregularidad como un hábito». Ni que decir tiene que todos los artículos aquí seleccionados son, digamos, «blancos»: eximen de polémicas, se aceptan, se dejan reír y basta. Ese era el propósito de Camba cuando abrazaba el costumbrismo, las modas y modos del vivir: muy limpia escritura (nada de barroquismos: al grano) y una búsqueda de la complicidad lectora mediante el humor suave. Ese fue Camba, el maestro de tantos. Los otros artículos, los «políticos», él mismo acaso los pondría entre sus páginas «buenas»; otros, directamente al piadoso olvido.

 MIS PAGINAS MEJORES, Julio Camba

FICHA
Mis páginas mejores
JULIO CAMBA
PEPITAS DE CALABAZA
19 €

No creo que sea tarea demasiado difícil para un escritor esta de seleccionar sus mejores páginas. En último término se seleccionan las peores y se descartan, se hace una segunda selección, que es descartada a su vez, y se continúa así hasta que, descartado ya todo lo descartable, no le queden a uno en la mano más páginas que las estrictamente necesarias para formar un volumen. Entonces se cogen estas páginas, se ordenan y se le presentan al público diciéndole: —He aquí mis páginas mejores.

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