El arte de leer con una ceja enarcada

22 julio, 2018

JOSÉ LUIS G. GÓMEZ

Utilizo varias señales para identificar a gente de la que desconfiar. Una de ellas es la de ser receptor del Premio Lenin de la Paz: se trata de una alta distinción otorgada por el Soviet Supremo de la extinta Unión Soviética, esa que los lectores de John le Carré tanto echamos de menos. Tipos como Fidel Castro y Pablo Picasso podían presumir de haberla recibido, igual que Salvador Allende o Sukarno, entre otros muchos. Algunos escritores también tuvieron esa suerte, como Louis Aragon o Pablo Neruda, y cuando les leo siempre lo hago con una ceja enarcada -una de las pocas habilidades físicas que practico con cierta finura-. Esta semana pasada, tuve que dejar la pose tras comenzar la lectura de Fábrica de sueños (Akal, 1972), de Ilya Ehrenburg, afortunado ganador del Lenin en 1952, cuando aún se llamaba Premio Stalin. A partir de cierto momento, tienes que dejar atrás las suspicacias para disfrutar en plenitud cuando un libro es tan certero, divertido y revelador como el ensayo que Ehrenburg le dedicó a Hollywood en 1931 -este libro logró incomodar a casi todos los que lo leyeron en su tiempo: siendo incomprendido tanto por los lectores estadounidenses como por las cegatas autoridades soviéticas-. Esa incomprensión, por otro lado, es una de las varias señales que suelo utilizar para identificar a gente interesante.

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