Bryan Stevenson: justicia a muerte

28 julio, 2018

MIGUEL ÁNGEL PRESNO

Península publica Por compasión, conmovedora radiografía del sistema judicial y penitenciario norteamericano, de manos del abogado Bryan Stevenson, promotor de la Iniciativa por la Igualdad por Justicia, que da asistencia legal a presos que pueden haber sido condenados de forma errónea o que no tienen recursos

Si se concediera el Premio Nobel de Derecho probablemente Bryan Stevenson ya lo habría ganado, no por el libro que aquí comentamos sino por la obra de la que da cuenta en Por compasión. La lucha por los olvidados de la justicia en Estados Unidos (Península, 2018).

Philip Kerr

Bryan Stevenson. Facebook

Stevenson, después de graduarse en Derecho en Harvard, promovió en 1989, en Montgomery (Alabama), la creación de la entidad Equal Justice Initiative (Iniciativa por la Igualdad de la Justicia) una ONG que tiene como objetivos proporcionar asistencia legal a los presos que pueden haber sido condenados erróneamente, a los que carecen de recursos para una defensa efectiva y, en general, a integrantes de grupos vulnerables (menores, personas con discapacidad mental) condenados a cadena perpetua o a la pena capital.

Uno de sus primeros casos fue el de Walter McMillian, un afroamericano condenado a muerte, en un proceso espeluznante y plagado de irregularidades –fue recluido en el corredor de la muerte cuando todavía era un preso preventivo–, por el supuesto asesinato a tiros de una mujer blanca. Walter, que había vivido siempre en el condado de Monroe (Alabama), nunca había oído hablar de Harper Lee ni de Matar a un ruiseñor, mucho menos de Atticus Finch.

Los avatares vitales y judiciales de McMillian están presentes a lo largo de todo el libro y sirven como hilo conductor para describir el terrible panorama del sistema judicial y penitenciario en buena parte de Estados Unidos cuando una persona de raza negra se enfrenta a un proceso penal por haber, presuntamente, cometido algún delito –no necesariamente con resultado de muerte– contra una persona blanca.

También nos recuerda que durante muchísimos años se ha condenado a centenares de niños de 13 y 14 años a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional y que la privación del derecho de sufragio como pena adicional a una privativa de libertad ha excluido del censo al 10% de la población negra de varios Estados, lo que, además, ha servido para configurar jurados con composición mayoritaria blanca incluso en localidades con mayoría de población negra y eso a pesar de varias sentencias del Tribunal Supremo que trataron de poner coto a estos abusos.

Stevenson no se centra en la asistencia legal a inocentes y ha defendido a personas culpables de delitos terribles pero que, en ningún caso, merecían la tortura de pasar años en condiciones terribles en los corredores de la muerte ni la pena de muerte, aplicada en no pocos casos de forma especialmente cruel y dolorosa. «La cercanía me ha enseñado algunas verdades básicas y aleccionadoras, incluida esta lección vital: cada uno de nosotros es algo mejor que lo peor que hayamos hecho», señala.

Otra de las aberraciones de las que se da cuenta es el caso de Michael Lindsey, una de las decenas de personas que luego de haber sido condenadas a reclusión perpetua vieron cómo los jueces que presidían los juicios por jurado cambiaban ese veredicto por la pena de muerte, algo especialmente frecuente en años en los que se renovaban los cargos judiciales en votaciones populares.

Con todo, y haciendo caso al consejo que en su día le dieron a Bryan Stevenson de «seguir tocando el tambor de la justicia», no son pequeños los triunfos que se nos cuentan en el libro: En primer lugar, ser capaz de preparar a los presos y a sus familiares para lo peor al tiempo que se les anima para esperar lo mejor, y prueba de que, a veces, se consigue; si no lo mejor, lo menos malo, son los asuntos que la entidad promovida por Stevenson consiguió llevar al Tribunal Supremo Federal, como el caso Nelson v. Campbell (2004) ese órgano acogió, por unanimidad, las tesis de Stevenson en el sentido de que los condenados a la pena capital debían poder presentar recursos en defensa de sus derechos cuando los protocolos de aplicación fueran contrarios a la Constitución; en el asunto Sullivan v. Florida (2010) el Tribunal Supremo concluyó, al tiempo que lo hacía en Graham v. Florida, que las sentencias obligatorias de cadena perpetua sin derecho a la libertad condicional para todos los menores de 17 años en los casos en que no había habido homicidio eran inconstitucionales; desde esa fecha, Equal Justice Initiative ha proporcionado asistencia legal a decenas de menores a lo largo de EEUU para lograr nuevas sentencias a partir de la doctrina Graham.

 

FICHA
Por compasión. La llucha por los olvidados de la justicia en Estado Unidos
BRYAN STEVENSON
PENÍNSULA
20,90 €
El día en que Ronda Morrison, una mujer blanca, fue asesinada en Monroeville, Alabama, en 1986, Walter McMillian, un afroamericano, se encontraba en su casa junto a su familia. Docenas de personas, incluido un policía, lo vieron allí y podían corroborar su coartada. Aun así, en 1989, fue condenado a muerte por asesinato.

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