Crímenes en The Big Easy

9 abril, 2016
La novela de Ray Celestin se desarrolla en Nueva Orleans. REUTERS.

La novela de Ray Celestin se desarrolla en Nueva Orleans. REUTERS..

ALEJANDRO M. GALLO

En todas las latitudes existen leyendas sobre asesinos múltiples, ya sea por desviación o exageración de un hecho real, como recreación mítica transmitida oralmente entre los habitantes de esos lugares o como constructo de algún poder en busca de un objetivo sobre la población, generalmente crear miedo a la vida, a una divinidad determinada para encauzar comportamientos. Por supuesto, New Orleans no iba a ser una excepción. De ahí que se cuenta por sus calles que, hace aproximadamente un siglo, caminaba un individuo con un hacha ensangrentada y con ese arma sumaba cadáveres en su cuenta personal. Ah, lo curioso es que mantenía comunicación con la población a través de cartas que enviaba a los periódicos locales y era amante del jazz. Hasta tal punto esto era así que en su última carta, fechada el 6 de mayo de 1919, se comprometía a no asesinar a nadie que estuviese escuchando jazz a las 00.15, hora en la que él pasearía con su hacha. La policía, ya fuera de Luisiana o de New Orleans, nunca lo detuvo ni lo identificó, todo se quedó en meras sospechas. A este sujeto se le denominó el Asesino del Hacha, o el Hachero, y hasta Wikipedia ha sembrado dudas sobre su supuesta existencia.
Realidad o ficción, el caso es que Ray Celestin ha retomado esa historia como la base sobre la que se alza su novela Jazz para el Asesino del Hacha (Alianza). La forma en la que articula la trama es bastante original. Nos sitúa a tres diferentes protagonistas –por lo tanto, tres visiones distintas de una misma realidad– en una investigación por New Orleans en 1919. Así, al primero que nos coloca en danza es a Michael Talbott, inspector de la policía de New Orleans que recorre sus calles en un landó negro. Él será el investigador oficial de los asesinatos, sus análisis serán los gubernativos y la visión desde el poder constituido en la ciudad, que se prepara para afrontar los efectos de la Ley Seca. Luego está Luca D’Andrea, expolicía, exconvicto y en esos momentos a sueldo de la mafia italiana en el barrio Little Italy, al que le encargan investigar los crímenes y resolverlos a su modo, pues el Hachero está matando a italianos que pagaban por su protección y eso causa muy mala imagen de los capos. Además le sirve al autor para mostrarnos que esa ciudad tuvo el dudoso honor de ser la primera en los Estados Unidos en la que nació la mafia italiana. En tercer lugar se enrolan en las pesquisas dos jóvenes de 19 años: Ida Davis, lectora de Sherlock Holmes y ayudante en la agencia Pinkerton, y su amigo, el trompetista Louis Armstrong, los cuales nos presentarán la ciudad que muchos conocerán en el futuro como The Big Easy, la menos norteamericana de las ciudades norteamericanas, donde triunfaban los Jazz Maniacs, especie de políglotas musicales capaces de tocar la misma canción de mil maneras, en función de los dispares gustos de los blancos, criollos, negros e incluso de los diferentes tipos de mugrientos que atestaban los burdeles.
Así, Celestin nos va dibujando la New Orleans de 1919, una ciudad en la que cada comunidad se aislaba de sus vecinos: los criollos de color, al norte; los irlandeses, al sur; los negros, al oeste; los italianos en Little Italy; en el centro, un entreverado de chinos, griegos, alemanes y judíos. Un mundo en el que la segregación originaba desconfianza, pero ésta también incrementaba aquella. Un lugar en el que las hechiceras vudús sembraban el caos mental y la fascinación en medio de los manglares con sus pantomimas –entreverado de ocultismo, catolicismo y magia africana–. Una ciudad en la que la música inundaba sus calles y sus multirraciales barrios, mientras un asesino en serie golpeaba con su hacha a los habitantes sin seguir un patrón. Sólo se libraba de la muerte quien fuera creyente del jazz, como la nueva religión del futuro The Big Easy. No decepciona.

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