Al final, nada tiene remedio

8 enero, 2013
El autor británico ha ganado el Premio Man Booker con esta novela.

El autor británico ha ganado el Premio Man Booker con esta novela.

JAVIER GARCÍA RECIO

Tras Pulso, su último libro de relatos cortos, Julian Barnes ha vuelto a la novela con El sentido de un final (Anagrama), una magnífica historia, redonda en su construcción y sobresaliente en su final con la que ha ganado el Premio Man Booker. Una meritoria obra que destila amargura, sobre la fragilidad del recuerdo, la vejez y memoria. Uno de sus mejores trabajos.

«La historia son las mentiras de los vencedores…. Aunque también los autoengaños de los derrotados» nos dice Julian Barnes al inicio de su última novela El sentido de un final. Aunque en última instancia acaba ajustando ambas frases para concluir «la historia no se comprende en las mentiras de los victoriosos, sino en la memoria de los que sobreviven, muchos de los que ni ganan ni pierden, sólo observan».

En medio de estas dos observaciones Julian Barnes construye en El sentido de un final, una magnífica historia, que destila amargura, sobre la fragilidad del recuerdo, la vejez y la memoria. Barnes nos dice que la memoria es frágil, no es fiable, por eso afirma que «lo que uno termina recordando no siempre es lo mismo que lo que hemos presenciado». Por eso la gente reescribe su propia historia, distorsiona el pasado, para entenderlo adaptado a sus propios límites mentales.

En El sentido de un final Barnes se instala en el cerebro de Tony Webster, un hombre que asume su mediocridad y la felicidad simplona que ésta conlleva. Un hombre que «no había ganado ni perdido, sino quien solo permitió que la vida le pasara». En su retrospectiva de jubilado recuerda que nunca pudo alcanzar los grandes sueños de juventud, pero está cómodo en su paraíso de pequeños placeres. Frente a los que se enfrentan con coraje a la vida, él optó por «el orden y la seguridad». Y no se queja.

Pero al recordar su adolescencia y juventud, magnifica la llegada de Adrian al trío de amigos que formaba con Alex y Collins. Adrian «era el más inteligente de todos nosotros», un «buscador de la verdad», el lector de Camus, de Nietzsche; Adrian que personificaba la brillantez, la libertad intelectual. También el que le arrebató a Verónica, su primera novia. Pero, de repente, a los 22 años, Adrian se suicidó y dejó una nota aclarando su decisión filosófica de renunciar al «don de la vida que nadie ha pedido, que nos viene otorgado».

A partir de ahí transcurren 40 años en los cada uno hizo lo posible por olvidar. Es entonces cuando el protagonista recibe una carta que da todo el sentido a la novela y constituye su punto de anclaje y su clave de bóveda donde descansa la trama hábilmente pergeñada por Barnes. La misteriosa carta de un bufete de abogados le informa de que Sarah Ford, la madre de Verónica, la novia que le dejó por Adrian, había muerto recientemente dejándole en su testamento 500 libras y el diario de Adrian, que extrañamente había llegado a sus manos. La aparición, solo anunciada, de un diario de Adrian, remueve, cuarenta años después, la pacífica vida de Tony que abandona su segura y cómoda jubilación para tratar de obtener el diario que ha pasado a manos de Verónica. Este hecho remueve hasta los cimientos la certeza y el aburrimiento de la vida de Tony.

Barnes sabe imprimirle, de forma continuada y ascendente y especialmente en este tramo final de la historia, un suspense psicológico a la narración que va adquiriendo por momentos trazas de un thriller de enorme profundidad y que hurga sin descanso en la curiosidad del lector,

El final, inesperado, no deja de ser la pieza de una historia brillantemente bien trazada de principio a fin. Barnes tiene desde el inicio todas las piezas narrativas en su cabeza y las va encajando de manera sutil y perfecta de forma que conforme van quedando menos piezas por poner el lector se siente atraído sin remedio por el resultado final. Con su enorme maestría Barnes consigue que ese final no se vislumbre hasta la colocación de la última pieza, que hace que todo encaje.

El sentido de un final, de un fin de trayecto es el que percibe el protagonista de haber llegando a un punto sin retorno en su propia vida, y de su impotencia ante la imposibilidad de enmendar los hechos pasados. De ahí que acabe reflexionando: «Pensé… que podía volver al inicio y cambiar las cosas. Que podía hacer que la sangre retrocediera en su flujo».

FICHA
El sentido de un final
JULIAN BARNES
ANAGRAMA
16,90 €

Tony Webster y su banda conocieron a Adrian en el instituto. Eran tres, como los mosqueteros, y luego cuatro, cuando se les unió Adrian. Adrian fue desde luego el más inteligente, pero los cuatro se prometieron seguir siendo amigos para siempre. Y así fue en los primeros tiempos de universidad y las primeras novias, hasta que la vida de Adrian dio un vuelco trágico y todos, especialmente Tony, miraron hacia otro lado. Ahora Tony vive solo en un pacífico y próspero retiro. Un día recibe el anuncio de un legado: quinientas libras y un sobre con un manuscrito. Son los diarios de Adrian, que nunca verá.

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