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Cadáveres que incomodan

25 Mar

Las ruinas de Villa Maya van a servir para que el Ayuntamiento de Málaga limpie su conciencia, o su falta de conciencia histórica, mediante la propuesta de entrega de la medalla de la ciudad a Porfirio Smerdou, cónsul de México en Málaga que entre 1936 y 1937 convirtió su hogar en un refugio para quienes huían de los fusilamientos republicanos quienes, al igual que los sublevados, ponían a ciudadanos inocentes contra las vallas del cementerio y le soltaban un tiro sin otro juicio ni mayores cotas de piedad. Unos ganaron la guerra y pudieron matar más y rescatar de las cunetas a los que consideraron suyos, para dejar espacio donde enterrar a los que no le permitieron ni el privilegio elemental de un ataúd e incluso una lápida. Pero ni siquiera el bando vencedor al que me niego a llamar “nacional”, dado que portaba la misma nacionalidad que los de la trinchera de enfrente, realizó un rescate de su propia memoria. Así, un lugar como Villa Maya que evitó la muerte a muchos malagueños, burgueses, sí, pero con idéntica condición humana que los pobres bombardeados en su huida hacia Almería, pasó desapercibido. No era un edificio con singularidad arquitectónica; un velo tramado por desidia pública y privada ha silenciado su existencia hasta el derribo, como a toro en la plaza, sin apelación posible. Porfirio Smerdou representa uno de esos personajes incómodos que jalonan el tejido histórico español desde finales de la guerra. Fue respetado por los comités milicianos porque México apoyaba la República; salvó a familias de los vencedores pero algo de rojo y librepensador tendría, por lo que tampoco le iban a hacer muchos vítores los prohombres de la dictadura militar. Hay humanos que son tan cuerdos, tan coherentes con su propia humanidad, que serían fusilados por cualquiera. Sospecho que debe ser inmenso ese número de cadáveres sin bandera con un tiro físico en la nuca y otro que se quedó apuntalado en el frente contrario. Qué solos se quedan los muertos, y mucho más los españoles.

Dentro de nuestra historia, esa más triste que ninguna porque siempre acaba mal, como escribió Gil de Biedma, aún contamos con un buen catálogo de cadáveres que molestan como si los encontraras a la hora del té en el salón. La ideología viste gafas miopes ante los ojos de quienes supuestamente deberían de enarbolar ideas. José María Hinojosa, por ejemplo, poeta de la Generación del 27, un ejecutado de los que no pudo alcanzar Villa Maya, autor de la “Flor de Californía”, obra clave de las vanguardias hispánicas, fue tachado de facha y no mereció ningún respeto literario por haberse dejado matar de modo tan tonto. Participó en la política republicana y eso confundía a los franquistas; fue ajusticiado por los republicanos y eso ya prejuzgaba sus versos. Su figura ha sido reivindicada ya casi en el siglo XXI gracias a los desvelos y erudición de mi gran amigo el doctor Alfonso Sánchez Rodríguez. El primer director de la nueva etapa de la revista “Litoral”, José María Amado, tuvo que huir desde Málaga a Gibraltar en una barca para que no lo fusilaran las milicias. Cuando resucitó en 1968 esta revista capital de las letras españolas tuvo que luchar contra la ruina económica, contra la incomprensión de los exiliados republicanos y contra la censura franquista. Ahí queda su obra viva casi sesenta años después impulsada por María José Amado y Lorenzo Saval. Cualquier reconciliación pasa por el reconocimientos de los hechos, el perdón y el olvido. Exige la desacralización de supuestas virtudes y de pretendidos defectos. Necesitamos devolver todos los cadáveres a sus lápidas legítimas, restituir sus biografías y atesorar la memoria completa y sin esos prejuicios que ya no tienen ningún sentido, salvo el de mantener viva una llama del odio en la que se nutren muchos intereses partidistas. Villa Maya era un símbolo de humanidad, de Don Quijote frente a terribles molinos que sólo anunciaban molinos más terribles. La destrucción de esa casita malagueña revela la miseria moral, esa agua oculta que aún llora bajo nuestros cimientos sociales, que habría dicho Lorca. El alcalde ha recalcado que, por razones de fuerza mayor, la entrega de esta medalla a Don Porfirio se hará a título póstumo.

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