No somos Trabajadores

1 May

Hoy será todo el día entero, de los Trabajadores. La que se preveía que sería la celebración trabajadora más mustia de la democracia, se ha tornado en esta otra que, suponemos, será hoy mucho más vigorizante y reivindicativa, al menos para los que nos atreveremos a salir del armario desde la puerta de la izquierdita cobarde, con verdadero alivio y renovadas esperanzas en el ser humano que, a fin de cuentas, ha demostrado ser menos lobo para el hombre cuando toca, que lo que nos contaba Caperucita en su cuento rural de cazadores abrebarrigas contra progres -¿roja?, ¿Caperucita era roja?-.

Que, al final, este día no será para tanto, seguro. Porque si le restamos al porcentaje de alegría electoral, la proporción de los que no queremos saber nada de la parte trabajadora de los trabajadores sindicados, nos queda muy poca internacional socialista que cantar en las manifestaciones del 1º de mayo. Está claro que no. Ya no aspiramos a ser trabajadores con más derechos en esta revolución postindustrial ni entre los más pobres de los nuevos pobres que nos trajo la crisis esta que no soltamos, como si fuese un maldito resfriado sino, sencillamente, trabajadores con futuro. Erróneamente ofrecemos al mejor postor derechos por futuro, como ocurrió a finales de los años 20 en Alemania o Italia. Cambiamos, a la desesperada, justicia por promesas de estabilidad, lo hacemos todos y cada uno de los que renunciamos a identificarnos con los trabajadores incansables que luchan por mejorar nuestras condiciones laborales. Ya lo señaló Martin Niemóller: “primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada, porque yo no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada, porque yo no era judío. Luego vinieron por mí, y no quedó nadie para hablar por mí.”

Los que no queremos ser para siempre nuevos trabajadores pobres no asumimos que lo somos y preferimos mirar hacia otro lado, silbando sin acritud, como si no fuese con nosotros la cosa, para que no se nos pegue la mugre del paupérrimo. Somos empleados precarios de las reformas laborales salvadoras de la patria que no conseguimos soltar el lastre de la incertidumbre que nos acompaña durante más de una década, probablemente porque seamos sufridores necesarios para cuadrar las cuentas, somos seres recortados imprescindibles para la supervivencia de las instituciones, somos la antigua clase media abundante que ha descendido a segunda división pero se niega a reconocerlo y no se presenta a los partidos. Somos tantos, capaces de tanto sobresfuerzo sin contraprestaciones para que no se nos confunda con los de más abajo, que vivimos sin aliento ni conciencia. Observamos como la economía despega olvidándose de nosotros, pero con la esperanza, aún viva, de que alguien, alguna vez, desde algún sitio -sacrosanto ultrapatriótico tal vez- venga a rescatarnos a esta isla del Pocopacífico en la que malvivimos millones de rezagados.

Por eso no nos consideramos Trabajadores. Porque no conviene derrumbarse. Preferimos ser clase media trabajadora. Y mejor aún clase media a secas. Por eso no queremos defender nuestros derechos sino los de las clases más altas, porque soñamos con alcanzarlos, incluso sentimos que ya los hemos alcanzado y que estamos ahí arriba, junto a los pudientes, sólo a falta de su dinero. Sólo a falta de su futuro.

Ya no hay clase trabajadora porque nadie quiere formar parte de ella. Y los que salgamos a manifestarnos nos consideraremos trabajadores por cuenta ajena, o antiguos trabajadores, o parados, o… pero no Trabajadores, quita, quita.

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