Del deseo y del yo

11 marzo, 2012

GUILLERMO BUSUTIL

DESDE HACE UNOS AÑOS, la literatura se ha acercado con desigual acierto y postulados teóricos a la deconstrucción del discurso narrativo para expresar la fragmentación del hombre, de la realidad y del mundo. Esta tendencia, de la que los románticos ya tenían conciencia, también encontró eco en el pensamiento de Baudelaire («la imaginación descompone toda creación») y de Rimbaud («la poesía debe plasmar los jirones de la realidad»). Dos escritores de talento, antecedentes de una literatura basada en la discontinuidad que encontró en la posmodernidad, que aún nos rige, su más solvente asentamiento. Es importante fijar estos orígenes, a veces confusos o envueltos en celofanes metaliterarios, para entender la tendencia actual de una generación de brillantes narradores, como Vicente Luis Mora o Manuel Rivas, entre otros que practican esta literatura. Una tendencia que se extiende en la actualidad, lo mismo que la revitalización de la literatura del yo que no ha de estar sujeta a las biografías noveladas o de marcado carácter historicista.

UN EJEMPLO DE AMBAS MIRADAS, acertado en su propuesta y en su resolución estilística es la novela Época de emociones de Arturo Lorenzo, publicada por la editorial Pigmalión. En sus páginas, Arturo Lorenzo combina una estructura de la fragmentación que combina los aforismos, las greguerías, el microrrelato y los capítulos compartimentados, para ir acercándole al lector la mirada y el pensamiento confesional de David, el personaje narrador, que viajará desde la infancia hasta la época de madurez. Un recorrido que chequea con ironía, humor negro y cierta melancolía en ocasiones, numerosos acontecimientos de la historia nacional. Y lo hace con la sentimentalidad de una generación definida por el eco sombrío de la Guerra Civil, el Mayo del 68, las lecturas y los recuerdos de la cultura televisiva (hermosa la evocación a Estudio 1 con aquellas obras de teatro en blanco y negro con el gran José Bódalo entre otros) que conforman la identidad. Pero sobretodo, Época de emociones, como su mismo título indica, es un cuaderno íntimo en el que cada historia es una disección del corazón de un hombre, de ese personaje de David y una pandilla compuesta por Clara, Carlota, Gabriel, Boris, Vicky y otros nombres que surcan los episodios humanos del amor, las aventuras, las renuncias, los fracasos, los celos, el compromiso, la sombra del padre, las infidelidades, los secretos, las citas aplazadas, el influjo de ciudades devocionarios como Nueva York y las utopías derrotadas por el tiempo. Piezas todas del puzzle de cualquier vida que a veces se convierten en esquirlas de cristal, en estampas de lolitas de carretera, de hombres enamorados de su hermana; de mujeres guapas, feas, insumisas, suicidas, inaccesibles y cercanas a la vez igual que la Justine de Durrell. Mujeres que se cruzan con el personaje como si fuesen las islas carnales y los efímeros espejismos de su viaje hacia sí mismo, y que van conduciéndolo al aprendizaje de un enfrentamiento con las batallas del deseo, los amores correspondidos, resucitados o equivocados, con el cuchillo desdentado de la rutina y con una evocación que tiene bastante de hacer las paces con la memoria.

NADA SOBRA, NADA FALTA, en esta novela de emociones en la que el lenguaje erótico está revestido de sensualidad, de naturalidad y de guiños literarios que paladares más curtidos sabrán degustar. Igual que contiene brillantes páginas que ahondan en la importancia de los pequeños detalles, de los gestos, como el acto de intimidad que supone quitarse las gafas, y en el aliento poético («la boca es la que construye el amor»). El resultado es un mapa en el que muchos lectores reconocerán la huella de su propio viaje; ya sea real o secretamente onírico.

FICHA
Época de emociones
ARTURO LORENZO
PIGMALIÓN
18 €

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