Violencia sutil contra la infancia (III)

9 Ago

Dedicaré estas líneas de hoy a reflexionar someramente sobre algunas formas de violencia subrepticia que existen en la sociedad actual contra los niños y las niñas. Me remito al libro de Eduardo Galeano “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”. En él nos explica el admirado autor uruguayo cómo se ofrece a los niños un curriculum perverso y destructivo a través de las formas de vida y de gobierno de muchas sociedades.

Los escaparates están llenos de objetos atractivos, pero en casi todos el niño y la niña se dan cuenta de que hay un cartel invisible que les advierte: “No son para ti”.

Veamos algunas formas de violencia sutil obre la infancia. Una violencia que no produce heridas físicas pero que va dejando huellas casi indelebles en la mente y en el corazón.

– Los persistentes casos de corrupción

Existen muchos ejemplos de perversión en la realidad. Basta ver la portada de los periódicos y la cabecera de los telediarios. Un papá le dice a la mamá: “Dale la vuelta al periódico que viene el niño”. La noticia es la maldad.

En efecto, las portadas delas revistas, las cabeceras de los informativos, la apertura de los programas de radio ofrecen cada día un catálogo de maldades que casi siempre tienen su origen en el comportamiento malvado de las personas.

– Cultura neoliberal contradictoria con los presupuestos de la verdadera educación

La cultura neoliberal en la que nos encontramos inmersos, contradice casi todos los presupuestos de la educación: individualismo exacerbado, competitividad extrema, obsesión por la eficacia, olvido de los desfavorecidos, relativismo moral, privatización de bienes y servicios, hipertrofia de la imagen, capitalismo salvaje…

La educación arraiga sus postulados en la solidaridad, la compasión, la ética, la equidad y el respeto a la dignidad del ser humano

En una cultura de este tipo hay que avanzar contracorriente y eso supone una violencia para quien no tiene mucha fuerza para hacerlo.

– Contraposición de modelos

Al niño y a la niña se le proponen modelos en la familia y en la escuela por la vía de la argumentación, pero la sociedad le ofrece otros modelos por la vía de la seducción… No es fácil guiarse por criterios exigentes y rigurosos cuando se tienden trampas seductoras sagazmente estudiadas.

La calle es ese espacio ilimitado donde transcurre la vida del niño y de la niña. Me refiero especialmente al niño o a la niña que nacen y crecen en la “jungla de asfalto” de las ciudades. Hay muchas formas de violencia contra el niño y la niña en la calle.

– La urbanización del hábitat

Las ciudades no son un marco adecuado para el desarrollo emocional de los niños y las niñas. Las ciudades no están construidas, como dice Tonucci, bajo el parámetro del niño.

La ciudad fue primero fábrica, luego almacén y luego cárcel (puertas blindadas, agentes de seguridad, encasillamientos rígidos…). La ciudad se ha vuelto un lugar peligroso, ruidoso, caro, violento… Hace poco le oí decir a un niño, cuando le preguntaba, cómo quería que fuese su ciudad: “Quiero jugar gratis”. El niño que necesita el juego como el aire que respira, tiene que disponer de dinero para divertirse.

Cada día el niño recibe incesantes recomendaciones que le hacer vivir con miedo: “no hables con desconocidos”, “no recibas nada de quien te lo ofrezca gratuitamente”, “no te vayas con nadie”, “no te salgas de los itinerarios marcados”, “no pierdas de vista a tus padres”…

A los niños, y más a las niñas, se les dice que no se fíen de nadie, que corren el riesgo de ser secuestrados, de ser atropellados, de ser destruidos por las drogas…

– La proliferación de estímulos inalcanzables

Se le ofrecen a los niños estímulos constantes, llamadas apremiantes. Pro no tiene dinero, no tiene tiempo, no tiene seguridad para atenderlas. El niño y la niña se convierten en protagonistas de la frustración.

Los escaparates están llenos de objetos atractivos, pero en casi todos el niño y la niña se dan cuenta de que hay un cartel invisible que les advierte: “No son para ti”. Sí, hay muchas cosas. Hay muchísimas cosas deslumbrantes pero, al mismo tiempo, inalcanzables. Solo unos pocos privilegiados van a poder acceder a ellas.

– Los acontecimientos y las imágenes violentas

La realidad es violenta. Las imágenes que se nos ofrecen de ella son violentas. Los niños y las niñas están sometidos a un bombardeo constante de hechos agresivos.

Y se sabe que el ejemplo es importante para el aprendizaje. Lo decía Bandura cuando hablaba del aprendizaje vicario. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Y el ejemplo es nefasto. El ruido de lo que somos y hacemos llega a los oídos de los niños y niñas con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos.

– La conciencia de nada

¿Qué significo en este mundo enorme?, ¿qué pinto en este caos? En una ciudad gigantesca, el niño tiene conciencia de estar perdido, de ser insignificante, de no ser nada.

Recuerdo haber visitado una gran muestra de ocio dirigida (teóricamente) a los niños y a los jóvenes. Al entrar te encontrabas con magníficos yates, con coches lujosos… Todo prohibido para los niños y las niñas. Alguien me decía al salir: “No se puede ser bueno en un mundo donde todo está tan caro”.

– La espera insoportable

Muchas de las cosas que le interesan no las puede conseguir “ahora”. Los aplazamientos son constantes. “Cuando tengas un año más”, “cuando crezcas un poco más”, “cuando seas mayor”… El niño vive instalado en el ahora, por eso el mañana suele ser para él una tortura.

“Más adelante” podrás decidir, podrás hablar, podrás comprar, podrás viajar, podrás acostarte más tarde, podrás comer o beber esto y lo otro. Pero yo lo quiero ahora, dice el niño desde su psicología presentista.

– La supeditación al mundo de los adultos

El niño está habituado a escuchar expresiones que le dejan en un segundo plano: “cállate, que están hablando los mayores”, “deja la silla al abuelo”, “esa película es para mayores”, “vete ya a la cama”, “ponte esta ropa y cállate”, “si no te gusta, te aguantas”, “tu padre está viendo el partido”, “vas a ir a este colegio”, “el domingo iremos a ver a los tíos”, “iremos de vacaciones a la playa”, “hoy vienen a cenar unos amigos de papá…

Así, sin consulta previa, sin posibilidad de elegir entre alternativas, sin preguntar si quiera si esa iniciativa le causa alegría o terror. Eso es lo que hay que hacer y punto. Los adultos no pensamos en estas situaciones de los niños. No somos capaces de meternos en su piel, a pesar de que todos hemos pasado por esa etapa. ¿Hemos pensado alguna vez cómo nos sentaría que nos mandasen a la cama cuando no tenemos sueño y estamos terminando de ver una película?

– Las explicaciones interesadas

Los niños y las niñas formulan muchos “porqués”. Pero las respuestas suelen ser arbitrarias, interesadas, apresuradas y tramposas. Ellos nos podrían decir (y nos lo dicen muchas veces): “soy pequeño, pero no soy tonto”.

Algunas de estas formas de violencia adquieren una fuerza especial contra los niños pertenecientes a minorías étnicas (gitanos, por ejemplo), a grupos con deficiencias o enfermedades y, de forma generalizada, contra las niñas.

El exabrupto del señor Cañete

24 May

Situaré a mis lectores y lectoras de otros países que, quizás, no conozcan las declaraciones del candidato del Partido Popular español al Parlamento Europeo en las elecciones del día 25 de mayo. Se había celebrado un debate en Televisión Española entre la candidata socialista, Elena Valenciano, y el candidato del PP, Miguel Arias Cañete.

Dijo que si hubiera abusado de la superioridad intelectual ante una mujer, habría parecido machista.

El balance del debate televisivo al que hago referencia se inclinó, a mi juicio de forma clara, hacia Elena Valenciano ya que ella se mostró, en el fondo y en la forma, más elocuente y más ágil que su rival político, demasiado encorsetado y muy pendiente de los papeles. ¿A quién se le ocurre ponerse a leer de forma torpe y titubeante ante las cámaras? Los medios de comunicación de derechas, de manera descarada, dan como ganador a Cañete (¿qué criterios utilizan para hacer esas apreciaciones más allá o más acá de su sectarismo?). Les dejó en evidencia el candidato quien, consciente de la derrota, pretendió justificarla con unas increíbles declaraciones. Dijo que si hubiera abusado de la superioridad intelectual ante una mujer, habría parecido machista. Lo que viene a decir que no importa serlo sino parecerlo.

Increíble y rocambolesca afirmación. Increíble porque, al pretender deshacerse de la etiqueta de machista, hace méritos más que sobrados para que se la atribuyamos de forma inequívoca. La frase da a entender que, a juicio del señor Cañete, hay una congénita superioridad intelectual masculina. En todos los casos de varones o, al menos, en el suyo. Rocambolesca porque, para mostrarse humilde hace gala de una prepotencia inusitada. ¿Cómo sabe el señor Cañete que tiene superioridad intelectual sobre su oponente? ¿Solo por el hecho de ser varón? O sea, que lo suyo es que hubiera ganado como hombre que es pero, por galantería o por humildad o por salvar las apariencias, se dejó ganar. La frase no tiene por dónde cogerse. Desvela un modo de pensar que es petulante y abiertamente machista. Es decir que, por no querer parecerlo, nos mostró de forma palmaria que lo es.

Lo más grave, a mi juicio, es lo que oí un día después en una tertulia radiofónica. Un contertulio afirmó que el hecho de que un candidato sea machista no tiene nada que ver con las decisiones que se van a tomar en Bruselas. ¿Ah, no? Es decir que allí se pueden tomar decisiones técnicas al margen de la ética. Qué tremenda conclusión.

Elena Valenciano ha dicho, cargada de razón, que el Presidente del partido al que pertenece el candidato, en lugar de corregirle e instarle a pedir disculpas, le ha jaleado y ha proclamado a los cuatro vientos que el señor Arias Cañete es el mejor candidato que tienen. ¿Este es el mejor? Pues cómo serán los otros o las otras.

Ya sé que se trata de una frase, pero esa frase muestra una forma de pensar que todavía está muy imperante en la sociedad. Ese es el problema. Uno puede colegir fácilmente que si alguien dice eso ante las cámaras de televisión, qué no dirá en privado o qué no se le pasará por la cabeza. Porque una frase de ese calibre no surge así como así, ante las cámaras de televisión y en frío. Una frase de ese calado se dice cuando se piensa así.

Hay muchas personas que sostienen que si una mujer está, por ejemplo, en el Gobierno, ha de ser porque vale y no porque es mujer. Critican así el sistema de cuotas. Pero no aplican el mismo criterio a la presencia de un hombre en el Gobierno. Y hay más motivos para hacerlo. ¿Por qué? Porque cuando las niñas y los niños se han escolarizado en la misma proporción y condiciones, ellas han tenido –en general- mejores resultados. Es decir, que hay más probabilidad, si se eligiera al azar, de que hubiese mujeres valiosas en el Gobierno.

El machismo existe. No es una cuestión superada, como he oído decir comentando la frase del candidato. El machismo existe y se nutre de costumbres, actitudes y concepciones que se deben denunciar. De actitudes como la del candidato popular. El machismo está ahí, algunas veces oculto bajo apariencias y otras veces campando a sus anchas.

Se dice que el partido Socialista está exagerando al hacer girar toda la campaña sobre este asunto, que no deja de ser una anécdota. Es cierto. La campaña de la izquierda no debe circunscribirse a este incidente, pero hace bien en denunciarlo como una seria preocupación que ha de compartir con el electorado. Eso tiene que ver con la campaña. Es decir, con los criterios que tienen quienes nos van a gobernar. Por eso tampoco me parece mal que se hable en la campaña europea de la ley del aborto que se nos avecina en España. Porque lo que importa en el campaña es preguntarse por los principios que tienen quienes nos van a gobernar.

No es igual la izquierda que la derecha. Y lo que tiene que preguntarse el elector o la electora es cuáles son los principios y los valores que inspiran el modo de gobernar de un partido. Claro que importa lo que hacen y lo que dicen sobre las cuestiones españolas. Porque esos mismos principios inspirarán las políticas del Parlamento Europeo.

Yo me pregunto, cuando voy a votar, quién va a defender mejor mis principios: quién está por la escuela pública, por la sanidad pública, por el Estado del bienestar, por los desfavorecidos, por el matrimonio homosexual, por la igualdad de género, por la economía solidaria, por la separación de la Iglesia y el Estado, por la transparencia en la gestión, por el modelo de Estado (Monarquía o República), por la sensibilidad ambiental, por la distribución de la riqueza… Y conforme a las respuestas teóricas y prácticas que recibo en los programas y en los hechos, voto.

Aprovecho la ocasión para decir que deberían prodigarse más los debates y menos los mítines. Porque los debates permiten contrastar ideas, actitudes y propuestas. Y no sé cómo puede influir en un indeciso un mitin electoral como no sea por el número de banderas que ondean al viento. Poco análisis, poca profundidad, poco debate cabe en los mítines ya que van más dirigidos a la vista y al corazón que a la cabeza. A los mítines van los ya convencidos. Creo que a quien tratan de animar los mítines, en el fondo, es a los candidatos o candidatas y no a los electores.

Habrá mucha abstención. La desafección política es alarmante. Acabo de leer el interesante libro de Jonas Jonnasson “La analfabeta que era un genio de los números”. En él se habla de un partido que tiene este nombre “Abajo con Toda esta Mierda”. Sospecho que muchos abstencionistas dejarían de serlo si se presentase a las próximas elecciones. La clase política necesita hacer autocrítica.

No hay solo cuestiones técnicas en la política. Hay, sobre todo, dimensiones éticas. Porque la ética inspira el modo de actuar. No es una cuestión baladí el exabrupto del señor Cañete. Y menos el hecho de quitarle importancia. Y mucho menos el hecho de decir que los críticos se están pasando con ese tema. El que se pasó kilómetros fue el candidato del PP. Ya ha pedido disculpas. Cinco días después. Ya era hora. Pero lo dicho, dicho está. Y hay que pensar en cuán arraigada está esa forma de pensar en muchos hombres y en algunas mujeres. Para denunciarla y acabar con ella.

En misa y repicando

10 May

No sé cuándo me ha indignado más el señor obispo de Málaga, Jesús Catalá. Si cuando les soltó a trescientos escolares de centros privados el exabrupto de que el matrimonio entre personas homosexuales era como la unión entre una persona y un perro (o entre una recién nacida de tres días y un hombre de 70 años) o cuando, días después, leí una nota del obispado, en la que se decía que su eminencia no era homófobo y que defendía los derechos de los homosexuales.

No sé cuándo me ha indignado más el señor obispo de Málaga, Jesús Catalá.

Pues me molesta más la segunda declaración. Porque después de soltar esa brutalidad ofensiva ante quienes no pueden replicarle, ni devolverle el insulto, ni ausentarse dando un portazo, quiere hacerse acreedor al reconocimiento que merece la defensa de los derechos de las personas homosexuales. Pues no. O una cosa u otra. Pero no las dos. No haga trampas, monseñor. No descalifique la unión y, luego, diga que defiende el derecho a casarse. Usted quiere estar en misa y a la vez repicando, quiere desfilar en la procesión y, a la vez, tocar las campanas. Y debería saber, mejor que nadie, que no es posible hacer las dos cosas simultáneamente. Usted es como el rey Federico II que en su día declaró que a los nativos del Congo Belga se los trataba con mucha consideración, mientras permitía que se amputaran manos o pies a aquellos que se negaran a trabajar gratis.

¿Qué derechos de los homosexuales defiende monseñor Jesús Catalá? ¿Los que ellos y ellas tienen y desean tener o los que él decide? Porque solo faltaba que nos dijera que uno de ellos es el de emparejarse libremente con otra persona y construir una familia. Solo faltaba que nos dijera que defiende su derecho a tener o adoptar hijos e hijas. Solo faltaba que dijera que defiende su derecho a ejercer la sexualidad libremente. Solo faltaba. Después de predicar lo que predica. Es un proceder absolutamente hipócrita. O, si prefiere, cínico.

Como es sabido, ni siquiera acepta el término matrimonio para ellos y ellas porque piensa que –stricto sensu- el matrimonio es un enlace entre un hombre y una mujer. Claro que, cuando le interesa, hace sus excepciones y habla, por ejemplo, del matrimonio entre Jesucristo y su Iglesia. Licencias interesadas del lenguaje que se permite monseñor.

Dice que sus palabras reflejan el pensamiento de la Iglesia. ¿Sí? Creía que la doctrina de la Iglesia se cimentaba en el amor al prójimo, no en las agresiones brutales. Por otra parte, monseñor Catalá se muestra más papista que el Papa quien no hace mucho dijo que él no era nadie para condenar a los homosexuales. Pero monseñor se despacha con unas frases que atentan contra la dignidad humana y se queda tan pancho, como quien hace el bien. Si no saltan a la prensa, se queda tan tranquilo en su palacio episcopal. Pero como se produjo el escándalo, vinieron las declaraciones que pretendían restablecer no tanto el honor de los agredidos y agredidas cuanto el del agresor.

En la nota del obispado se dice que monseñor no es homófobo. ¿No? ¿Qué diría y haría monseñor Catalá si lo fuera? No lo quiero ni pensar. Claro que hay referencias muy elocuentes si buscamos en los entresijos de la historia de la Iglesia.

No me gusta que monseñor le diga esas cosas a quienes se sienten sus feligreses porque creo que constituyen una falta de respeto y una agresión en toda regla, pero me indigna que quiera imponer su forma de pensar y de sentir a toda la sociedad. ¡Con lo sensibles que son ustedes a las críticas y a las descalificaciones!

Y luego vienen los tópicos: “Se ha sacado la frase del contexto”. Menos mal. Porque me temo que el contexto era peor. O este otro: “la prensa ha manipulado lo que dijo monseñor”. ¿En qué sentido? Está más claro que el agua. Dijo lo que dijo. Todavía no le he oído pedir disculpas. Todavía no le he oído decir que el matrimonio homosexual es un derecho a organizar la vida como lo es el que se realiza entre heterosexuales. Entonces, ¿de qué contexto se han sacado sus afirmaciones?, ¿qué manipulación se ha producido?

Existe una elemental diferencia entre la ética, que debe regirnos a todos y la moral que defiende cada secta o cada iglesia y que atañe solo a sus seguidores y fieles. La ética debería gobernar los comportamientos de todos, creyentes y no creyentes. De los creyentes de cualquier confesión. Si la Iglesia se hubiese guiado por la ética no hubiera mandado a los soldados a las cruzadas, ni hubiera bendecido o declarado santas las guerras y no hubiera quemado vivos a los herejes o a los homosexuales. Porque la ética impone el respeto a la vida ajena. Pero se rigió por su moral.

¿Cómo no oponerme de forma contundente a que se den clases de religión en las escuelas y en las Facultades de Educación del país? No estoy dispuesto a aceptar que con mi dinero, vaya monseñor o quien él nombre como profesor o profesora de religión, a decir esas monstruosidades a los niños y a las niñas. No con mi consentimiento. No con mi dinero.

¿Por qué la Iglesia está tan preocupada, diría que obsesionada, con los comportamientos sexuales de las personas? Muy sencillo, porque todos tenemos sexualidad. Dinero solo tienen algunos y poder todavía algunos menos. Controlando la sexualidad nos controla a todos y a todas. Y lo controla desde las conciencias. No hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor. Quien se considera dueño de la verdad trata de imponérsela a todo el mundo. Aunque sea por la fuerza.

No sabe monseñor que el tiempo ha pasado. No tiene en cuenta que vivimos en una sociedad democrática. Y en un país aconfesional. Y se ha olvidado de que esa sociedad, a través de quienes libremente eligió por mayoría, ha decidido aceptar el matrimonio homosexual. Que tiene la misma legitimidad que el matrimonio entre heterosexuales. A monseñor no le hemos elegido, le ha ungido como obispo la autoridad eclesiástica competente. Es obispo por la gracia de Dios pero no por la elección libre de los ciudadanos y ciudadanas. ¿Por qué pretende gobernar la vida y las conciencias de los demás?

Dirija su discurso hacia dentro de su institución. Pregúntese por los sacerdotes pederastas y por la postura que ha adoptado la Iglesia tradicionalmente ante ese comportamiento de sus ministros. Y luego pregúntese por la vida de los sacerdotes homosexuales a quienes se les ha anticipado el infierno en esta vida. Si no tiene tema suficiente para pensar y debatir, le sugiero que se pregunte por el celibato de los sacerdotes. Porque si me dice que las mujeres no pueden acceder al sacerdocio porque Jesucristo solo eligió varones, le recuerdo que también los eligió casados. Y piense en estas curiosas paradojas: renunciando a casarse, decide cómo ha de ser el matrimonio de los demás; renunciando al ejercicio de la sexualidad, impone los criterios al prójimo; renunciando a la paternidad, pontifica sobre la educación de la prole.

No divida el mundo en buenos y malos, entendiendo que son malos quienes no piensan o actúan como usted. Y déjenos vivir y gobernarnos por nosotros mismos. Igual hasta nos gusta ir al infierno. Allí no nos encontraríamos, al parecer, con algunas personas que después de agredir violentamente a los demás, quieren colocarse la honrosa etiqueta de ser sus defensores.

Los dos lobos

22 Mar

¿Hacia dónde nos encaminamos como personas, como miembros de las instituciones y como ciudadanos y ciudadanas que integran la sociedad en que vivimos? No va a marcar el signo de nuestra evolución ni la suerte, ni el destino, ni el azar, ni los dioses, sino nuestra decidida voluntad de compromiso con la verdad y con el bien. Es decir que somos nosotros quienes vamos a imprimir el signo positivo o negativo de nuestra convivencia y de nuestra historia.

En ella cuenta el autor que un camarero de un bar romano le va regalando a una anciana vecina que no puede salir de casa, unas tazas de café que ha encargado y que llevan inscripciones de la ciudades más turísticas del mundo.

Puesto que somos libres, podemos ser responsables. Y es en esa responsabilidad personal y colectiva donde sitúo el quicio de nuestros exitosos o ruinosos presente y futuro. No tenemos garantizada la felicidad, ni la bondad, ni la justicia, ni la paz. Y tampoco está garantizado el desastre. Lo que tenemos es aquello que depende de nosotros mismos, de nuestro empeño, de nuestro esfuerzo, de nuestra voluntad de superación.

Expresa con claridad esta idea la historia que cuento a continuación y de la que he podido comprobar que existen múltiples versiones.

Un viejo indio estaba hablando con su nieto al calor y a la luz de la hoguera. El chico preguntó:

– Abuelo, abuelo, ¿qué es lo que sucede dentro de mí? Unas veces deseo ser bueno y otras no.

– Hijo, le dijo el abuelo, dentro de ti luchan dos lobos vigorosos. Uno de ellos siempre está malhumorado. Es malo, violento, vengativo y cruel. El otro siempre está de buen humor y está lleno de bondad, de compasión y de amor.

– Abuelo, ¿cuál de ellos ganará?, preguntó el nieto.

El abuelo se quedó pensativo unos segundos y contestó:
– El que tú alimentes.

Hermosa historia. Aleccionadora historia. Lo que en ella se plantea es válido para los individuos, para las instituciones y para las sociedades. En las personas y en los grupos se produce una permanente lucha entre el bien y el mal. Y ganará esa lucha aquella fuerza que sea cultivada a través de actitudes y de acciones de un determinado tipo. Si ayudamos a los demás, si nos mostramos compasivos y solidarios, si nos comprometemos con la causa de la igualdad, si, en definitiva, hacemos el bien, ganará esa pelea el lobo bondadoso.

Nuestra situación, personal y social, no está sometida a determinismos de diferente condición: biológico, sociológico, ideológico… No estamos condenados a ser buenos o malos. No es la herencia, no es el destino, no es el azar. Es nuestra determinación de hacer el bien y de mejorar la sociedad.

Apuntarse al fatalismo diciendo: “yo soy así”, “estamos condenados a ser así”, “nunca dejaremos de ser así”, “la vida es así”, como si nada dependiese de nosotros, es un fatal error que nos entrega al desaliento y al pesimismo. Creer, por el contrario, que las cosas están en nuestras manos, que somos nosotros quienes gobernamos nuestra vida, nos conduce a la responsabilidad y al compromiso.

Nosotros hacemos nuestra historia. Nosotros construimos el futuro. Esa historia y ese futuro serán lo que nosotros estemos dispuestos a ser. Depende a cuál de los lobos queremos alimentar. ¿Cómo se alimenta al lobo optimista que siempre está de buen humor y que está lleno de bondad, de amor y de compasión? Ese lobo se alimenta con acciones generosas, con palabras sinceras, con expectativas optimistas, con estrategias equitativas, con actitudes bondadosas.

Comportamientos heroicos, a veces, como el que cuenta Mario Vargas Llosa en su última novela “El héroe discreto”. Se trata de un ciudadano de a pie que arriesga la vida con valor y honradez para no ceder ante el chantaje. Comportamientos minúsculos, a veces, en los que mostramos hacia el prójimo el respeto y la bondad. Acabo de leer la novela “El primer café de la mañana”, escrita por Diego Galdino, propietario de un bar en el centro de Roma, como el protagonista de su novela. En ella cuenta el autor que un camarero de un bar romano le va regalando a una anciana vecina que no puede salir de casa, unas tazas de café que ha encargado y que llevan inscripciones de la ciudades más turísticas del mundo: una tacita de París, una tacita de Barcelona… La anciana va viviendo a través de las tazas experiencias y emociones inusitadas. Dice Galdino:

“- Mira dónde voy a llevarte hoy (le dice a la anciana el camarero y dueño del Bar Tiberi).
Y le tendió la tacita de Barcelona, con un cuadro de Miró.
– Gracias, cariño. ¡Son emociones un poco fuertes para mi edad. Esperemos que mi corazón aguante!, dijo sonriendo.
– Pues claro que aguantará: es una ciudad estupenda, con el aire del mar que sube por las Ramblas, el Museo Picasso, las casas de Gaudí…
– Ah, qué maravilla –dijo ella con los ojos entreabiertos- ¡y todo eso sin moverme de casa y sin el riesgo de que me roben! Gracias, Massimo, deja que te de un abrazo! Pero nada de ir a una corrida de toros, ¿eh? ¡Que eso me da repelús!”. (…).
“ – Recuerda que esto es solo el principio. ¡De hoy en adelante, ten siempre la maleta lista!

Cada día un viaje distinto. Massimo sacaba a relucir los dos o tres lugares comunes sobre la ciudad en cuestión y se echaban unas risas… Luego le llegó el turno a París. Debía ser una ciudad como cualquier otra, pero aquella vez la señora María se quedó contemplando la tacita más de lo habitual, con una sonrisa enigmática. Había algo en su mirada que llamó la atención de Massimo. Nunca la había visto tan lejana y pensativa…”.

He citado dos novelas, una con acciones heroicas, la otra con el ejercicio de hermosos detalles. Cada uno de mis lectores y yo mismo podríamos citar, de forma interminable, ejemplos maravillosos de alimentación del lobo bueno, del lobo que vencerá en la lucha contra su poderoso contrincante. Apuesto por el optimismo. Apuesto porque sabremos alimentar mejor al lobo bondadoso, que acabará imponiendo su fuerza.

Ms queridos y admirados amigos José Antonio Marina y María de la Válgoma escribieron hace algunos años un hermoso libro (yo haría obligatoria su lectura en los centros escolares) titulado La lucha por la dignidad. Los autores dicen en la introducción:

“Los seres humanos queremos ser felices. Este proyecto colosal, irremediable y vago dirige todas nuestras creaciones. Es un afán privado, pero que solo puede colmarse mancomunadamente”.

El libro nos muestra la interminable lucha del ser humano por la dignidad. Cómo, a través del tiempo, unas veces de forma individual y otras de forma colectiva, unas veces de forma heroica y otra de forma anodina, el ser humano ha ido dando pasos hacia la conquista de la dignidad. Se nos muestra cómo hemos ido alimentando en nuestro corazón y en el corazón de la sociedad a ese lobo bondadoso que pugna con su perverso contrincante.

Nunca se acabará, probablemente, esa tarea. Es nuestra responsabilidad contribuir a que el lobo de la bondad vaya fortaleciéndose y vaya imponiéndose a su enemigo. La interpelación es individual y es, a la vez, colectiva. Si cada uno responde de sí mismo habremos conseguido mejorar todos, si en cada uno de nosotros el lobo dañino pierde su fuerza porque alimentamos a su adversario, habremos encontrado el camino de la felicidad personal y de la felicidad compartida.

Padrinazgo en Barreal

26 Oct

Me hice eco la semana pasada en este mismo espacio del emotivo acto de nombramiento de padrino pedagógico que tuvo lugar en la desde entonces querida Escuela Pública Experimental Desconcentrada Doctor Carlos Juan Rodríguez de la ciudad de San Luis (Argentina).

Después procedimos a plantar un naranjo en la entrada de la escuela. Un árbol que dará flores de azahar, sabrosos frutos dorados, sombra a quien tenga calor y cobijo a los pájaros…

Dos días después, el viernes 19 de octubre, llegué a Barreal, una localidad argentina que se encuentra a los pies de la precordillera de los Andes, en el frontera con Chile, para ser honrado con un nombramiento similar. Barreal es un lugar paradisíaco que ha merecido justamente la denominación de Terraza del Cielo. Dice el poeta Antonio de la Torre en su hermoso poema “Atardecer en Calingasta”: “Bajo los cielos absortos/ brincos de cumbres nevadas./ El río traza sus curvas/ hablando con la distancia”. Calinganta es un Departamento de la Provincia de San Juan en el que está enclavada la ciudad de Barreal. Después de recorrer casi doscientos kilómetros bordeando montañas de colores tan maravillosos como variados, llegamos a la humilde escuela Saturnino Aráoz. Una escuela rural de apenas doscientos escolares. Por lo que pronto pude ver, una escuela con alma.

Siempre he tenido predilección por las escuelas rurales. Probablemente porque yo fui un niño que dio sus primeros pasos en el sistema educativo en una escuela rural. Nací y fui a la escuela en Grajal de Campos, dentro de la provincia española de León. (Por cierto, la planta de la torre de la iglesia de mi pueblo tiene una forma original: cuenta con cinco esquinas y si se le añadiera otra, solo tendría cuatro. Propongo a mis lectores y lectoras que busquen la solución a este curioso enredo arquitectónico). Todavía recuerdo con emoción el camino de la casa de mis padres a la escuela. Un día que llovía mucho, el maestro me llevó a cuestas desde la escuela a la casa. Aquel corto viaje a hombros del maestro es para mí un símbolo del valor de la educación. Los maestros llevan a sus escolares a lugares remotos a hombros del saber y del amor.

Mi predilección por las escuelas rurales se debe, además, al hecho de considerar que las escuelas rurales desempeñan una misión fundamental en la comunidad. Cuando desaparece la escuela de un pueblo, se puede poner en su estrada: Cerrado por defunción. De ahí el título de un artículo que publiqué hace algunos años: “Mi querida escuela rural”.

Al llegar a Barreal, me esperaba toda la comunidad educativa. Los niños que, acabada su jornada de viernes, esperaban impacientes el fin de semana. La directora y el cuerpo docente, las madres de la Asociación, la abanderada y sus escoltas, el señor intendente, la supervisora, el sacerdote y mi querida amiga Silvia Berrino, representante de la UCA.

Se respiraba emoción, alegría y afecto. ¿Cómo no sentirse honrado, satisfecho y feliz ante tantas y tan generosas muestras de cercanía y amabilidad? ¿Cómo no sentir por otro motivo más que la educación es la terreno de las emociones?

Todo estaba lleno de detalles: hilo musical, carteles de bienvenida y agradecimiento (el agradecimiento en realidad era mío), pensamientos pedagógicos y adornos que embellecían las paredes que circundaban el patio escolar…

Una vez entonado el hermoso y vibrante himno argentino, se inició la ceremonia de nombramiento. Se sucedieron las intervenciones de la Directora, el Intendente, el sacerdote, los niños con textos y canciones… Una niña leyó: “Te vemos venir, padrino/ y con nuestros brazos abiertos/ festejamos tu llegada…”. Sí, aquello era una fiesta. La fiesta de la educación.

Después procedimos a plantar un naranjo en la entrada de la escuela. Un árbol que dará flores de azahar, sabrosos frutos dorados, sombra a quien tenga calor y cobijo a los pájaros… Un árbol que deberá ser regado, cuidado con esmero y protegido de plagas y tempestades para que pueda crecer. La Directora había dicho momentos antes en su discurso que el hecho de plantar un árbol “servirá como eslabón de comunicación y estrechará vínculos con el conocimiento”. Así debería ser. Así será.

En la Editorial Profediçoes de Portugal publiqué en el año 2012 un libro titulado “El árbol de la democracia”. En él hacía referencia a la importancia del terreno donde se planta, a los cuidados que exige y a los frutos que produce. Volveré a utilizar esta metáfora en un libro que se publicará en 2014 (Editorial Laberintos de Buenos Aires) y que se titulará “Vivir en primavera. El valor de la educación”. El título se debe a la hermosa metáfora que Neruda atribuye al amor y que yo aplico a la educación: “La educación hace con las personas lo que la primavera hace con los cerezos”. La educación es una primavera que genera las condiciones para que los alumnos florezcan y den frutos.

Una vez plantado el árbol, continuó la ceremonia con nuevas intervenciones. Y, al final, la profesora que dirigía el acto me concedió la palabra.

Un pequeño accidente de coche que sufrimos en la ciudad de San Juan nos había hecho llegar tarde. Por eso mis primeras palabras fueron de disculpa. Si se roba algo de valor material (dinero, joyas, cuadros…), en un gesto de arrepentimiento se puede devolver, pero el tiempo no tiene restitución posible… Luego llegaron palabras de sincera gratitud por el recibimiento. Y, más tarde, las relacionadas con el nombramiento de padrino, con su significado y sus compromisos. Hice ver la importancia de la educación para las personas y las sociedades. Manifesté mi convicción de que la educación va más allá de la mera instrucción. Dije también que la educación era una tarea de toda la sociedad. Recordé el hermoso proverbio africano: “Hace falta un pueblo entero para educar a un niño”. Con sinceridad y afecto, agradecí el nombramiento de padrino pedagógico que se me hacía en aquel atardecer inolvidable.

Nos intercambiamos regalos, nos hicimos fotos y más fotos y departimos una rica merienda en el patio. El ambiente no podía ser más hermoso en aquel atardecer en Calingasta. Era una tarde de verdadera primavera pedagógica.

Los niños y las niñas venían a darme un beso de despedida como si nos conociésemos de toda la vida. Qué delicia de criaturas.

Firmé en el libro de oro de la escuela. Brindé por escrito: “¡Por la maravillosa primavera que es cada día esta escuela! Con mis felicitaciones, agradecimiento y afecto”.

Visité las instalaciones de escuela acompañado de algunas profesoras. El espacio de la escuela está siempre cargado de significados. Todo habla en la escuela. Iba pensando al recorrer la biblioteca, las aulas y los despachos que en esos humildes lugares se celebraba cada día el milagro del aprendizaje, el asombroso hecho de que ese puñado de niños y niñas aprendiese a ver el mundo con nuevos ojos y se ejercitase la convivencia que derriba discriminaciones y prejuicios. Pensé que aquella escuela era la gran mezcladora social de Barreal. Y me fui con el corazón lleno de felicidad y gratitud porque aquella comunidad me había hecho generosamente su padrino.