Coetzee, un registro diferente

8 noviembre, 2013
Ilustración de Pablo García del escritor sudafricano J. M. Coetzee.

Ilustración de Pablo García del escritor sudafricano J. M. Coetzee.

JAVIER GARCÍA RECIO

Coetzee nos sorprende con una historia extraña. La infancia de Jesús (Mondadori), pese a ser una alegoría, algo rebuscada, tiene también cierta diablura desconcertante, o al menos a eso parece jugar el escritor. También podría ser que se tratase de una broma, pero en ese caso, sería una broma muy profunda.

La primera reflexión que merece la lectura de La infancia de Jesús es que de no llevar la firma de J. M. Coetzee el libro hubiese pasado con más pena que gloria y con alguna negativa crítica a su, en apariencia, anodina historia. Pero se trata de Coetzee y ello merece un crédito. Coetzee es uno de los grandes escritores vivos. Su obra no se cuestiona y se impone desde hace cuarenta años por su enorme y sobria calidad. Por ello, pese a la aparente linealidad y falta de interés de la novela, hay que plantear el beneficio de la duda y preguntarse qué ha querido transmitir Coetzee en La infancia de Jesús.

Las respuestas, según he leído, han sido diversas, aunque la mayoría denotan desconcierto y no saben cómo responder. Digamos que, gracias a ese merecido crédito que tiene el escritor sudafricano, las críticas manifiestan una educada perplejidad pues nadie se atreve a cuestionar abiertamente La infancia de Jesús y sí, en cambio, abrir un abanico de dudas sobre la calidad del texto. Será el tiempo quien haga su trabajo y nos permita ver los méritos escondidos de esta obra y la coloque entre sus escogidas, o la relegue a ese cuarto oscuro donde todos los grandes escritores esconden sus creaciones más débiles.

Un párrafo de La infancia de Jesús sobre una reflexión de Simón, uno de los protagonistas, acerca de la nueva vida a la que se ve abocado, serviría también para definir la representación de la propia novela: «para Simón la vida allí es demasiado plácida, demasiado carente de altibajos, de dramatismo y de tensión. Es anodina». Esa falta de tensión y de dramatismo recorre las páginas de La Infancia de Jesús y sorprenden, ya que difuminan las marcas de identidad literaria del verdadero Coetzee.

En esta obra, Coetzee narra la historia de Simón, un hombre adulto, y David, un chico de cinco años a cuya madre biológica buscan. Luego de una larga travesía, ambos llegan a una nueva tierra: Novilla. Allí se les asigna a cada uno un nombre y una edad. Mientras tanto, aprenden castellano, la lengua de su nuevo país. Nunca se llega a saber de cuál se trata. Se mencionan lugares de Chile, Bolivia, Venezuela… incluso Suecia.

Ambos personajes se insertan en una sociedad donde todos parecen satisfechos. Una organización global provee todo lo necesario para que la vida se desarrolle en Novilla, así que ninguno de sus habitantes se cuestionan o preguntan lo que ocurre. Hacen las cosas porque así está establecido. De hecho: ni siquiera conservan sus recuerdos. Simón, que consigue trabajo en el puerto, es el único que parece insatisfecho y es así como retoma su misión: buscar a la madre de David, a la que termina encontrando, al menos así parece.

En este nuevo lugar la genta está limpia de sus antiguos recuerdos. Nadie tiene curiosidad ni se pregunta nada. Sólo Simón se hace preguntas. El sentido de lo universal, la buena voluntad, prima y aplasta a las personas. No existe la insatisfacción y están contentos de haberse librado de ella. Los habitantes de Novilla no perciben ningún anhelo, ningún deseo de vivir una vida distinta.

El espacio está subordinado a la existencia del hombre. La realidad está subordinada al hombre, aunque parezca controlarlo. La ausencia de detalles genera un austero pero cuidado estilo. Aquí sí, en ese estilo sobrio reconocemos al Coetzee de siempre.

La historia, pese a ser una alegoría, algo rebuscada, tiene también cierta diablura desconcertante, o al menos a eso parece jugar Coetzee, También podría ser que se tratase de una broma, pero en ese caso, como señala Simón, «de una broma muy profunda».

Desconcertante o no, broma o reflexión críptica, se trata de Coetzee y eso siempre apunta a portento literario. En todo caso en La infancia de Jesús leemos a un Coetzee distinto.

La infancia de Jesús, de J.M. Coetzee

FICHA
La infancia de Jesús
J. M. COETZEE
MONDADORI
17,90 €

Después de cruzar océanos, un hombre, Simón, y un chico, David, llegan a una nueva tierra. Allí se les asigna a cada uno un nombre y una edad, y levantan un campamento en el desierto mientras aprenden español, la lengua de su nuevo país. De allí parten rumbo al centro de reubicación de la ciudad de Novilla, donde esperan encontrar un lugar donde alojarse y buscar a la madre del chico. Una vez allí las autoridades locales los tratan con educación, pero no resuelven sus acuciantes problemas. Simón encuentra un trabajo de estibador en el puerto. El trabajo le resulta pesado, pero pronto se gana la simpatía de sus camaradas.

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