Les presento a un genio: Ben Marcus

24 marzo, 2018

TINO PERTIERRA

ilustración de Pablo García

Una ilustración de Pablo García.

El alfabeto del fuego es un libro excepcional. Y para adentrarse en sus prodigiosas páginas nada mejor que hacerlo guiados por quien más y mejor ha transidado por ellas: su traductor. El alfa de esta historia nace en 2001, cuando el escritor Milo J. Krmpotic presentó en Barcelona la primera novela de Heidi Julavits, El palacio mineral. Así nació «una pequeña amistad de la que salió con varias recomendaciones capitales, desde The Magnetic Fields en lo musical hasta The Age of Wire and String en lo literario, firmado por Ben Marcus, el esposo de Heidi, y leerlo me desmontó».

Avanzamos hasta 2017: «Por haber traducido la maravillosa El duelo es esa cosa con alas, participo también de la presentación barcelonesa de la obra y, a la salida, camino del bar donde celebrar el preceptivo tercer tiempo, su autor, el también editor inglés Max Porter, me señala The Age… como ‘el título que redefinió el experimentalismo norteamericano del siglo XXI’. Retrocedamos ahora al verano de 2015, cuando Iolanda Batallé, editora de los flamantes sellos Catedral y Rata, me pide que le indique un libro imprescindible que no haya llegado aún al castellano. Pienso de inmediato en Marcus y, algunos meses después, Iolanda me dice que los agentes le ofrecen un 2×1, The Age… más The Flame Alphabet, y que tengo 48 horas para leerme el segundo si quiero aportar mi opinión. La aporté, vaya si la aporté; el trato se cerró y, pocos meses más tarde, tras discutir largo y tendido sobre cuál de los dos títulos debía ser punta de lanza del desembarco de Marcus en España, me puse a trabajar en el que entendimos como más accesible, dado su trasfondo distópico, o habida cuenta al menos que no representaba una orgía de exuberante abstracción lírica-festiva».

Esta historia «no tiene omega. Al igual que las cuitas de su (nada fiable) narrador, la traducción de El alfabeto de fuego es interminable… y no hablemos ya de su lectura. Cada hallazgo que creí alcanzar acabó transformándose en dolor, numerosas frustraciones fueron girando sobre sí mismas hasta convertirse en destellos de placer. Y, en uno y otro caso, tampoco entonces se quedaron del todo quietos. Marcus habla aquí de la inevitabilidad del lenguaje y la imperiosa necesidad del silencio, de las frustraciones de la paternidad y las arbitrariedades de la adolescencia, de lo que equivocadamente creemos que es amor y de los errores que cometemos incluso cuando por casualidad acertamos. Todo ello lo envuelve en un contexto apocalíptico cargado de una ironía tan soterrada que sus cimientos acaban cediendo por sarcasmonosis (el neologismo es mío, pero es que Marcus me obligó a entrenar esta disciplina). El alfabeto de fuego quema cada vez que te acercas a él, quema en todos y cada uno de sus niveles, y no hay dos quemaduras iguales. Como traductor, me hubiera quedado a vivir en sus páginas, redesbrozando por la tarde lo desbrozado esa misma mañana, asombrado y feliz. Pero hubo que enviar a corrección e imprenta, claro. Salí a la luz del día coincidiendo más o menos con el estreno de La llegada de Denis Villeneuve. Entonces, una tarde en el cine, lo tuve claro: Ben Marcus es un extraterrestre. Y El alfabeto de fuego nos da las llaves de su universo».

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