Cuento distópico de verano (II)

27 agosto, 2015
Ilustración de @jammarq

Ilustración de @jammarq

KAREN WALLACE

Los libros clásicos viven en nosotros y nosotros en ellos. Son clásicos porque son ayer, hoy y mañana. En esta sección se redimensionan textos eternos, llevándolos a los tiempos modernos que ayudaron a anticipar.

¿Qué pensarían hoy de nuestra sociedad tres famosos distópicos como Aldous Huxley, Ray Bradbury y George Orwell? Prosigamos con Bradbury y su Fahrenheit 451.

Tras una hora con Ray Bradbury frente a la pantalla del locutorio de internet del inframundo, y con George Orwell y Aldous Huxley justo detrás de él, el trío distópico quedó al tanto de lo que más o menos había pasado en el mundo mortal desde que ellos lo habían abandonado. Había que aprovechar la oportunidad que el consejo del reino de los muertos le había concedido a Huxley por su cumpleaños, así que bucearon por infinitas páginas de periódicos, enciclopedias, blogs y redes sociales. Ray recordó que antes de morir se había hecho con una cuenta de Facebook, tecleó su email y clave y, efectivamente, seguía activa; cruzaron a través de miles de perfiles y, de pronto, una frase llamó la atención de Bradbury: «Ese verano hizo mucho calor. No era como vivir en el infierno, era como cocerse poco a poco en un cohete sin protección térmica. Las luces de los coches incendiaban las calles, las luces de los anuncios parecían las chispas de un incendio que estaba a punto de quemarnos». Al parecer ese verano en el hemisferio norte estaba siendo muy duro, de récord.

Los ojos de Bradbury casi se salieron de sus órbitas y un gemido angustiante, idéntico al calor que describía esa frase, salió de su boca.

–¡Esto no lo vi venir! –exclamó Ray mientras se tomaba la cabeza–¿Cómo no nos hemos dado cuenta?–divagaba Bradbury mientras sus compañeros de inframundo pestañeaban asustados: ¿Qué había visto su amigo en aquella frase que le había perturbado tanto?

Bradbury giró la butaca.

–¡Ya no necesitas del fuego ni de los puñeteros 451 fahrenheit para dejarnos sin libros! ¡Es el calor! Es cosa de hacer subir la temperatura unos cuantos grados y todo el mundo que conocemos, todos los libros, las películas, la música, las relaciones entre las personas, la información y los servicios básicos colapsarán y hasta podrían desaparecer si internet y los móviles y demás cacharros se estropean… ¡Qué listos! –peroraba Ray mientras tecleaba en Google «temperatura que soporta un dispositivo móvil». La respuesta solo tardó un pestañeo del trío: «La mayoría de los dispositivos móviles funcionan correctamente hasta los 45ºC o 50ºC». ¿De verdad de una manera tan fácil podría terminarse con la sociedad actual? Temperaturas altas constantes y un solo verano podía sumir a un humano medio en una verdadera edad de piedra; quien no tuviera un búnker con ventilación y generador propio podría ser testigo de su propia extinción y, aún así, si pertenecías a la clase con acceso a esos lujos, si el sistema, que había puesto todos los huevos en esta misma cesta llamada internet, colapsaba cuando la temperatura bajara, habría tal ruina general que sería imposible regresar a la vida que conocíamos antes de ese tórrido verano.

Huxley notó que su colega estaba en pánico:

–Venga, Ray, tranquilízate… Siempre se pueden ir a Marte, como en tu novela –Aldous se carcajeó y Orwell le siguió en la risa.
Loco de ira, Bradbury les gritó:

–¡Pazguatos, la novela no termina bien! Y me temo que en la vida real no sería diferente.
Orwell trató ahora de calmar al amigo.

–Venga, colega, cómo van a llegar a Marte si no han ido ni a la Luna…

Bradbury levantó las cejas. Involuntariamente la ignorancia de Orwell con respecto a los avances de la tecnología que él no había llegado a vivir le había sosegado. Y con un tono de superioridad le espetó:

–Ay, George, es que como has estado aquí tantas décadas no te has enterado de que el hombre no solo llegó a la Luna, sino que está a punto de llegar a Marte.
Huxley, al igual que George se mostraba sorprendido con la noticia.

–¿Kennedy lo logró entonces? –preguntó entonces Aldous. –Bueno, Aldous, como estabas malito ese día… En realidad, más bien estiraste la pata ese día, así que no llegaste a enterarte de que a Kennedy lo asesinaron unas horas después de que tú murieras. Otro presidente fue el que se llevó el mérito, amigo. Nixon.

Huxley sabía que aquel senador de California iba a llegar lejos.–Cof, cof –carraspeó para interrumpir un hombre de mediana edad justo detrás del trío.

–¿Quién eres tú? –preguntó Ray.

El hombre sonrió y se adelantó.–¿No me reconoces? Pero si tú me has creado. Soy Guy Montag.

Bradbury llevaba ya unas horas nervioso, así que esto terminó por alterarle del todo.

–¿Pero qué dices? ¡Tú no eres real, eres un personaje de mi novela!

Montag se adelantó hacia su creador y le dijo:

–De igual manera que tú imaginaste un mundo que ha terminado por ser el real, cuando los personajes estamos muy perfilados y poblamos su imaginación y su inconsciente, terminamos volviéndonos de verdad. El problema empieza cuando la gente deja de leer las novelas que nos albergan. Entonces solemos venir al inframundo y paseamos por aquí como las almas de los no-vivos; vamos, como vosotros… Y yo he pasado un tiempo buscándote. En cuanto vi que actualizaste tu estado en Facebook, te localicé…– explicó Montag.

Bradbury sacó dos rápidas conclusiones: primera, que Facebook le reafirmaba en su ludismo; segundo, que podría haberse aparecido Clarisse, a quien había creado mucho más interesante, inteligente y guapa. Típico de Ray, un gruñón más simpático de lo que parecía…

–Hombre, atiéndeme, que me lo debes.

El bombero interrumpió las ensoñaciones de Bradbury con su Clarisse. Y vaya sí lo hizo.

–¿Qué te debo qué? – gritó exasperado el escritor. Bradbury era un gruñón más simpático de lo que parecía, pero era un gruñón.

Guy Montag respondió a conciencia:

–Quiero saber qué sentido tiene ahora mismo un bombero quemalibros. La gente hasta los noventa pues todavía pensaba en mí, pero ahora qué voy a quemar si ya la gente casi no lee los libros en papel; en realidad, ya casi no leen libros completos, cogen un poco de esto y de aquello, lo justo que les permita tener temas de conversación a través de las redes sociales. En un mundo donde los libros ya no importan mucho, o en el que los que importan van sobre vampiros jovencitos y guapos y señoritas a las que les va el sado, ¿qué puedo hacer yo? Así que mi propósito al buscarte es sencillo: escríbeme un cuento en el que me des una nueva ocupación, porque ya estoy harto de que me busquen para protagonizar calendarios solidarios de Navidad. ¡No me creaste para salir semidesnudo por ahí!

Al escuchar a Montag, Bradbury comprendió que no era el calor el verdadero peligro que afrontaba la humanidad; lo que estaba matando el alma de la gente era internet. Lo tenía claro antes de morir pero, desde luego, lo que había visto con Aldous y George, y ahora con Montag, lo ratificó. Y vino la epifanía: si la humanidad había puesto todos los nuevos en la misma cesta…

–Sí, Montag, te daré una nueva ocupación –dijo Ray con un recobrado entusiasmo. Y se dirigió ilusionado a sus amigos–. George, Aldous, ¡vosotros me ayudaréis! Y detalló el plan.

–Escribiremos entre los tres un cuento que avisará a los no-muertos del berenjenal en el que se están metiendo y filtraremos el texto en la red. ¡Montag, a partir de ahora serás un hacker y reventarás internet!

Montag no estaba muy convencido: lo de las historias de hackers intrépidos y revolucionarios ya estaba muy visto, y tal vez no llegaría demasiado a la suficiente gente como para darle una nueva vida. Aún así decidió apoyar la idea de Bradbury: si no confiaba en su creador…

De pronto unas sirenas comenzaron a sonar y un batallón de inframundo invadió el locutorio.

–Señor Bradbury, usted no estaba autorizado para hacer uso de internet inframundial, el permiso era exclusivo para el señor Huxley por su cumpleaños.
La voz gruesa, el tono autoritario y la mala leche general correspondían al jefe del batallón, el mismísimo Iósif Vissariónovich Stalin. Orwell tragó saliva. ¿Era posible que el hombre que inspirara muchos de sus relatos, y bastantes de sus pesadillas, se presentara justo delante de él? Stalin también reparó en Orwell.

–Ya que me encuentro contigo, George, hay varios puntos de tu literatura que me gustaría aclarar –dijo el ex secretario general del partido comunista soviético– pero antes debo llevaros a la audiencia del reino de los muertos.

De pie frente al severo jurado, el trío distópico no se sintió lo suficientemente amedrentado, y Aldous, Ray y George soltaron una serie de excusas alambicadas y estúpidas.

Tanto, que la audiencia les perdonó. Al fin y al cabo, ellos también eran gruñones pero más simpáticos de lo que parecían. Viendo Orwell que la autoridad estaba de buen humor, presentó un escrito para usar internet unas horas más por el sexagésimo quinto aniversario de su muerte. Sólo así podrían trabajar en el plan de Bradbury.

–Muy bien, Orwell, siempre te sales con la tuya, pero lo nuestro no termina aquí. ¡Esto acaba de empezar –gritó Stalin desde el pasillo.

Orwell corrió de vuelta al locutorio con sus amigos y solo pensaba, efectivamente, que esto acababa de comenzar.

Fahrenheit 451,  de Ray Bradbury

FICHA
Fahrenheit 451
RAY BRADBURY
DEBOLSILLO
7,50 €

Hoy Ray Bradbury cumpliría 95 años. «En mis obras no he tratado de hacer predicciones acerca del futuro, sino avisos», como en su mítica Fahrenheit 451, en la que el Gobierno ordena quemar libros porque leerlos impide a los ciudadanos ser felices.

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