La atracción por los laterales de las iglesias

24 Feb

Hace unas semanas contamos el caso de un troglodita anónimo, que merecería la reprobación social de los destructores del Patrimonio o cuando menos, una semana en la Casa Blanca, por haber destrozado el lateral de la iglesia más antigua de Málaga.

En efecto, como sabrán todos los que pasen por el lugar o echen un vistazo fugaz a la calle de Santiago, la parroquia de Santiago luce unos ardores pictóricos que se aproximan a los estomacales, por obra y gracia de este mastuerzo, justo cuando la iglesia exhibía sus mejores galas después de una ardua rehabilitación.

Traten de enseñar urbanidad a un yunque y sabrán lo arduo que resulta meter en la vereda de la civilización a un melón con un aerosol en la mano.

El caso es que este producto de la huerta no está solo y que por alguna extraña razón que a un servidor se le escapa, el colectivo de homúnculos gusta de los laterales de las iglesias, con independencia de si los templos se levantaron antes de ayer o en una época en la que no existían ni las carretas.

Si dudan de esta modesta observación antropológica, sólo tienen que darse una vuelta por la calle dedicada a Francisco de Rioja, quien, lejos de ser un hombre famoso por sus viñas, fue un insigne poeta y protegido del Conde Duque de Olivares.

Para más pistas, se trata de la antigua calle de la Concepción, como reza todavía un precioso (y apedreado) cartel del XVIII, pues hablamos del lateral de la hermosa iglesia de la Concepción, la de calle Nueva, la capilla del Colegio de las Esclavas, que malagueños y visitantes sólo avistan cuando hay bodas o comuniones.

En este lateral se aprecian en las alturas los huecos desaparecidos de un par de enormes ventanas y hasta la mancha blanca de una extinta farola. Pero nada de poética ni histórica tiene la ensalada de pintadas de las bajuras, a 500 años luz de las pinturas negras de Goya.

Se trata, como no podía ser menos, de un espurreo de firmas de un par de colores, que da fe de que sus autores mantienen profundas convicciones borricas, hasta el punto de que harían lo propio en la Capilla Sixtina o en un rinconcito del Museo Picasso (mejor no dar ideas).

Un chiste acompañado por la foto de Freud que corretea por las redes sociales asegura que si alguien se considera una persona sana, «es porque todavía no hemos puesto nombre a lo tuyo».

Aquí tienen los amantes de los misterios de la mente humana y de las costumbres de las tribus primitivas, un comportamiento dañino para la colectividad pero fascinante para el investigador avezado: Ceporros atraídos por los laterales de las iglesias, como los homínidos de 2001: Una odisea del espacio, por el monolito. Y por cierto, ¿qué habrían hecho estos últimos en el lateral del monolito de haber contado con esprays?

Fascinante dilema.