Almas sin vida

23 junio, 2018

GUILLERMO BUSUTIL

Todos huimos de algo. Alguna vez, siempre, en ocasiones de niebla y de noche, el pasado es una culpa con sombra o la deuda de la derrota de un sueño que nos muerde los talones. Su rostro se asoma a nosotros en el fondo de un vaso en esos clubs donde al olvido lo ilumina el neón y nadie conoce tu nombre. Allí sonde la soledad hace barra fija y de fondo una canción te acaricia suave, aunque te duela. El cine, la música, la literatura son otros ámbitos donde se refugia la épica del perdedor que se fuga de sí mismo, de un equívoco, de un desamor o ese abismo al que cada cual se asoma y lo resuelve como puede. Muchos son los títulos y los estribillos, las atmósferas y las frases que golpean la conciencia y el estómago, y casi todas tienen que ver con el thriller cotidiano en el que todos somos delincuentes de un pecado, héroes de una redención, criaturas solitarias de una historia que hiere por dentro y en el roce con los demás.

Bien lo sabe Mario de los Santos que todo esto lo convierte en ingredientes mezclados que no agitados de una poética novela, Noche que te vas, dame la mano, con ecos cinematográficos de Egoyan y de los hermanos Cohen. Al menos a mi me los recuerdan las soledades errantes de sus personajes, el retrato del hombre común y su lado oscuro, el expresionismo de la trama que los va emparentado alrededor de un relato, que equilibra muy bien las imágenes emocionales, los diálogos despojados, las narraciones elípticas, sobre la especulación urbanística, el misterio de unos envenenamientos, los ajustes de cuentas, el rompecabezas de una investigación policial y el enfrentamiento de cada víctima con el peso que arrastra, con la herida abierta que les susurra al oído. Una joven monja que mantiene la precariedad de un convento con una webcam pornográfica; un padre acusado de haber abusado sexualmente de su hija; una periodista que fue carnaza del bullying escolar y síndrome de Marylin; un empresario codicioso en busca de un pelotazo al inicio de la Expo de Zaragoza: una esposa belle de jour con un cáncer terminal que se descubre audaz en su final; un policía descreído adicto a Roberto Bolaño, y a una mujer medio francesa medio mañana me habré ido amante de la poesía de la experiencia. Todos hechos de carbono, hidrógeno, oxígeno, azufre, fósforo, nitrógeno y alma, pero sin vida más allá de su piel.

Mario de los Santos nos los va contando na través de la trama fragmentada en sus voces, en sus miradas alrededor de los hechos que sustentan sus dramas, lo que callan, aquello a lo que han de enfrentarse y resolver, y el delito que los irá vinculado, casi como en una narrativa obra de teatro en la que van entando y saliendo como por aquellas puertas del vodevil, y que aquí son de etiqueta negra y sociología de la soledad, el pecado y su redención. Unidos también en un guiño propio de David Lynch por las canciones de Los Suaves, el grupo hard rock gallego de los ochenta, el hilo musical que vertebra sus quiebras sentimentales, sus fracasos existenciales, Esta vida me va a matar, Maldita sea mi suerte, Suave es la noche en la voz a la guitarra de Yosi, como espléndidas metáforas del viaje a través de la noche al fondo del monstruo que llevan dentro: un monstruo al que dañar, un monstruo que daña. Son sus retratos, excelentes encarnamientos de su psicología, de sus voces en concierto en una coral policiaca que desvela muchas de las cuestiones del ser humano que se ocultan a solas. La religión con su ambición y sus vergüenzas morales; los mecanismos de la codicia; la mirada sexual sobre la familia; la naturalidad de su lenguaje y de sus juegos reprimidos; la cobardía y el miedo; las relaciones de poder en la pareja; internet; la soledad en muchas de sus vertientes; el pasado que determina el presente o lo transforma. La veracidad, su realismo crudo, y el lirismo de la prosa son las herramientas con las que Mario de los Santos hace de esas aristas una narración que aprieta, emociona y deja estribillo de buena literatura.

FICHA
Noche que te vas, dame la mano
MARIO DE LOS SANTOS
CANDAYA, 2018
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