De la política a la literatura

29 junio, 2015
El destartalado y corrosivo Michel Houellebecq.

El destartalado y corrosivo Michel Houellebecq.

LUCAS MARTÍN

El corrosivo autor francés publica en España Sumisión, la novela que se vio envuelta en la vorágine destructiva de los atentados de Charlie Hebdo y que le hizo esconderse por temor a una reacción terrorista. Un texto genuinamente Houellebecq; mordaz y astuto, con más estopa, incluso, para la amoralidad europea que para los abusos fundamentalistas
En enero de este año, mientras media España se revolcaba en la molicie barriguda de las fiestas, Michel Houellebecq ponía en Francia la última pica que le quedaba para convertirse, esta vez a su pesar, en el intelectual guiñolesco, provocador y ególatra de cabecera de Francia; acostumbrado a surfear en medio de la ira y el histriónico interés de sus compatriotas, el escritor se veía de repente salpicado por los atentados de Charlie Hebdo. La revista satírica había publicado la misma semana del tiroteo unas caricaturas en las que el autor aparecía mofándose del integrismo; para colmo, ese día  salía a la venta su última novela, también relacionada con el islam, lo que contribuyó a levantar una expectación y una solemnidad que modificó, tal vez para siempre, la figura pública de Houllebecq. El escritor, tocado por la barbarie de las armas de fuego, dejaba para siempre de ser el intelectual decadente de guardia que sirve de entretenimiento  y su literatura ingresaba de golpe en otro orden: el de la palabra sagrada, heroica, en defensa de la Europa civilizada.
Mientras el autor se afanaba en buscar protección y esconderse –Houellebecq no tienen ningún interés en morir como un mártir, y eso le honra–, la burbuja mediática en torno a su libro, Sumisión, no dejaba de expandirse. El anuncio de su argumento, la  oscura transformación de Francia en una sociedad islámica repleta de prohibiciones, hacía que todo el mundo esperara su lectura como si se tratara de un maná libertario; un peso excesivo y totalmente injusto para su novela, que no deja de ser lo que son todos los libros del escritor, incluso los más inspirados: un texto inteligente, a ratos sucio y descuidado, pero con una estética y un atrevimiento que acaba siendo entrañable y siempre ameno, aunque lamentablemente no tanto como para convulsionar al hombre ni zarandear conciencias. Los libros de Houllebecq hacen pensar y son divertidos y salvo algún que otro coqueteo más trascendente –el final de El mapa y el territorio o la desolación descarnada de Ampliación del campo de batalla– dejan el regusto amable de haber pasado un buen rato con un texto divertido, astuto y fungible, lo que tampoco es demasiado común en un panorama a menudo domeñado por las falsas obras maestras y la endeblez –la diferencia es abismal–de los títulos de temporada.
Sumisión, versionada en español por Joan Riambau, no es, en este sentido, una excepción. Más allá del rumor de la balacera y de la provocación autoconsciente –elija lo que se elija el monoteísmo reacciona, a veces sólo con denuncias en los juzgados– el libro constituye, sobre todo, una novela mordaz y aguda que en el fondo pone más el visor en la decadencia moral de occidente que en los totalitarismos consabidos de las religiones con aspiraciones civiles. Con su aparente distopía, Houllebecq construye una parodia ética que se asienta en la necesidad de espiritualidad y en la progresiva inestabilidad de los valores democráticos. Como el imperio romano, parece decir el autor, Francia se deja arrasar por la tiranía no por la fuerza bruta, sino por su propia degeneración y su carácter corruptible. En el París que describe Sumisión, nadie alza la voz hacia la rápida transformación en una sociedad que hace huir a los judíos y constriñe el espacio conquistado por las mujeres. Y mucho menos  los intelectuales, a los que el escritor caricaturiza con brillantez dejando entrever su inutilidad y cobardía. En la ormetá, en el silencio, en la rápida entrega con la que los profesores unversitarios de Sumisión abandonan sus convicciones a cambio de vivir como sultanes hay mucho de entrega colectiva y de la ceguera monumental del hombre, incapaz de sentirse afectado por nada que comprometa su perímetro confortable. A la cultura, en general, el régimen islámico de la novela se la toma a chufa: da igual que las universidades expliquen literatura mientras sean islámicas. Que dejen en paz a Houllebecq. Es demasiado sarcástico y huraño como para aguantar el traje de mármol que corresponde a las estatutas y a las glorias nacionales.

Sumisión, de Anagrama

FICHA
Sumisión
MICHEL HOUELLEBECQ
ANAGRAMA
19,90 €

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