El estudio del artista

23 Jun

Entrar en el estudio de un artista es profanar un templo, pero también participar de sus ritos. El desorden aparente de los múltiples objetos que se acumulan en el taller de un pintor es la medida de su equilibrio creativo.

Bernardo Ferrándiz pintó “Interior del taller de un artista en Roma” en 1874 y ése ha sido el mejor autorretrato de su bienamado maestro, Fortuny.

El espacio donde el autor convive con sus musas es una medida de su genio hacedor que se revela hasta en el más pequeño detalle. Para cada jornada de viaje hacia la aventura de la creación, cada artista se acompaña de su propio equipaje de amuletos y fetiches, que armonizan en una atmósfera cargada de complicidades. Un ambiente en cuyas claves reside la estatura emocional del pintor.

La propia ubicación del taller de Rafael González Alvarado, un clásico ya entre los actuales pintores malagueños, habla mucho de sí mismo. A ese primer piso de la calle Marqués de Valdecañas, que alberga el centro más primigenio de la ciudad, se accede por unas escaleras donde las pisadas recientes se suman a la presencia fantasmal de otros inquilinos que ya forman parte de la historia o la leyenda y, tras este pequeño tramo de sombras, llega el rotundo saludo de una luz intensísima al franquear la puerta y triunfa desde los balcones, dotando las primeras estancias de una absoluta carga de vitalidad que contrasta con la morosidad despaciosa de la tarde, amenizada vagamente por el arrullo de las palomas y el eco de algún campanario.

En la sala inmediata a la puerta, Rafael Alvarado comenta los cuadros que son motivo de la exposición “El papel como soporte”. Se trata de un  conjunto de composiciones, donde prima el retrato y la figura; una retrospectiva a su labor de los 80, donde aún apostaba por el color y al lúdico ejercicio de pintar por pintar, sin caer en la frivolidad como podía ser la tentación de esa década que puso en cartelera otros nombres de coetáneos como Chema Madoz, Chema Lumbreras (artista invitado de la exposición), Sebastián Navas, Enrique Queipo, Paco Aguilar o Daniel Muriel. Grupo que si bien ha compartido amistad y oficio hasta hoy mismo, nunca formó escuela, dada la divergencia de sus estilos, cada cual bien definido por una personalidad propia e inconfundible.

Para Rafael, por ejemplo, el color fue una tentación ocasional y creció en la gama de los grises hacia una poética de lo social que alcanzó una de sus cimas en ese cuadro inolvidable “Papeles para todos”, uno de los más contemplados en el CAC.

Si pasamos a su estudio, observando la disposición de los objetos, nos manifestarán un equilibrio en la personalidad creadora. Dentro de una supuesta geografía del desorden, cada cosa ocupa el lugar preciso como conjurando al caos. Se hace acompañar de un memorándum biográfico, donde priman las fotos en blanco y negro, los homenajes de los amigos (poesías y viñetas dedicadas) y los libros de los que nunca deja de aprender y descubrir. Como que quizás haya tenido influencia de Auerbach, incluso antes de conocer a Auerbach.

Su entusiasmo por el arte tiene cierto tono pedagógico, que igual le sirve para aprender que para enseñar incluso lo inefable. Por ejemplo, su obsesión por el tema “El martirio de San Bartolomé”, que multiplica en una de las paredes en múltiples versiones. La explicación es que no tiene explicación. Todos tenemos obsesiones desde la infancia y el arte es una manera de materializarlas; una terapia de primer orden.

Tintoretto se pasó la vida haciendo variaciones de la deposición de Jesucristo y tampoco él podía explicarse por qué. Simplemente, en cada una de ellas encontraba algo nuevo. También están los artistas que se autorretratan a sí mismos para poder explicarse lo que son.

Los artistas son maniáticos consagrados; unos niños fijados en su curiosidad infantil.

Me gusta mucho esta explicación que da Rafael para contarnos en qué consiste el artista.

Para llegar a ser adulto e integrarse en la sociedad, cada cual mata al niño que lleva dentro. El artista se niega a matar al niño. Por eso es el raro, el incomprendido, el inadaptado. Pero son niños necesarios. Algunos cumplen 90 años y se llaman Picasso.

Otros no, pero igualmente tendrán su espacio en la historia, porque el arte es una necesidad del alma y no nos van a matar el alma por mucho que se empeñen, pues el alma es inmortal.

 

2 respuestas a «El estudio del artista»

  1. Cada vez yo escuchaba
    mais que tu aimes bien
    faire la vie (de) l’artiste!
    entendía bien la chanza
    sobre todo si era lunes
    y ese día no trabajabas;
    despacito te vestías
    por las calles deambulabas…
    Nunca la gente reía;
    entonces te preguntabas
    si yo tampoco lo hacía
    cómo sería la vida
    del envidiado artista…
    tal vez solo sonreía
    sin importarle gran cosa
    de la semana, el día
    predilecto de la rosa
    que tanto llamaba a risa;
    tal vez gozara la fiesta
    sin horarios de su arte
    la ilusión como receta
    y la vida por delante…

    Muy ameno y sentido, Lola. Y gracias por esas flores de juventud…

    • Es un maleficio
      del arte buscar beneficio
      pues por mera diversión
      sea que se toma el oficio,
      daña la reputación
      y en más de alguna opinión
      provoca vicio
      y disolución.
      Craso error
      que es profesión muy dura
      la vocación,
      que no entiende por horarios
      y es estigma de natura
      que se vaya de esta vida
      sin salario.
      Tendrá una calle con suerte
      cuando le llegue la muerte
      y cuando venga el dinero
      será para el heredero

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