Dara y el ruido de la modernidad

23 enero, 2016
La contaminación y los vertidos forman parte central de la novela.

La contaminación y los vertidos forman parte central de la novela.

LUCAS MARTÍN

Pálido Fuego publica El cuaderno perdido, una de las obras totémicas de la narrativa experimental y una referencia para la vanguardia norteamericana. Mucho más que pirotecnia; inteligente, desconcertante, emocional

Rostro velado por un anonimato pynchoniano, tan enigmático como vocacional. Escritura a ratos preciosista, radicalmente posmoderna en el planteamiento y en la filosofía de fondo. Afinidad cristalina con epígonos, precedentes y coetáneos; del grupo de los nuevos y de los raros: los Markson, los Foster Wallace, los Gaddis. Considerado hasta hace muy poco en España apenas una silabada vagamente familiar para los especialistas en vanguardia norteamericana, Evan Dara se presentaba al lector, y no sólo en los paratextos, como una novedad tramposa, en la medida que, en su originalidad y pretensión, sonaba ya a propuestas tan interesantes como de partida ampliamente manoseadas. La lectura de las primeras páginas de El cuaderno perdido, editado por la malagueña Pálido Fuego –menudo y bendito marrón en la traducción, firmada por José Luis Amores con brillantez–, no desmiente, ni mucho menos, ese presentimiento: la novela de Dara abre con toda la artillería que distingue a la narrativa extrema de finales del pasado siglo, lo cual justifica ya el hecho de echarle al asunto unas horas y unos euros, porque alcanzar semejante cumbre estilística y de contenido, está al alcance de muy pocos, incluso por la vía siempre más acomodada y de filón nodrizo de la imitación.

El cuaderno perdido arranca atiborrado de recursos, todos ellos sumamente atractivos. Uno asiste a un despliegue de literatura fragmentaria, con pequeñas narraciones y narradores que van saltando de una a otra con una vaga expectativa de posterior continuidad; nudos sueltos, situaciones arrancadas de cuajo, trenzadas en un cordel que recuerda a los puzzles que tan bien le salían a Gaddis y que David Foster Wallace comparó con las historias inconclusas de los diarios de Kafka al hablar de aquella obra maestra de acumulación de cuentas deshilachadas y microhistorias llamada Pasos, de Kosinski. Evan Dara guía al lector por un edificio desprovisto de ventanas, paredes y argamasa, una especie perecquiana de 13 Rúe del Percebe sin lugar ni edificio en el que poco a poco el protagonista pasa a ser el propio lenguaje (no palabras, sino lenguaje, sentenció Tranströmer).

Si en Don Delillo el ruido de fondo era la muerte, aquí son las voces superpuestas, que empiezan a bailar y tantear al lector hasta que poco a poco se advierte con regocijo una intención que desbarata la impresión inicial; si hasta ese momento El cuaderno perdido brillaba como una novela arriesgada y suculenta, con el avance de sus páginas surge la trampa sobre la trampa; el libro adquiere su luz propia y su verdadera dimensión, que es mucho más de lo que se revelaba en el comienzo. Dara va abriendo y cerrando su abanico hasta configurar una estructura magistral, sutilmente coherente, en el que lo dicho deja de entretenerse únicamente con lo dicho para convertirse en una lectura y una demostración de la realidad de su tiempo, donde el relativismo y la posmodernidad han dejado al discurso sin la autoridad y sin la significación preventiva, reforzando la idea de construcción literaria del hombre, de contingencia y de insalvable mediocridad vital. Ironía para criticar a la ironía. Métanse en el juego; lo que el nouveu roman atisbó y quiso y nunca consiguió del todo hacer.

FICHA
El cuaderno perdido
EVAN DARA | Traducción de José Luis Amores
PÁLIDO FUEGO
26,90 €

La historia de la desintegración de una comunidad de la América moderna, y ofrece una visión de reconstitución. Plasmando la totalidad social de dicho conjunto de personas mediante la representación de sus distintas voces, la novela describe con una maestría extraordinaria la interconectada complejidad del capitalismo tardío.

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