Lo público

7 May

El ya presidente de la Junta, José Antonio Griñán, realizó durante su discurso de investidura un encendido elogio de lo público. Su vicepresidente Valderas asintió y propuso una casi insumisión frente a las políticas del Gobierno Central. Hace lustros, cuando el reparto del poder autonómico, después de que quedase claro el gobierno de cada región, Alfonso Guerra preguntó quién gobernaría España. Lo que parece, a la luz de lo que está pasando, es que ese concepto de lo público no queda claro y quizás de ahí lleguen esos resbalones públicos capaces de arrastrar un país entero. Quedan por ahí sintagmas curiosos que aún ventea el diccionario, por ejemplo, si alguien dice que una mujer es pública se refiere a que no es de uso privado, tal como lo sería un transporte público o un parque público, a pesar de que la señora use un reciento privado para realizar sus tareas. Esas glorias nacionales que narran sus miserias privadas en televisión, o exhiben sus vivencias íntimas en una casa a la vista de todo el mundo, no son llamados y llamadas mujeres u hombres públicos, sino famosos. El español como idioma sufre una confusión con lo público que luego puede conducir por falta de fronteras entre conceptos a ciertas ruinas. Por ejemplo, la ristra de personajes públicos, incluidos los que se lo montan con las personas públicas de sangre azul y apellido realengo, se sintieron tan imbuidos de lo público que lo incluyeron en su propia cartera. La caridad bien entendida comienza por uno mismo y si uno no quiere a los suyos no quiere a nadie. Así muchos ayuntamientos comprendieron que lo público consistía en contratar administrativos a bulto para las dependencias municipales y que así no hubiese paro en las oficinas del pueblo. Eso fue aplaudido por los defensores de lo público frente a lo privado. Otros alcaldes de ciudades con mayor tronío comprendieron lo público como la creación de muchas de las llamadas empresas públicas y organismos. Igual ha sucedido en las autonomías, por ejemplo la andaluza, la valenciana o la catalana. Vemos que el gusto por lo público no distingue territorios ni ideologías.

Lo público se entiende como lo que es de todos. Esta indefinición de lo público provoca que nuestros políticos y otras organizaciones sociales, sindicatos por ejemplo, olviden que lo público se paga entre todos y el dinero sale de los mismos bolsillos y sólo hay una cantidad y por esa cantidad nadie ha mirado en la última década. Ahí están los números rojos como muestra. Aunque se produjera el permiso europeo para ampliar el déficit pecuniario que necesita lo público español para funcionar, habría que seguir comprando ese dinero y los intereses de esas cantidades son capaces de ahogar a cualquier sociedad que no haya determinado los límites de su presupuesto como ha hecho la española en su conjunto. Hay defensores de lo público que lo entienden como generosidad en el gasto. Así uno encuentra contratos multimillonarios en puestos públicos de ayuntamientos o diputaciones, justificados con arengas sobre lo público. Hay hasta a quien le han puesto un pisito por lo público. La Junta de Andalucía ha abierto puertas más o menos traseras para la contratación de personal que no pasa por los cauces reglamentados para el ingreso en la función pública, métodos que semejan esas plazas públicas a las de un cortijo muy privado. Mis mejores canapés y casi los mejores vinos los he consumido a costa de uno u otro organismo público, eso sí en restaurantes o servicios de comidas tan privadas como aquellas fiestas que pasaron a la historia de aquel festibar de cine de Málaga. Los romanos hablaban de la re-publica, esto es la cosa pública, pero en su deambular por el castellano el concepto se descabaló y hoy cuando un político o agente social defiende lo público uno no sabe si se refiere a su amante, a su puesto subvencionado, a seguir argentinizando esta sociedad mediante deudas, a continuar paniaguando con subvenciones legalizadas a sus palmeros, o a qué.

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