Ser docente (I)

20 Oct

El gran magistrado Pericles, cuya personalidad marcó todo el siglo V antes de Cristo, hasta el punto de conocerse a éste como Siglo de Pericles, entendió de forma cabal la misión del maestro como forjador de la personalidad y la conciencia de los pueblos.

No sé lo que sería del mundo sin esta legión de trabajadores y trabajadoras del saber y de la bondad.

En cierta ocasión, mandó reunir a todos los genios y artistas que habían contribuido a engrandecer Atenas. Fueron llegando los arquitectos, loas ingenieros, los escultores, los guerreros que defendieron la ciudad, los filósofos que propusieron nuevos sentidos a la vida… Estaban todos allí, desde el matemático que descubría en el número el sentido helénico de la exactitud hasta el astrónomo que se asomaba al universo para contemplar la armonía de las estrellas. Pericles cayó en la cuenta de una ausencia notable: faltaban los pedagogos, personas muy modestas que se encargaban de llevar a los niños por el camino del aprendizaje.

– ¿Dónde están los pedagogos Preguntó Pericles. No los veo por ninguna parte. Vayan a buscarlos.

Cuando, por fin, llegaron los pedagogos, habló Pericles:

– Aquí se encontraban los que, con su esfuerzo, embellecen y protegen a la ciudad. Pero faltaban ustedes, que tienen la misión más importante y elevada de todas: la de transformar y embellecer el alma de los atenienses.

El pasado día 5 de octubre se celebró el Día Mundial del Docente. En estos tiempos en que su figura está tan machacada por la política educativa y tan poco valorada por la sociedad, quiero rendir un homenaje sincero y emocionado a quienes con su trabajo humilde y comprometido salvan la vida de las personas y hacen mejor la sociedad. Desde aquí rindo un sentido homenaje a los docentes ya que:

Ser docente es difícil:

Porque, inmerso en la cultura neoliberal donde prevalecen el individualismo, la competitividad, el eficientismo, la privatización, el imperio del mercado y el olvido de los desfavorecidos, el docente se dedica a cultivar la solidaridad, el saber, el respeto, la dignidad y la compasión con los más débiles.
Porque trabaja en contextos adversos proponiendo modelos por la vía de la argumentación que otros combaten con modelos presentados por la vía de la seducción.
Porque desarrolla una tarea de enorme dificultad como es hacer amar el conocimiento en una sociedad obsesionada con el dinero, el poder, el placer y la fama.
Porque la presión social es cada día mayor, esperándose de él y exigiéndole incluso, que responda a todas las necesidades de formación: la paz, el consumo, la imagen, la seguridad vial, la convivencia, el medio ambiente, los valores… Con escasa formación, por menor sueldo y con peores condiciones.
Porque frente a especuladores, demagogos, mercaderes y tiranos, el docente está del lado de la verdad, del amor y de la libertad.
Porque su tarea es cada día más difícil ya que los alumnos y alumnas tienen distractores muy potentes en los medios de comunicación, en internet, en la calle, en la discoteca, en las drogas, en el alcohol, en la delincuencia…
Porque a veces tiene que tratar de enseñar a quienes de ninguna manera desean aprender ni dejar, a toda costa, que otros aprendan.
Porque algunas familias entienden que el deber de los docentes es hacer toda la tarea que ellas no pueden, o no saben, o no quieren hacer en las casas.
Porque algunos padres y madres han perdido el rumbo y se han convertido en jueces, policías, espías o verdugos de los docentes.

Ser docente es complejo:

Porque su tarea es enormemente paradójica, ya que consiste en ayudar a que otros aprendan por sí mismos a pensar y a convivir. De que sean aprendices crónicos y autónomos. Dice Holderlin que los educadores forman a sus educandos como los océanos forman a los continentes: retirándose.
Porque en la sociedad de la información, en la que todo el mundo sabe que quien tiene información tiene poder, él y ella se dedican a compartir generosamente el conocimiento que poseen.
Porque para realizar esa compleja y sublime misión, la más delicada que se le ha encomendado al ser humano en la historia, recibe una preparación breve, retórica, y masificada.
Porque trabaja en instituciones cada día más complejas en las que existe disputa ideológica, presión social, regulación asfixiante y espacios incongruentes. “Los profesores son personas encantadoras que trabajan en lugares horribles”, dice Popkewitz.
Porque su excelsa profesión no está suficientemente valorada por los agentes sociales y por la ciudadanía en general. “Aquí el que sabe hace y el que no sabe enseña”, decía Bernard Show.

Escribe Manuel Rivas: “Ser enseñante no solamente requiere una cualificación académica. Un buen profesor o maestro tiene que tener el carisma del Presidente del Gobierno, lo que ciertamente está a su alcance; la autoridad de un conserje, lo que ya resulta más difícil y las habilidades combinadas de un psicólogo, un payaso, un disc jockey, un pinche de cocina, un puericultor, un maestro budista y un comandante de la Kfor. Conozco a una profesora que sólo desarmó a sus alumnos cuando demostró tener unos conocimientos futbolísticos inusuales, lo que le permitió abordar con éxito la evolución de las especies”.
Porque cada curso van sumando un año mientras sus alumnos y alumnas se mantienen en la misma edad que siempre han tenido, debiendo superar desajustes generacionales problemáticos.
Porque cada año, después de aprender a querer a sus alumnos y a ser querido por ellos, debe separarse de todos para empezar de nuevo el proceso de la conquista afectiva de otro grupo diferente.
Porque los conocimientos se multiplican vertiginosamente y él tiene el deber de estar al día o, incluso, en el día de mañana.
Porque, en otros oficios, el mejor profesional es el que mejor manipula los materiales con los que trabaja, pero en la docencia es el que más y mejor los libera.

No sé lo que sería del mundo sin esta legión de trabajadores y trabajadoras del saber y de la bondad. Para ellos y ellas mi respeto, mi admiración y mi afecto.

Aprender de la experiencia

25 Ago

Lo que nos da la experiencia a todos, inexorablemente, son años. Pero no nos da automáticamente sabiduría. Un cosa es lo que nos sucede y otra lo que pensamos y sentimos acerca de eso que nos sucede. Hechos similares hunden a algunas personas y a otras las fortalecen.

Lo que nos da la experiencia a todos, inexorablemente, son años. Pero no nos da automáticamente sabiduría.

Las personas inteligentes aprenden siempre. Las otras pasan por la vida sin enterarse de nada e, incluso, tratando de enseñar a todo el mundo. Todos conocemos a personas mayores que han ido haciéndose cada día más sabias a través de la experiencia. Y a otras que se han ido progresivamente cerrando al aprendizaje. Para que la experiencia se convierta en sabiduría hacen falta, a mi juicio, algunas exigencias:

Querer aprender. Para poder aprender hace falta partir del presupuesto de que se puede hacerlo. En parte porque no lo sabemos todo y, en parte, porque hay otras personas y situaciones de las que podemos aprender. No sé donde he leído un pensamiento del gran pintor Miguel Angel Buonarroti, cuando ya era un consumado y afamado artista: “Todavía estoy aprendiendo”.

Saber observar. Todos conocemos personas que pasan por la vida sin ver nada. Todo habla, pero ellas no escuchan. Para observar hace falta abrir los ojos y ver. Pero hace falta algo más: tener teorías que ayuden a interpretar. Si veo un partido de cricquet y no conozco las reglas que lo rigen, no entenderé nada de lo que sucede, aunque lo esté viendo desde una posición privilegiada.

Saber escuchar. Para aprender hay que escuchar. No es fácil hacerlo, aunque lo parezca. Es una tarea que, para hacerla bien, nos puede ocupar la vida entera. A la persona a quien vi escuchar con más perfección fue a Carl Rogers. El decía: “si un ser humano te escucha, estás salvado como persona”. Hay que aprender a escuchar.

Hacerse preguntas. Solo cuando se formulan preguntas se pueden buscar respuestas. Hay que hacerse preguntas constantemente. Hay que poner en tela de juicio lo que hacemos. Hay que cuestionarse lo que parece claro e indiscutible.

Reconocer los errores. Se puede aprender de los errores. Hay quien lo sabe hacer y hay quien no. La primera exigencia es reconocer el error. Si pensamos que estamos exentos de cometerlos, si creemos que no podemos equivocarnos, nunca aprenderemos. En segundo lugar hay que saber por qué se ha cometido, cuál ha sido la causa del mismo. Y en tener lugar, hay que tener voluntad de no repetirlo. No es humillante reconocer los errores. Lo triste es ignorarlos o negarlos y empecinarse en ellos.

Hacer autocrítica. No hay aprendizaje sin autocrítica. Existe una peligrosa utilización de la lógica. Llamo a este mecanismo lógica de autoservicio. Se trata de una forma de manejar los hechos y su interpretación con el fin de defender aquellas ideas y comportamientos que nos interesan. Hay que romper esa lógica para poder aprender.

Abrirse a las críticas. Las críticas suelen ser un excelente camino para el aprendizaje. Las críticas requieren del poder la generación de un clima en el que se pueda expresar libremente la opinión. No toas las críticas son certeras y bienintencionadas. Hay que saber valorar. Criticar no es demoler, es discernir.

Leer incesantemente. Y leer con criterio y actitud crítica. Hay que leer sobre historia, sobre cultura, sobre política. Es muy importante saber seleccionar las lecturas. Casi es más importante saber qué es lo que no hay que leer que lo que hay que leer. Digo esto porque hay profusión de escritos de calidad muy diversa. Hay que asomarse con perseverancia a la prensa escrita, sin actitud papanata, sabiendo discernir.

Compartir la experiencia. Explicar y compartir la experiencia propia y escuchar y analizar las experiencias ajenas. Ese es un buen camino para el aprendizaje. Podemos cruzarnos en la vida con personas excepcionales de las que podemos aprender. Y con otras que también nos pueden enseñar. Nadie es tan pobre que no tenga nada que dar y nadie tan rico que no tenga nada que recibir.

Pensar, analizar, argumentar con rigor. “Piensa, es gratis”, reza el título de un sugerente libro escrito por Joaquín Lorente y publicado por la Editorial Planeta. Dice el autor: “Pensar es nuestra energía suprema, y nuestros pensamientos, ajustados a cada circunstancias, son determinantes en la conducción de nuestras vida. Sin pensar seríamos simples vegetales; sin tratar de utilizar un mínimo de nuestra calidad pensante, puros animales”

Hay muchos intereses en juego, muchas trampas, muchas mentiras. Desde el poder, desde el comercio, desde la publicidad… se lanzan mensajes tramposos. Es obligado pensar para descubrir esos hilos que se tienden de manera, a veces, sibilina. Esos hilos no están ahí porque sí, porque Dios lo quiera o el azar lo haya dispuesto así. Están ahí porque interesa que estén ahí en ese momento. Muchas personas creen que a pie juntillas lo que se les dice, sin pensar que pueden ser errores o, o que es peor, mentiras.

Es preciso, como decía, abrir los ojos, ver debajo de la superficie, sospechar, recelar. Las abuelas de cuando yo era niño decían, cuando algo podía tener un doble fondo, una doble intención, una oscura trampas:

– ¡Lagarto, lagarto!

Creo que ese es un buen lema para la vida. Un lema que, practicado con inteligencia nos protegerá de muchos engaños. Hay que repetirse sin cesar:

– ¡Lagarto, lagarto!

Me preocupa el hecho de que las personas digan que acaban “quemadas”, que la vida es una porquería y que todo es una miseria. Y, sobre todo, que realmente acaben “quemados”. Cuando eso sucede hay que pensar qué es lo que ha pasado.

Hemos de ser aprendices crónicos. Porque de todo y de todos se puede aprender. Cuando veo un coche con la letra L en la parte trasera pienso que todos y todas deberíamos llevar esa letra de aprendices. Todos y todas con la L.

Hoy toca teoría

21 Jul

Siempre me ha parecido subyugante la simbiosis entre teoría y práctica, entre práctica y teoría. Son cosas distintas, sí, pero están relacionadas de forma compleja y, para mí, sugerente y un tanto mágica.

Para asombro de todos, Fillol contesta: Hoy toca teoría.

Nada hay más práctico que una teoría. Porque la teoría es el camino que nos conduce a una determinada forma de entender la acción. Hay personas a las que una teoría les ha llevado a entregar la vida. ¿Hay algo más efectivo, más contundente, más práctico? Un misionero, un terrorista, un kamicace… dan la vida por una idea, por una causa, por una teoría.

El problema reside en que no necesariamente la teoría lleva a la acción coherente. Sea porque la teoría es poco consistente, porque la voluntad es débil o porque existan impedimentos externos que dificulten llevarla a la práctica.

Le oí contar a Jorge Valdano este simpática anécdota. Estaba entrenado el portero de fútbol Fillol y, con asombro, el entrenador veía que se quedaba en medio de la portería, mientras iba explicando lo que sucedía con los balones que otros jugadores le disparaban desde el punto de penalti:

– Alto por encima del larguero
– Gol por la escuadra
– Fuera por el lateral derecho
– Gol por la parte inferior izquierda pegado al palo

El entrenador, se dirigió al portero y le preguntó:
– ¿Qué sucede? ¿Por qué no intentas detener el balón en los lanzamientos?

Para asombro de todos, Fillol contesta:
– Hoy toca teoría.

Decir que “hoy toca teoría”, significa que se pone una línea divisoria que la separa de la práctica. Eso es lo que hacía Fillol. No se movía. No actuaba. Cuando decimos que “hay que dejarse de teorías” volvemos a levantar el muro que artificialmente las separa. Porque teoría y práctica pueden (y deben) estar relacionadas.

Cuando les oigo decir a algunos docentes: “déjame de teorías” pienso que están menospreciando una fuente poderosa de acción. La expresión se usa para decir que una cosa es la teoría y otra la práctica. Y es verdad. Pero no cosas opuestas. De hecho, ese profesor que dice “déjame de teorías”, también tiene las suyas, que son las que le conducen a obrar de determinada manera.

Hay teorías que no llegan a inspirar la práctica. Pienso en los curas pederastas, en los socialistas ladrones, en los médicos fumadores, en los dietistas obesos, en los profesores inapetentes con el conocimiento…

También es cierto que puede alguien conocer una teoría como un simple conjunto de principios, más o menos lógicos y estructurados. Una teoría que queda ala margen de la vida y de la práctica.

Hace unas semanas, en unas jornadas sobre evaluación que se celebraron en la Universidad de San Sebastián (Concepción. Chile), el profesor y Decano de la Facultad de Educación de una Univdersidad vecina, y desde entonces amigo, Jaime Constenla Núñez explicaba que, si la pretensión era que un chico aprendiese a montar en bicicleta, no bastaba que conociera la definición de vehículo con pedales, las partes que tiene la bicicleta (manillar, sillín, ruedas…), las instrucciones para poder manejarla, las diferentes marcas y precios, su historia desde que apareció sobre el planeta, los campeones de las mejores carreras ciclistas… Es probable que, aún conociendo toda la teoría relacionada con la definición, la estructura y el funcionamiento de la bicicleta, el chico no pudiese avanzar siquiera unos metros.

La clave está en saber pasar de la teoría a la práctica y, a su vez, en saber formular las teorías que se derivan de una forma determinada de hacer las cosas. El camino es, pues, de doble sentido: se puede ir de la teoría a la práctica y de la práctica a la teoría.

Un joven vendedor se dirigió a un agricultor y comenzó a hablarle con entusiasmo sobre el libro que vendía.

– Este libro le explicará todo lo que necesita saber sobre la agricultura, afirmó el entusiasta vendedor. Dice cuándo sembrar y cuándo cosechar, describe los efectos del clima, lo que se puede esperar y cuándo esperarlo, explica todo lo que hay que hacer.

– Joven, repuso el agricultor, no es eso en lo que reside la dificultad. Sé todo lo que dice el libro. Lo que encuentro difícil es hacerlo.

Una cosa es predicar y otra dar trigo, dice un refrán español. Todo el mundo recuerda aquella anécdota en la que a un entusiasta teórico de la idea de compartir se le preguntaba qué haría si tuviera dos casas:

– Regalaría una. ¿Para qué quiero dos casas si solo necesito una para vivir?

Se le continuaba peguntando por lo que haría si tuviera dos coches, dos yates, dos caballos, dos motos…

Su respuesta era indefectible:

– Por supuesto, regalaría uno de los dos. No necesito dos caballos, dos coches, yates o dos motos…

Finalmente, se le preguntó por lo que haría si tuviera dos bicicletas. Y ante esa comprometedora pregunta, dijo:

– Alto ahí, dijo. Que tengo dos bicicletas.

La intrincada cuestión de las relaciones entre teoría y práctica lleva aparejado también el problema del aprendizaje. ¿Conviene empezar por la teoría y desde ella ir a la practica o conviene aprender a hacer las cosas y luego a entender las teorías que la sustentan? Me gusta el camino que va de la práctica ala teoría, pero los dos son necesarios.

Se nos achaca a los profesores universitarios la despectiva condición de teóricos, como si nosotros no tuviéramos clases, como si no tuviésemos práctica. Se piensa que los profesores de otros niveles carecen de teorías sobre la enseñanza. No es así. Claro que tienen teoría, aunque, en ocasiones, no se haya explicitado suficientemente. En ambos casos hay teoría y práctica. Hace falta que la práctica nos ayude a pensar y a reflexionar. Y, a su vez, que las teorías iluminen y dirijan a buen puerto las prácticas.

Las lágrimas de la maestra

16 Jun

He recibido desde Uruguay este emocionante relato, enviado por la maestra María de los Huertos Toriani. Es una maestra que trabaja como profesora de primer curso de Primaria en la escuela 120 de Tiempo Completo, situada en el Departamento de Salto. La sencilla historia de Ángel que nos cuenta, me ha hecho pensar en las numerosas, casi infinitas veces, que tienen lugar experiencias como ésta en las aulas de las escuelas del mundo.

Nuestros ojos se llenaron de lágrimas y sin disimularlo comenzamos a aplaudirlo.

Cómo no sentirse apasionado por la profesión de enseñar, de abrir horizontes, de avivar el amor al conocimiento, de proporcionar herramientas para entender el mundo. Cómo no lamentar y condenar el castigo que una política torpe y mezquina está infligiendo a la educación.
Cada día, cada hora, cuando los maestros y maestras trabajan en las aulas, se producen hallazgos deslumbrantes, no solo en lo relativo al conocimiento sino, y sobre todo, con aspectos relacionados con las relaciones y la vivencia de la propia identidad.
La escuela es la gran mezcladora social. En ella conviven diariamente niños y niñas de diferente extracción social, de diferente nivel cultural, procedentes de familias que tienen el horizonte colocado en muy diferentes lugares, unas muy cerquita de la casa y otras a distancias siderales. La escuela hace que el horizonte se alargue, se prolongue, se convierta en un punto de tensión para aquellos cuyas familias solo pueden pensar en la inmediata necesidad de sobrevivir. La escuela fabrica horizontes para los pobres, para los desfavorecidos, para los, en palabras de Paulo Freire, “desheredados de la tierra”.
Respetaré en lo posible sus palabras porque se nota a través de ellas toda la emoción del momento y todo el entusiasmo del aplauso que suscitó la intervención del niño que protagoniza la historia.
Ella tienen como lema de su trabajo un pensamiento esclarecedor: “Si me importa, lo aprendo”. Es la máxima ley de la motivación. La historia dice así.
“Cada Escuela es una ventana al mundo , un pedacito de realidad en donde se entretejen sueños , aprendizajes, proyectos y enseñanzas.
Esta Escuela, mi Escuela, no es muy distinta de otras : la mayoría de niños que asisten provienen de contextos socio-culturales muy desfavorecidos, con padres que abandonan a sus hijos, ausencias afectivas, problemas de salud e higiene y maltrato.
Pero lo que la hace realmente diferente es que los que trabajamos en ella esperamos todos los días que “El Milagro Suceda” o al menos es lo que yo espero.
Lo llamo Milagro porque creo que cuando un niño, pese a las condiciones de vida que tiene que afrontar, puede con su corta edad romper la barrera del dolor que lo afecta, que lo perturba, para concentrase en algo mucho más banal como una clase, entonces puedo afirmar que : “EL MILAGRO SUCEDE”
Esta es una de las tantas historias en la que he tenido el privilegio de ser protagonista al ser Maestra de primer grado de Primaria.
Sucedió una mañana en el rincón de Ciencias Naturales al que llamamos Laboratorio. Estábamos juntos los dos grupos de los primeros años de la escuela y ambas docentes, prontas para comenzar lo que hacíamos una vez a la semana: leer la cartelera de ciencias. En ella colocamos noticias científicas y curiosidades sobre el mundo animal , el planeta tierra y el universo.
Empezamos la lectura leyendo los títulos de cada noticia y pidiendo al grupo la opinión de cuál querían escuchar primero. Una a una todas fueron leídas. Eran unas cuántas, cerca de diez. Al finalizar pedimos que el niño/a que se animara contara con sus palabras la noticia que más le había gustado . Así lo fueron haciendo y casi todos participaron ampliando lo que los compañeros decían.
Quedaba por comentar la última noticia cuyo título era: ¿Es la ORCA realmente una BALLENA ASESINA ? Entonces pregunté:
– A ver ¿quién puede contarnos de qué se trata esta noticia?
Veo solo dos manos levantadas.
– ¿Quién más se anima?
De repente una tercera manita asoma muy tímidamente. Era la mano de ANGEL, un niño al que solo se le escuchaba hablar cuando pedía permiso para ir al baño, con problemas de aprendizaje en todas las áreas y baja o nula estimulación del hogar debido al contexto en el que vive.
De estatura baja para su edad y delgado, se puso de pie y caminó hacia adelante, hacia donde yo estaba. Lo tomé por la cintura como queriéndolo contener y apoyándolo por el gran esfuerzo que suponía lo que estaba haciendo.
Sin dudarlo y expectante por lo que iba a decir le dije:
– Me gustaría escucharte, Ángel. ¿Qué nos vas a contar sobre la ORCA?
Con voz clara y fuerte dijo :
– “La orca es de la familia de los delfines, no es una ballena. Pesa muchas toneladas.Vive en los mares y océanos. Se entiende con otras mediante silbidos. Come peces, pinguinos, otros delfines y pedazos de ballenas. Cazan en grupo y se les llama asesinas pero nunca han atacado al hombre”.
No había nada más para agregar. Lo había dicho todo de forma correctísima.
La emoción que sentimos ambas maestras fue instantánea, nuestros ojos se llenaron de lágrimas y sin disimularlo comenzamos a aplaudirlo. El aplauso fue tan sentido que duró varios segundos en donde reinó el silencio de la palabra, un silencio en el que se respiraba amor, confianza, logros, seguridad, contención y aprendizaje.
Aprendizaje por parte nuestra de que los “milagros suceden” y nos sorprenden con mucha más frecuencia de lo que pensamos “.
Yo creo que el relato no necesita comentario alguno. Muchos maestros y maestras podrían relatar experiencias similares si se atreviesen a contarlas, si se decidiesen a compartirlas.
La profesora inglesa Joan Dean dice que si los profesores y profesoras compartiésemos las cosas maravillosas que nos suceden, tendríamos una fuente inagotable de ideas y de optimismo. Lo que pasa es que algunas veces solo vemos los agujeros en el queso.

Adivinar la nota

9 Jun

Momento de evaluaciones en el sistema educativo. Momento crítico. Más crítico, quizás y lamentablemente, que el del aprendizaje.

El diálogo sobre la evaluación y sus resultados es muy importante para el profesor y para los alumnos y las alumnas.

En un curso sobre evaluación que impartí en Santiago de Chile decía una profesora que un amigo docente le había pedido a los alumnos que autoevaluasen su proceso de aprendizaje. Al final, tenían que ponerse una calificación. Sorprendidos, desconcertados, se resistían, protestaban, y preguntaban cómo podían ellos adivinar la nota que iban a tener. Así se lo decían a otros profesores, manifestando la dificultad de la demanda:

– El profesor X nos pide que adivinemos la nota que nos va a poner.

Piensan estos alumnos que la nota la pone el profesor y de lo que trata la autoevaluación es de saber cuál es esa nota. Es decir que, para ellos, la autoevaluación es un ejercicio adivinatorio. Como si la nota fuera indiscutible, como si la calificación del profesor fuera infalible. Se trata, pues, de intuir, se trata de adivinar, se trata de coincidir con la nota verdadera. Porque si no se coincide existirá un error, tanto más grave cuando mayor sea la discrepancia.

Si el profesor pone una nota elevada y el alumno se califica con un suspenso, es que el alumno se equivoca; y si el profesor suspende al alumno y éste se autocalifica con un sobresaliente, igualmente se equivoca el alumno.

Está muy claro que toda evaluación encierra poder. Y el poder puede ejercerse de manera muy diversa. La evaluación (o su parte más visible y efectiva, que es la calificación) encierra una gran dificultad, que es la de comprobar con precisión qué es lo que el alumno ha aprendido, aunque no sea como resultado del proceso de enseñanza. Porque el alumno puede recoger agua en otras fuentes distintas a la de la docencia.

Una forma de eliminar los abusos del poder es la participación auténtica de los alumnos en el proceso de evaluación. A mi juicio, esa participación no debe limitarse a ponerse una nota. El alumno puede y debe valorar el proceso de aprendizaje y el resultado conseguido. El alumno sabe si ha estudiado, si ha comprendido, si realmente domina los conocimientos, las destrezas o las competencias que debe adquirir.

Se me dirá que nadie es buen juez en la propia causa. Es cierto. Del resultado de la evaluación dependen cosas importantes. Y el alumno que no ha estudiado ni aprendido puede falsear su criterio intencionadamente. O puede equivocarse al no tener referencias rigurosas de comprobación o de contraste. Por eso no basta la autoevaluación. Pero nadie sabe como el interesado qué es lo que ha sucedido con su aprendizaje. Nadie sabe como el interesado si ha trabajado, si se ha esforzado y, sobre todo, si realmente sabe lo que debería haber aprendido. Porque no se trata solo del esfuerzo sino de la adquisición del conocimiento y del dominio de competencias.

¿Cuántas veces nos equivocamos los profesores? Cuántas veces aprobamos a quien no sabe y suspendemos a quien sabe y a quien ha trabajado concienzudamente? Hay investigaciones que muestran que para que haya rigor en la corrección de ejercicios de ciencias harían falta, como mínimo, doce correctores. Se me dirá que si se trata de solucionar un problema, o está bien o está mal. Démosle el mismo ejercicio a varios profesores y veremos que hay divergencias notables en la corrección. Hay quien valora sobremanera que el alumno se haya olvidado de añadir la palabra kilogramos al número 6 que debería figurar en la respuesta y hay quien apenas le da importancia al olvido. Hay quien valora más la solución del problema realizada por el método que ha explicado en clase y hay quien dará más importancia a una solución encontrada por un método inventado… Y luego influye en la corrección la calidad del ejercicio anterior, la trayectoria del alumno, el estado de ánimo, un dolor de estómago, un conflicto conyugal o la derrota del equipo favorito… No somos infalibles.

Para corregir ejercicios de letras con garantía de rigor harían falta más de cien correctores. Recuerdo que, cuando con 19 años me hice cargo del primer grupo de alumnos (nueve años), les pedí un buen día que contasen una historia. Uno de ellos comenzaba así su relato: “Aquella mañana, el príncipe salió cabalgando en todas las direcciones”. A mi me pareció un comienzo maravilloso. Otro corrector hubiese dicho, quizás, que eso era imposible.

Creo que la autoevaluación de los alumnos nos ayudaría a realizar una evaluación más precisa y, sobre todo, más educativa. No olvidemos que hablamos de evaluación educativa no solo porque el objeto de la misma es la educación sino porque, al realizarse, debería educar a quien la hace y a quien la recibe.

No se trata en la autoevaluación, a mi juicio, solo de ponerse una nota sino de reflexionar sobre el proceso de aprendizaje y de comprobar el éxito del mismo. Les suelo pedir a mis alumnos que piensen en lo que han aprendido y que tengan también en cuenta cuánto han leído, cuánto han investigado, trabajado…

Me cuesta aceptar que pongo una buena nota a quien no ha aprendido nada y apenas se ha esforzado y también que suspendo a alguien que realmente ha aprendido mucho como fruto de un notable esfuerzo y que, por los motivos que sea, no lo he sabido apreciar.

El diálogo sobre el proceso es fundamental. El diálogo sobre la evaluación y sus resultados es muy importante para el profesor y para los alumnos y las alumnas. Todos saldrán beneficiados del mismo si se practica con autenticidad y con buenas condiciones de tiempo.

Ese diálogo arranca con la elaboración y comprensión del proyecto, sigue con la fijación y aplicación de criterios de evaluación y se culmina con la discusión sobre los resultados. Si el alumno participa autoevaluándose generaremos una nuevo campo de encuentros didácticos. Pero autoevaluarse no es solo ponerse una nota, como decía, sino reflexionar críticamente sobre el proceso y los resultados. No se puede cerrar los ojos a los resultados porque, cunado se hace, se castiga a los más necesitados de ellos. El sistema acabará eliminándolos si sus resultados no son satisfactorios.

El diálogo sobre la evaluación permitirá encontrar las pistas sobre las dificultades, descubrirá los errores de la enseñanza y abrirá pistas sobre la necesaria motivación.