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Despistes

8 Abr

Un conductor francés acabó en Galicia cuando se dirigía hacia su domicilio en Limoges a unos mil kilómetros. Ya sabemos que los franceses, al menos este, ni leen los carteles de las autovías, ni charlan con los empleados de las gasolineras. Si hubieran dejado en pie aquellos toros de Osborne cuya visión tanto me emocionaban de niño, pues oye, igual este hombre se habría percatado de su llegada a la Península Ibérica que, entre ausencia de fronteras y esta globalización que nos uniforma el paisaje y el paisanaje, ya es idéntica a cuanta península arribemos. Este ciudadano ya ha hecho su camino de Santiago. Los despistes tienen mala prensa, aunque una literatura aceptable. Se equivocó la paloma, se equivocaba. Hay descuidos peligrosos, claro está. Recuerdo aquella encargada de una piscina en Madrid que jugó a maga con varios desinfectantes y por poco provocó una evacuación masiva que, al final, sólo se saldó con unas irritaciones pasajeras de ojos y garganta de varias decenas de personas. La chica no supo explicar qué había hecho, lo que condena a esa comunidad de vecinos a una casi segura repetición del episodio. El francés tampoco entendía por qué la policía le indicó que se detuviera. Si por esas leyes indómitas del azar ambos caminos se cruzarán y la socorrista hiciera autostop, por ejemplo, hacia Galapagar y el hombre de Limoges la recogiera, podrían juntos provocar una catástrofe en Oslo. La vida. Un gran amigo mío aún recuerda aquel día en que un coche se detuvo junto a su parada de autobús; pensó que venían a recogerlo. Cuando se acomodó en el asiento trasero, la conductora junto a sus tres acompañantes pensaron que un loco se les había colado y optaron por echarlo a chillidos. En un arrebato de lucidez, mi amigo consideró que lo mejor era huir sin dar mayores explicaciones y salir corriendo. Si por mano del diablo, que con estas cosas es un guasón, hubiera pasado por allí un coche policial, quizás hoy le estaría llevando una radio y una caja de bombones a la cárcel.

Los despistes son parte del proceso de innovación. Seguro que Adán argumentó uno cuando Dios le reprochó que lo había dejado sin manzanas, justo el día en que pensaba preparar un buen Strudel para zampárselo en su divina soledad junto con un helado de vainilla. La biblia no precisa cuántas manzanas comió el padre de los hombres, y nadie se enfada tanto por una sola pieza de fruta que falte en un árbol. Le echas las culpas a la jirafa, a la que ya había puesto nombre, y ya está. Gracias a aquella glotonería de Adán, combinada con la afición a la cocina de nuestro creador, estamos nosotros aquí, sufriendo, pero aquí. Eva fue inocente. Mi querido Lorenzo Saval, también dios en su propio paraíso de collages, me explicaba que los errores en arte pueden ocultar aciertos. No sólo del arte vive el hombre, también del pan, el café o las alcachofas, todos ellos productos que no se explican sobre la mesa si no es porque un día a uno se le olvidó hornear la masa y fermentó, porque a otro se le quemaron unos granos y porque a otro se le cayó la leche sobre ese líquido negro del desayuno. Lo de atreverse a darle un primer bocado a la alcachofa es, sin duda, uno de los grandes hitos misteriosos de la humanidad que no puede ser achacable más que a esos despistes que ocasionan un maravilloso fallo de esos que trastocan los conceptos y cambian el devenir de la historia incluso a nuestro pesar. Hay quien concibe la existencia como ese período durante el que naces, creces, te haces oficinista, te reproduces y mueres. De vez en cuando un viajito a lugares como Benidorm o Tenerife, donde cometer algún dispendio con la sangría y alguna presunta paella y ya está. El despiste. Entras por el lado contrario de la autopista y los faros de los coches hacia ti provocan un golpe de adrenalina tal que te das cuenta del desperdicio en que has convertido tu vida tan semejante a la de tus propios peces en el acuario del salón. El final de la historia depende de la confluencia entre fortuna y voluntad, conceptos tan despistados como un francés de Limoges, o una socorrista madrileña en Oslo.

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