Guerra al sobrepeso

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Doctor Rafael Estrada

El sobrepeso y la obesidad afectan cada vez a más adultos, adolescentes y niños en todo el mundo, lo que supone un problema sanitario de primer nivel.

Este aumento de peso se debe sobre todo a cambios importantes en la alimentación y en la actividad física que desarrollamos diariamente.

Ciertas enfermedades crónicas, como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, las enfermedades dentales y la osteoporosis, que afectan cada vez más a países desarrollados y en desarrollo, tienen un nexo importante en las alteraciones nutricionales al sobrepeso y a la obesidad, sobre todo cuando el exceso de grasa se acumula en el abdomen.

En nuestra sociedad actual las dietas ricas en azúcares añadidos y grasas animales están sustituyendo cada vez más a las dietas tradicionales, basadas en alimentos vegetales como en los cereales. Esta transición, unida a la tendencia general hacia una vida cada vez más sedentaria, es un factor subyacente en el riesgo de padecer enfermedades crónicas.

Así, las dietas que antes se basaban en cereales, tubérculos y raíces son remplazadas paulatinamente por dietas ricas en carne, productos lácteos y aceite. El consumo de productos derivados de la pesca estará cada vez más limitado por factores medioambientales.

En este punto parece crítico adoptar determinados hábitos nutricionales y de ejercicio durante la infancia y la adolescencia a fin de prevenir estas enfermedades que de manera general suelen aparecer durante la vida adulta.

Con el envejecimiento de la población, el cáncer se está convirtiendo en un problema cada vez mayor, y en una de las principales causas de muerte. Además del humo del tabaco, que es la causa demostrada más frecuente de cáncer, hay una serie de factores, tanto identificados como por identificar, que influyen en la aparición del cáncer. Se calcula que los factores alimentarios están detrás de un tercio de los casos de cáncer en los países industrializados, lo que convierte a la alimentación en la segunda causa de cáncer teóricamente evitable, tan sólo por detrás del tabaco. El riesgo de padecer cáncer puede incrementarse por factores como la obesidad, el consumo elevado de alcohol o carnes en conserva y la falta de ejercicio.

Desde el punto de vista práctico deberíamos recomendar un consumo total de grasa entre el 15 y el 30% del aporte energético alimentario total, intentando disminuir las grasas animales, las grasas hidrogenadas y promocionando el uso de aceite de oliva. De igual manera se debe restringir el consumo de azúcares libres, como los presentes en los refrescos y en muchos alimentos transformados, que debería representar menos del 10% del aporte energético total. Por último se recomienda una ingesta diaria de, al menos, 400 g de fruta y verdura ( 5 piezas al día) que, acompañada por el consumo de cereales integrales, debería proporcionar la cantidad necesaria de fibra.

Se ha demostrado que algunas grasas alimentarias, sobre todo las que se encuentran habitualmente en los productos lácteos, la carne y los aceites hidrogenados (como determinados tipos de margarina) aumentan el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares. Otras grasas alimentarias, como las presentes en los aceites de soja y girasol, pueden disminuir este riesgo. El aceite de pescado (que se encuentra en los pescados grasos) también es beneficioso.

Un consumo elevado de sal puede aumentar la presión arterial y el riesgo de padecer derrames cerebrales y enfermedades coronarias, mientras que una alimentación rica en fibra y cereales integrales puede reducir el riesgo de padecer enfermedades coronarias.

Una dieta rica en fruta, verdura y pescado puede contribuir a una buena salud cardiovascular y reducir el riesgo de padecer algunas enfermedades cardiovasculares. El consumo de alcohol debería limitarse con el fin de prevenir riesgos para la salud, especialmente los cardiovasculares.

En resumen, una alimentación correcta, variada y completa, una dieta equilibrada cuyo modelo más reconocido es la dieta mediterránea, permite por un lado que nuestro cuerpo funcione con normalidad (que cubra nuestras necesidades biológicas básicas –necesitamos comer para poder vivir–) y por otro, previene o al menos reduce el riesgo de padecer ciertas alteraciones o enfermedades a corto y largo plazo. En este punto está suficientemente demostrada la bondad de la dieta mediterránea tradicional: contribuye a disminuir el riesgo de padecer patologías crónicas (entre ellas, las enfermedades del corazón, el cáncer, la obesidad y la diabetes) que afectan a grandes capas de población en las sociedades desarrolladas. Son características esenciales de esta dieta el consumo abundante de cereales y sus derivados (pasta, arroz, pan…), legumbres, frutas y frutos secos, verduras y hortalizas, con menores cantidades de pescado, aves, huevos y derivados lácteos y aún más reducidas proporciones de carne y productos cárnicos.

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