Arde Chicago

22 marzo, 2016
Enfrentamiento de la policía con manifestantes.

Enfrentamiento de la policía con manifestantes.

ENRIQUE BENÍTEZ

La suspensión de un mitin de Donald Trump en Chicago recuerda los brutales incidentes que agitaron la Convención Demócrata en agosto de 1968
La política estadounidense es cada vez más un show, un espectáculo de masas donde es más importante el protagonista que el contenido, la imagen que el mensaje. En un contexto de envilecimiento masivo y de miedo a un futuro convertido en amenaza, el discurso simple y populista del candidato republicano Donald Trump está consiguiendo su propósito: animar a las bases del Great Old Party a llevar en volandas hasta la Casa Blanca –con permiso de Hillary Clinton– a un individuo cuyo éxito electoral ha sido calificado por The Economist como una amenaza para la humanidad. Ahí es nada.

Trump, al que no apetece hacer más publicidad de la que ya ha conseguido, se vio obligado a suspender un mitin en la siempre belicosa ciudad de Chicago, hace pocos días. Ni los mismísimos Blues Brothers habrían causado mayores destrozos en la declinante ciudad industrial de haberse celebrado el acto. La suspensión no puede ni debe aplaudirse: violenta la esencia de la democracia. Sin embargo, ha servido para recordar un apasionante episodio de la historia contemporánea de los Estados Unidos: la celebración en agosto de 1968 de la Convención del Partido Demócrata en Chicago y el estallido de violencia que inundó la ciudad, fruto de la torpeza y también del tóxico ambiente del momento.

Norman Mailer fue enviado por la revista Harper’s a cubrir los dos grandes eventos políticos del año. En la plácida Miami los republicanos celebraron su pacífico encuentro, rodeados de opalina y hortera tranquilidad. Para sorpresa de todos, Richard Nixon había resucitado. Y en un país dividido, con una juventud desbocada, protestas en las calles, incidentes raciales y violencia desatada, todo el mundo sabía que el candidato republicano sería el próximo presidente. Nixon se impondría a Nelson Rockefeller, casi un izquierdista, y ya en Miami aparecen Ronald Reagan y su mujer, que en palabras de Mailer «parecían una pareja de actores interpretando los papeles de gobernador y de su señora». Mailer es simpatizante demócrata, incluso había intentado ser candidato a la alcaldía de Nueva York en los años 60 –en la fiesta de lanzamiento de su candidatura estaba borracho y acabó apuñalando a su pareja, Adele Morales– y no oculta su antipatía por Dirty Dick, que llegaría a la presidencia para luego dimitir obligado por el escándalo Watergate.

Llaman la atención diversas referencias taurinas en las crónicas escritas desde Miami, incluso nombra a Manolete cuando ve que en las dependencias de Nixon han colgado una foto suya con un color mortuorio. Quizás por su devoción a Hemingway, parece que al varonil Mailer le atraía el toreo: un año antes había escrito los textos de un desconocido libro de fotografías taurinas titulado The Bullfight, hechas en México por reconocidos artistas como Robert Daley, Peter Buckley o Bob Cato. De ahí que tuviera fresco en la memoria el significado del toreo y su narrativa dramática. Curioso.

Chicago en llamas
La plácida convención republicana no tiene nada que ver con lo que espera a los demócratas en Chicago. Lyndon B. Johnson no repite como candidato, enfrentado a su propio país por la guerra interminable de Vietnam. La ofensiva del Tet causa estragos, en abril asesinan a Martin Luther King y el demócrata con más posibilidades de poner en poco de orden en medio del caos, Bobby Kennedy, cae muerto a balazos tras conseguir el triunfo en las primarias de California. Estados Unidos es un polvorín, con problemas económicos, raciales, políticos y militares. Una nación al borde del colapso, dividida, literalmente a punto de estallar.

Mailer llega a Chicago y encuentra una ciudad en estado de sitio. Los demócratas han valorado trasladar la convención a Miami, pero alguien ha dicho que Miami City ni siquiera es una ciudad americana. El fervoroso Alcalde Daley tampoco está dispuesto a renunciar a tan importante evento. Y desde todos los rincones de los Estados Unidos confluyen columnas de activistas dispuestos a manifestar en voz alta lo que opinan con respecto a la política y al gobierno. Entre ellos, los poetas Allan Ginsberg, William Borroughs y Jean Genet, que han organizado un Festival de la Vida sin más permisos que su propia voluntad, alentados por el éxito de otras celebraciones pacíficas anteriores.

En este punto también confluyen las crónicas de Mailer y el testimonio de Ginsberg. Miles de jóvenes acampan en torno al Lincoln Park y participan en los distintos actos patrocinados por los miembros de la beat generation. El aire es denso, el ambiente inflamable. El propio Mailer abandona una tarde la comodidad de su habitación y se planta en el Grant Park, donde también él interviene junto a Ginsberg, Dillinger y otros destacados participantes. La tarde anterior había tenido noticias de amigos apaleados, periodistas detenidos. La ciudad estaba tomada por 6.000 soldados trasladados en helicópteros –probablemente la mayor movilización militar llevada a cabo en terreno americano en esos años–, otros 6.000 miembros de la Guardia Nacional y los 12.000 policías de la ciudad y sus alrededores. Predomina el alambre de espino y los perros escupen su rabia.

La convención demócrata se convirtió en una trampa mortal para sus propios intereses políticos. «Prepárense para el fracaso total», escribió Mailer. Más de 24.000 soldados y policías se movilizaron para frenar una convocatoria pacífica y lisérgica, pura agitación creativa, que reunió apenas a 10.000 participantes. La Justicia procesó más tarde a los «Ocho de Chicago» por su responsabilidad en los incidentes y su desacato a las normas. En ese juicio compareció como testigo de la defensa Allan Ginsberg, cuyo testimonio cargado de referencias al mundo yogui –ahora tan de moda en España– y trufado de poemas propios (Aullido, origen del término hipster) y ajenos (desde Whitman a William Blake) es toda una revelación sobre el abismo cultural que separaba a la clase dominante norteamericana de la juventud pacifista, yippie y contestataria que llenaba plazas y parques en contra de la muerte vietnamita y la podredumbre política nacional. El delirante interrogatorio al que le somete el fiscal Forman es quizás el mejor síntoma de esa brecha insalvable ya instalada en la sociedad norteamericana. El resto ya es Historia: la victoria de Nixon, la condena de los procesados, la derrota, los sucios 70, Reagan, Irán, Nicaragua. Todo estaba escrito en Chicago. Y Mailer lo sabía.

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Miami y el sitio de Chicago
NORMAN MAILER
CAPITÁN SWING
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Traducción y prólogo de Antonio García Maldonado

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Testimonio en Chicago
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Traducción de Julia Osuna. Prólogo de Fernanda Pivano

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