El taxista de Granada

16 Nov

Tenía que ir en taxi desde el aeropuerto de Granada a la Facultad de Políticas. Me esperaba un grupo de profesores universitarios para empezar un curso denominado “La evaluación como aprendizaje”. Nunca hubiera imaginado al subir al taxi que, quien me iba dar a mi una buena lección, era el taxista que amablemente colocó mi equipaje en el maletero.

Joaquín es un estudiante profesional y un taxista amateur.

No acababa de sentarme cuando, al oír la dirección de mi destino, me empezó a decir, con un entusiasmo desbordante, que tenía 55 años y que se había convertido a los 50 en un estudiante universitario entusiasta. Se le veía con ganas de contar la maravillosa experiencia que estaba viviendo al aprender. Literalmente me dijo:

– Mire usted, el conocimiento me da satisfacción, seguridad e ilusión.

Empecé a tomar notas como un colegial aplicado. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Joaquín López Maestro. Su segundo apellido daba justificación a la clase que me estaba dando en aquel taxi que se había convertido en un aula rodante. Una clase particular en dos sentidos: porque se la daba un maestro a un solo alumno y porque era original en el espacio y en el tiempo.

Me contó que tuvo que dejar la escuela a los 11 años para ponerse a trabajar. ¡A los 11 años!. No había vuelto a estudiar hasta que un día, cuando ya frisaba el medio siglo, recogió a un pasajero que le invitó a hacer el Graduado Escolar y, una vez conseguido, a seguir estudiando. Le hizo caso y aquella decisión le tiene atrapado sin remedio.

No sé quién fue aquel pasajero misterioso. Pero sí sé que a Joaquín le cambió la vida. No me dijo si le había vuelto a ver o solo se conocieron durante el fugaz encuentro que suele ser un desplazamiento en taxi. Y eso me hizo pensar en cómo influimos en los demás, en cómo les condicionamos la vida. A veces para bien, a veces para mal.

Fue una pena que mi viaje no fuera más largo, porque le hubiera preguntado a Joaquín cuáles fueron los convincentes argumentos que utilizó aquel curioso individuo, argumentos que antes nadie le había formulado o había formulado sin éxito. Le hubiera preguntado quién era, a qué se dedicaba y qué aspecto tenía. La curiosidad me hubiera hecho preguntarle incluso de dónde hasta dónde le llevó. Es admirable que en un viaje consiguiera lo que otros no podemos alcanzar con algunos alumnos en mucho tiempo y con muchos esfuerzos.

Claro que esa semilla que arrojó aquel pasajero cayó en una tierra preparada para recibirla. Y allí arraigó y dio esos frutos excelentes que ahora podemos admirar en el árbol frondoso del saber que se ha convertido este taxista de Granada.

A raíz del encuentro fortuito y de aquella conversación motivadora, Joaquín empezó a interesarse por la novela histórica. Luego hizo el Graduado Escolar, cursó el bachillerato, hizo el examen de ingreso para mayores de 25 años en la Universidad y comenzó sus estudios universitarios en la UNED, ya que el trabajo le impedía seguir estudios presenciales.

Me enseña una bolsa de libros que tiene en el asiento del copiloto. La levante como si alzase un tesoro, como si en esos libros estuviese contenida la clave de la felicidad.

Está cursando en la UNED Geografía e Historia. Me dice con evidente entusiasmo:

– Estoy estudiando antropología, geografía humana, desarrollo de los pueblos…

Y me lo dice como si estuviera descubriendo tesoros insospechados, realizando aventuras increíbles, encontrándose con seres humanos admirables… Me habla de algunos personajes de la historia con la pasión de un neófito. Se trata de un aprendiz que lo es por convencimiento y no por obligación, por gusto y no por sacrificio.

No hay que hablarle de esfuerzo a Joaquín, porque el estudio para él es un placer, el tiempo de disfrutar, de satisfacer la curiosidad, de descubrir el mundo…

Se desplaza 70 kilómetros hasta Motril, donde la Universidad a Distancia tiene la sede, para asistir a las tutorías (otras las hace on-line). Y, cuando le pregunto que cuándo y dónde estudia, me dice que el taxi es su escuela, que aprovecha las horas de espera para leer y estudiar.

Resulta aleccionador lo que me dice respecto a sus dos hijos, chico y chica. El joven había repetido tres veces primero de Bachillerato, pero el ejemplo de su padre le ha despertado y le ha seducido.

– Con mi modo de actuar les genero una gran presión, me dice.

La chica se siente espoleada por el entusiasmo que muestra su progenitor. Se está esforzando cada día más, según me cuenta el estudiante taxista (creo que se le puede definir así, mejor que como el taxista estudiante). Joaquín es un estudiante profesional y un taxista amateur.

El esfuerzo del padre, las notas que consigue, se convierten para los hijos en el más eficaz de los consejos. Lo he dicho muchas veces: No hay forma más y más eficaz de autoridad que el ejemplo.

Me cuenta también que se ha reencontrado no hace mucho con un viejo amigo que tiene dos años más que él. Le ha preguntado qué es lo que está haciendo. Y el amigo le ha contestado que no está trabajando y que pasa los días en la casa sin hacer nada. Me dice con una convicción admirable:

– Este tío es tonto.

Él no se explica cómo una persona que dispone de tanto tiempo, no lo aprovecha para acercarse a los libros, para aprender, para disfrutar leyendo.

– Eso, me dice, sin contar con los beneficios pragmáticos que produce tener un título. Porque con un título puedes llamar a un millón de puertas y, sin él, solo a cincuenta.

Estábamos llegando. Quería que ese hombre sabio y ejemplar me siguiera contando su experiencia. Me dieron ganas de decirle:

– Mira, Joaquín, llévame al aeropuerto y tráeme de nuevo.

Le pagué, me despedí, le prometí que escribiría algo sobre su emocionante historia. Cuando caminaba hacia la Facultad iba pensando en lo privilegiados que son muchos de nuestros alumnos y alumnas. Disponen de todo el día para estudiar. Se dedican solo a eso. Sus padres hacen lo posible para que no les falta nada. Y choca ver a algunos con actitudes renuentes al esfuerzo, aburridos y displicentes. Ajenos a su suerte. Insensibles al esfuerzo de los demás. Inconscientes del dinero que cuesta su puesto de estudio.

Pensaba también que este era un ejemplo de aprendizaje durante toda la vida. Porque muchos piensan que el estudio y la educación son solo incumbencia de niños y jóvenes. Está claro que Joaquín es un estudiante que trata de recuperar el tiempo que considera perdido. Es un estudiante de 55 años que cada día ve ampliarse el horizonte de su aprendizaje. Un aprendiz crónico.

Me confirma este encuentro que aprender es un proceso apasionante, que el ser humano está hecho para descubrir el mundo, la historia y la vida. Lo que pasa es que algunas veces la forma de enseñar es poco motivadora. Estas palabras de Winston Churchill constituyen una severa admonición para quienes nos dedicamos a la docencia: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”.

Tener motivos

21 Sep

En el último Encuentro Nacional organizado por la Asociación Pedagógica Apfrato, en Granada, una de las disertantes contó una historia que recuerdo a girones. Me hubiera gustado conocer la fuente para contarla ahora de forma más precisa. Pero lo que me importa es la idea que la historia pretende transmitir. Se la dedico con todo el afecto a mi hermana, que está pasando unos momentos difíciles tras la muerte de su marido.

Cuando apenas se han separado unos metros de la casa, la hija vuelve hacia la casa, se acerca al lecho donde yace su padre y deposita en sus brazos al bebé.

En una población que ha sido totalmente destruida por la guerra, de forma casi milagrosa, sobrevive una familia compuesta por un abuelo, su hija y un pequeño nieto, casi bebé. Las calles están sembradas de cadáveres y solo unas pocas casas han quedado en pie. Un destacamento de soldados recorre el lugar en busca de sobrevivientes. En una casa semiderruida encuentra a los tres miembros de la familia que, resignados, esperan la muerte.

Los soldados les piden que les acompañen. Les sacarán de allí. Es preciso caminar de prisa porque el enemigo puede volver en busca de botín. Después de comer algo que les ofrecen los soldados, los miembros de la familia se ponen en marcha guiados por los soldados.

La mamá lleva en sus brazos al bebé. El abuelo camina despacio, ralentizando la marcha. Nadie dice nada, pero él siente que está perjudicando a todo el grupo. Las fuerzas le fallan. No puede seguir el ritmo que imprime el pelotón. Llegada la noche, después de compartir algunos alimentos que lleva la expedición de soldados, descansan en unas tiendas que plantan con rapidez y eficiencia. Y, a la mañana siguiente, de madrugada, la hija llama a su padre para seguir el camino. El anciano dice que no quiere seguir adelante. Le persuaden los ruegos y las lágrimas de su hija.

La jornada transcurre con dificultades añadidas, ya que la inclemencia del tiempo complica la marcha. No pueden detenerse. El enemigo puede alcanzarlos. El anciano se queda retrasado algunas veces y dos soldados le ayudan a caminar. Encuentran unas casas completamente desiertas. Ocupan las camas para descansar. Y, a la mañana siguiente, cuando la hija trata de que su anciano padre se levante, ve que su decisión de no continuar es inamovible. No valen argumentos, ni súplicas ni lágrimas.

– No me levantaré. No puedo más.
– Pero, padre, si se queda aquí morirá de hambre. O, lo que es peor, torturado por el enemigo.
– No quiero seguir viviendo. No merece la pena este esfuerzo sobrehumano.

Los soldados dicen que no se puede esperar más. Que todos corren peligro si no se ponen de marcha de inmediato. No hay argumento que valga. El anciano no quiere levantarse.

– Váyanse. Todos corren peligro si esperan. No quiero ser el culpable de su muerte.

La hija, de rodillas, abraza a su padres y se despide de él. Se van, dejando al anciano en la cama. Emprenden el camino. La hija llora silenciosamente. Cuando apenas se han separado unos metros de la casa, la hija vuelve hacia la casa, se acerca al lecho donde yace su padre y deposita en sus brazos al bebé. Sin decirle ni una palabra se va. Corriendo se incorpora al grupo de soldados, ya sin su hijo. Después de caminar casi un kilómetro, la hija vuelve la vista hacia atrás y ve cómo su padre camina erguido con el bebé en los brazos.

Ella corre hacia atrás para abrazarlo y coger al pequeño. Tiene que amamantarlo. Los soldados esperan emocionados al feliz abuelo que tenía motivos para seguir caminando. Su vida no le importaba ya. Pero encontró un motivo para levantarse y ponerse se en marcha: salvar la vida de su nieto. Un motivo extrínseco, pero muy poderoso. Dentro de él no veía razones para seguir viviendo, pero la hija supo poner en marcha ese motor que se había parado en la cabeza y en el corazón de su padre.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Qué es lo que nos impulsa a la acción? ¿Qué motor pone en marcha la voluntad por encima de todos los obstáculos? Es muy importante tener motivos para hacer las cosas, saber cuáles son esos motivos y cómo se descubren, se buscan y se encuentran. Decía Spinoza que “somos conscientes de nuestros deseos e ignorantes de las causas que los determinan”. Según el diccionario, “los motivos son las causas o razones que justifican la existencia de una cosa o la manera de actuar de una persona”. Los motivos son, pues, los motores de la acción. Por eso resulta decisivo tener motivos para levantarse cada día, para caminar en la dirección deseada, para hacer las cosas que hacemos. Tener razones para vivir. Tener motivos para actuar.

Hay un motivo básico que es el de mantenerse vivo. Lo decía lapidariamente Albert Camus: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. Y hay muchos motivos para la acción concreta, a corto o largo plazo. Por eso se habla de motivación de inicio (poner en marcha la decisión de estudiar, de abandonar el tabaco, de contraer matrimonio) y de motivación para la tarea (que exige perseverancia en el mantenimiento de la decisión inicial).

José Antonio Marina publicó en el año 2011 un pequeño libro titulado “Los secretos de la motivación”. Según el autor el motivo nace de un deseo, se acrecienta con el incentivo y se estimula con los facilitadores. Para Marina hay tres deseos fundamentales: el primero es el deseo de bienestar personal. “Todos los seres humanos –dice- queremos sobrevivir agradablemente, lo que implica disfrutar de algunos placeres y evitar el dolor, la tensión y la ansiedad”. El segundo es el deseo de relacionarse socialmente, formar parte de un grupo o ser aceptado. “Somos seres sociales, dice Marina. Nuestra especie es egoísta y altruista. Solo en sociedad podemos desarrollarnos”. El tercer deseo básico es ampliar las posibilidades de acción. Dice J.A. Marina que “este es el deseo más específicamente humano, porque es el que nos lanza a metas lejanas, altas, ideales, ilimitadas”.

Aquí se puede plantear el apasionante y decisivo tema de la educación de los motivos, dentro del cual habría dos grandes dimensiones. Una, la de enseñar o ayudar a que el alumno sepa motivarse, sepa encontrar y cultivar deseos, valores e ideales. Y otro, no menos complejo, que sería el de motivarlos para el aprendizaje. Para ese y otros aprendizajes.

“Todo método que intenta hacer beber a un caballo sin sed, es rechazable. Todo método es bueno si abre el apetito de saber y aguza la necesidad poderosa de trabajar”, decía Célestin Freinet. Por eso es tan difícil la tarea de enseñar. No consiste en meter en la cabeza de los estudiantes los conocimientos deseados sino en despertar en él la pasión y el deseo de adquirirlos. Me contó un profesor hace años que un alumno le había dicho: “Mire, profesor, explíqueme lo que quiera, por el método que prefiera y hasta póngame la nota que se le antoje. Pero, por favor, no me motive”.

He aquí un difícil cuestión: ¿Cómo se puede motivar a quien no quiere ser motivado? Educar la motivación, cultivar la voluntad, hacer más acendrado el amor. Ese es el camino.

¡A clase!

7 Sep

Está a punto de comenzar un nuevo curso escolar. La vida no se detiene. Después de unas largas (aunque subjetivamente siempre resulten cortas) vacaciones, llega el momento de regresar al trabajo. La vida pone las manos en forma de amplificador de la voz y nos dice: ¡A clase! Los profesores a la enseñanza, los alumnos al aprendizaje. O, mejor, todos y todas al aprendizaje. Porque todos y todas somos durante toda la vida aprendices. Aprendices crónicos, como me gusta decir.

Se venderá todo lo imaginable y más aun. La razón fundamental es muy sencilla: aquí todo el mundo anda descalzo”.

Ante la realidad inexorable se puede reaccionar de muy diversas formas. Unos oyen la requisitoria (¡a clase!, vamos, ¡a clase!) y se ponen en camino, felices, a encontrarse con los colegas, a emprender un nuevo proyecto lleno de ideas y de ilusiones. Otros, por el contrario, comienzan a sentir dolor de cabeza, de estómago y, sobre todo, de corazón.

Me refiero, por igual, a profesores y alumnos. Ya sé que los padres, en general, están deseando que los niños y las niñas acudan a las aulas. Las vacaciones son el periodo en el que los padres y las madres valoran más decididamente al profesorado. “Dios mío, si yo no puedo con dos, ¿cómo se las arregla esta un profesor tantas horas con veinticinco o treinta…!”. (En algunos países con cuarenta o cuarenta y cinco, qué locura).

Hay quien vive el momento como una desdicha, como una tortura, como un sufrimiento insoportable. Hay quien piensa que es una suerte tener trabajo –ese trabajo- o la oportunidad de poder estudiar.

¿De qué depende esa actitud positiva o negativa? Más que de la realidad que nos encontramos en las escuelas, de la actitud que nace del propio corazón. He leído, en el libro ”Historias que hacen bien”, de Daniel Colombo, esta interesante historia referida a Mahatma Ghandi.

Cierto día, en las horas del amanecer, Ghandi y su compañero atravesaron las puertas de una ciudad con el propósito de compartir sus enseñanzas con sus habitantes. Un seguidor del Mahatma que vivía en el lugar se acercó y le dijo apresuradamente:

– Maestro, vas a perder el tiempo y las energías. La gente acá es dura de corazón, se resiste al cambio y a escuchar las palabras de la verdad. Son estúpidos e ignorantes y no tienen el menor deseo de aprender nada. No desperdicies tu talento con ellos.

Ghandi sonrió y respondió:

– No me cabe la menor duda de que estás en lo cierto.

Unos minutos más tarde, otro seguidor suyo se acercó pacíficamente y lo saludó:

– Señor, todos los habitantes de esta afortunada ciudad te dan la más calurosa de las bienvenidas. La gente aguarda con expectativa las perlas de la sabiduría que se desprenderán de tus labios. Están ansiosos por aprender y ávidos de servirte. Sus corazones y sus almas están abiertos de par en par para escucharte.

Ghandi sonrió y respondió:

– No me cabe la menor duda de que estás en lo cierto.

Su compañero se volvió hacia él con asombro y le preguntó.

– Maestro, ¿cómo es posible que puedas estar de acuerdo con los dos hombres cuando sus afirmaciones son diametralmente opuestas? El sol y la luna nunca serán iguales…. Y el día no puede ser noche.

Ghandi, sonriendo, contestó:

– No me cabe la menor duda de que estás en lo cierto. Y considera, igualmente, que los dos hombres dijeron la verdad de acuerdo con sus propias convicciones. El primero, lamentablemente, espera ver lo malo…y es lo que ve. El segundo ve únicamente lo bueno…. Y eso es lo que ve. Ambos ven el mundo tal como esperan percibirlo.

Acabo de ver (de nuevo) la estupenda película de David Swift “Pollyanna”, por la que la entonces niña y actriz recibió un oscar a la mejor interpretación, y en ella he vuelto a escuchar aquel célebre pensamiento de Abrahan Lincoln: “Si buscas el mal en la humanidad esperando encontrarlo, seguro que lo encontrarás”. Y lo mismo podría decirse a la inversa: si esperas encontrar la bondad, la encontrarás.

En dicha película se habla de un juego que practica la pequeña huérfana. El juego del “yo me alegro”. Pone ella el ejemplo de una demanda que hizo para ella su padre: pidió una muñeca por la que la niña suspiraba. Hubo un lamentable error en el envío. Lo que llegó a casa fue un par de muletas. ¿De qué se podrían alegrar? Y la niña responde con ingenio: de no tener la necesidad de usarlas.

Con el mismo Ministro de Educación, el mismo Consejero o Consejera de Educación de la Comunidad, el mismo Delegado de Educación, el mismo Inspector, el mismo Director, los mismos compañeros, similares condiciones, el mismo salario y parecidos alumnos habrá profesores ilusionados y profesores asqueados de serlo.

Esta diferente actitud va a repercutir de manera indudable sobre la tarea que se realiza con los alumnos y alumnas. No es lo mismo aprender con un profesor ilusionado que un mercenario maldiciente. Pero, sobre todo, va a tener consecuencias en la vivencia de los profesionales, en cómo se siente cada uno en el trabajo.

Alguna vez he contado la historia de dos empresas japonesas de calzado. Ambas mandan a sendos representantes para realizar un estudio de mercado a la misma zona de África. Después de hacer las pesquisas pertinentes, uno de los delegados manda a su empresa un informe que concluye diciendo: “En definitiva, el futuro de la venta de calzado en esta zona es sumamente desalentador. No se vendrá ni un par de zapatos en muchos años. La razón fundamental es muy sencilla: aquí todo el mundo anda descalzo”.

El otro, desde el mismo lugar, manda a su empresa un informe que concluye de la siguiente manera: “En resumen, el futuro de la venta de calzado en esta zona no puede ser más prometedor. Se venderá todo lo imaginable y más aun. La razón fundamental es muy sencilla: aquí todo el mundo anda descalzo”.

Lo cual tiene que ver con la actitud desde la que se analiza la realidad más que con la realidad misma. Y tiene también que ver con la forma de verse a uno mismo. El primer informante considera poco menos que imposible persuadir a alguien que siempre ha caminado descalzo de que resultará muy cómodo y placentero calzarse unos zapatos. El otro considera que es sumamente fácil convencer a alguien que va descalzo de que es más rentable comprar unos zapatos que fabricar una alfombra de tamaño universal.

Eso es lo que sucede ante un grupo de nuevos alumnos. Un profesor piensa que será imposible que aprendan nada relevante y significativo dada su actitud de pereza y de desdén. Otro considera que es muy fácil conseguir que se entusiasmen ante la maravilla que supone hacerse con las herramientas que les permiten entender la vida y el mundo.

Esta actitud positiva no tiene que ver con la ingenuidad o la estupidez. No entraña la renuncia al realismo y al rigor en el análisis. Tampoco significa conformismo ante las limitaciones, los recortes, las carencias o los errores en el gobierno de la educación. Se trata de una actitud inteligente que nos permite ser felices y hacer felices a los demás. A eso debemos ir. A eso vamos. Feliz curso.

La calle

22 Jun

Una calle de la ciudad de Purto Lápice (en la provincia de Ciudad Real) tiene este hermoso nombre: Calle de todos los maestros. Yo quisiera que el Ayuntamiento de Málaga, en estos momentos en que los docentes están vapuleados por la sociedad y maltratados por quienes gobiernan la escuela, les brindase este sencillo reconocimiento.

Una calle de la ciudad de Purto Lápice (en la provincia de Ciudad Real) tiene este hermoso nombre: Calle de todos los maestros.

Se le acaba de dedicar una glorieta de la ciudad a Manuel Pellegrini, entrenador del Málaga CF en las tres últimas temporadas. Nadie podrá discutir que ha hecho una excelente labor al frente del equipo. Por primera vez en la historia del club ha conseguido que juegue la Champions, ha realizado en ella un excelente papel, le ha llevado a las puertas de las semifinales y ha hecho vibrar a la afición como nunca se había visto en la ya larga historia del club. El nombre de la ciudad ha sonado en el mundo y, a través de los éxitos deportivos, se ha hecho una buena publicidad de nuestra ciudad.

Pero, claro, no lo ha conseguido él solo. Él ha hecho su parte. Los jugadores han realizado a la perfección la suya. Lo han conseguido también los demás miembros del equipo técnico y los directivos y los empleados y la prensa y, cómo no, la vibrante afición que ha pagado y que ha empujado lo suyo.

Si no estoy mal informado se le han pagado a Pellegrini más de diez millones de euros en estos años. Es decir que ha tenido una recompensa por el trabajo que casi produce sonrojo en un momento de crisis económica tan brutal.

No discuto los méritos del ingeniero y me sumo al aplauso por el trabajo bien hecho. Es unánime el elogio de los jugadores a su capacidad técnica y a su modo de relacionarse con la plantilla. Me gusta también que su modo de comportarse con la prensa, con la afición, con los árbitros y con los rivales haya sido siempre ejemplar. Pellegrini ha cumplido con su deber, sencillamente. Y ha alcanzado un éxito que ha supuesto muchas emociones a la afición. ¿Qué se premia al ponerle su nombre a una glorieta? ¿Se premia el trabajo bien hecho, el esfuerzo, la seriedad, la honradez o se premia solamente el éxito? Al no tener claro el futuro deportivo del club Pellegrini decidió cambiar de aires y ahora es ya entrenador Del Manchester City, donde percibirá unos emolumentos considerables.

¿Qué mensaje está transmitiendo el Ayuntamiento con esta decisión? Que el fútbol es muy importante y que el éxito es más importante todavía. Que basta un año de éxitos para hacerse acreedor de una gloria perdurable.

Estoy diciendo todo esto porque voy a proponer a través del Consejo Social al que pertenezco que se dedique una calle de Málaga a todos los maestros y maestras. Los que han sido, los que son, los que serán. Las que han sido, las que son, las que serán.

Después de una larga experiencia profesional de treinta o cuarenta años, los maestros y maestras se van a sus casas sin pena ni gloria, sin que se reconozca la importancia de su trabajo y sin tener en el banco una cuenta saneada. Estos profesionales de la enseñaza que, humilde y pacientemente, acuden cada día a las aulas para ayudar a que los niños y las niñas descubran el mundo y sean mejores spersonas, pasan inadvertidos para una sociedad más atenta a otros eventos, más admiradora de otras actividades.

El gran magistrado Pericles, cuya personalidad marcó todo el siglo V antes de Cristo, hasta el punto de conocerse a éste como Siglo de Pericles, entendió de forma cabal la misión del maestro como forjador de la personalidad y la conciencia de los pueblos.

En cierta ocasión, mandó reunir a todos los genios y artistas que habían contribuido a engrandecer Atenas. Fueron llegando los arquitectos, loas ingenieros, los escultores, los guerreros que defendieron la ciudad, los filósofos que propusieron nuevos sentidos a la vida… Estaban todos allí, desde el matemático que descubría en el número el sentido helénico de la exactitud hasta el astrónomo que se asomaba al universo para contemplar la armonía de las estrellas. Pericles cayó en la cuenta de una ausencia notable: faltaban los pedagogos, personas muy modestas que se encargaban de llevar a los niños por el camino del aprendizaje.

– ¿Dónde están los pedagogos?, reguntó Pericles. No los veo por ninguna parte. Vayan a buscarlos.

Cuando, por fin, llegaron los pedagogos, habló Pericles:

– Aquí se encontraban los que, con su esfuerzo, embellecen y protegen a la ciudad. Pero faltaban ustedes, que tienen la misión más importante y elevada de todas: la de transformar y embellecer el alma de los atenienses.

Ha llovido mucho desde entonces, pero parece que no ha trascurrido el tiempo suficiente para que otros gobernantes caigan en la cuenta del valor de la tarea docente.

No debería ser necesartio recordar que ser docente hoy es una tarea importante para las personas y para la sociedad. La hisotria de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catastrofe, dice Herbert Vells. No debería ser necesario decir que la tarea docente es difícil. Porque hay alumnos que no quieren aprender, porque cada alumno es diferente y porque los docentes tienen competidores muy poderosos que ofrecen propuestas seductoras a niños y jóvenes, No debería ser necesario decir que, en la era digital, la enseñanza es compleja porque el conocimiento se fragmenta, se multiplica y llega a los alumnos adulterado por intereses comerciales, políticos y religiosos. No debería ser necesario recordar que la docencia es hoy una tarea paradójica porque los alumnos reciben muchos mensajes que les muestran que más importante que el conocimiento que se adquiere en las escuelas som el dinero, la fama y el poder.

Téngase en cuenta que los docentes de hoy están especialmente presionados por las demandas sociales y por las decisiones del poder que endurecen las condicioneds de trabajo, recortan sus salarios, aumentan sus horas y devalúan su función.

Es probable que si a un niño se le pregunta si quiere ser como Pellegrini o como su maestro diga que quiere dedicarse al fútbol: ganará mucho más, hablarán de él más los medios y, con un poco de suerte, le dedicarán una calle. Si se dedica a la docencia probablemente llegará a la jubilación con estrecheces y no tendrá ningún reconocimiento social. No tengo nada en contra de la decisión del Ayunatamiento de dedicarle una glorieta a Manuel Pellegrini (a mí me gusta el fútbol, no soy de los que consideran que es un entrdtnimiento estúpido), pero tengo muchas más razones para pedir una calle para todos los maestros y maestras de Málaga. Sería un modo barato y simbólico de compensar el maltrato gubernamental y de reconocer la hermosa y decisiva tarea que realizan cada día por un modesto estipendio.

Ya sé que ese gesto no resuelve los problemas. Ya sé que esa decisión no borra los agravios. Pero, al menos, ofrece el consuelo del reconocimiento de una labor imprescindible. Dice Emilio Lledó algo que sucribo plenamente: enseñar no es solo una forma de ganarse la vida; es, sobtre todo, una forma de ganar la vida de los otros.

La educación prohibida

5 Ene

Hace tiempo que quería dedicarle un artículo a este sabroso e inquietante largometraje argentino independiente que lleva por título “La educación prohibida” y que está dirigido por Juan Vautista. Es un documental sobre la escuela o, mejor dicho sobre la no escuela. Véanlo en Youtube. Les ayudará a pensar sobre el sentido de esta noble y determinante institución.

El amor está en la base del aprendizaje. Los alumnos aprenden al calor de los afectos. No se puede aprender nada significativo desde el desamor.

Un grupo de profesionales de la educación, amantes todos ellos de su trabajo y apasionados de la teoría y de la práctica educativa, reflexionan en voz alta sobre la tarea de la escuela y sobre el cometido de educar. Es sabido que el lenguaje nos ayuda a entendernos, pero también a confundirnos. Todos decimos que es necesaria una “buena escuela”. El problema es qué entiende cada uno por “buena” y por “escuela”. Cuando unos padres dicen que quieren llevar a su hijo a un centro en el que no se mezcle con gente de baja ralea, en la que haya mucha exigencia, mucho control y en la que no estén juntos niños y niñas, chocarían con el criterio de otros padres que eligiesen para sus hijos una de las escuelas que aparecen en esta película.

La obra es un severo varapalo a la escuela tradicional, homogeneizadora, autoritaria, repetitiva, triste y rutinaria. Sobre todo porque muestra de forma palpable que existe, que es real, que no es una mera entelequia.

Algunos objetan que los niños que estudian en este tipo de escuelas van a tener problemas cuando se incorporen a una escuela de otro corte, con otra filosofía, con otros docentes. No lo creo. Porque estos alumnos y alumnas se están formando para la complejidad, están adquiriendo un bagaje cultural que les hace adaptarse con facilidad a otras realidades.

Quienes se manifiestan en la película son personas que creen lo que dicen y que tratan de llevarlo a la práctica. Muchos de sus postulados pedagógicos son compartidos por los legisladores, los teóricos y los maestros de a pie. Pero pocas veces se llevan a la práctica. Esa es la gran aportación de la película. No solo hacen una crítica dura y fundada a la escuela tradicional sino que llevan a la práctica sus postulados en escuelas progresistas e innovadoras. No es solo teoría. Es la confirmación de que esas teorías son viables, de que funcionan cuando de verdad se cree en ellas.

La escuela tradicional contradice en su estructura y funcionamiento la mayoría de los presupuestos que defienden estos magníficos profesionales. He aquí algunos de ellos:

El hecho de aprender es apasionante. El ser humano está hecho para aprender. Por eso, cuando rechaza el aprendizaje, hay que preguntarse qué es lo que no se está planteando bien en la institución escolar.

El fin de la educación es la felicidad. Se puede disfrutar aprendiendo. Y el aprendizaje ha de perseguir la felicidad, no el sufrimiento o la dureza. Eso no quiere decir que la escuela no prepare para las dificultades de la vida. “Si no eres feliz, no estás educado”, se dice en la película.

El aprendizaje ha de ser cooperativo. Ha de ser el fruto de las aportaciones de todos y de todas. Todo lo aprendemos entre todos.

Solo aprende el que quiere. Por eso resulta decisivo despertar el amor al conocimiento. No se impone el curriculum, sino que se construye y se desarrolla libremente.

Cada persona tiene su ritmo y su estilo de aprendizaje. No se acepta esa aprendizaje pretendidamente uniforme. Todos, todos a la vez, todos lo mismo, todos de la misma forma.

El amor está en la base del aprendizaje. Los alumnos aprenden al calor de los afectos. No se puede aprender nada significativo desde el desamor.

El curriculum ha de ser comprensivo. La fragmentación del curriculum es negativa para el aprendizaje, ya que la realidad es multifacética y solo se puede comprender de forma holística.

Hay que enseñar a decidir libremente. Hay que hacer elecciones libres para aprender a decidir. Resulta obvio decir que a decidir se aprende decidiendo.

Es muy importante hacer y hacerse preguntas. Hacer preguntas, interrogarse, encadenar la admiración con la interrogación y la indagación: ese es el camino para el aprendizaje.

La capacidad de investigación es inherente al ser humano. Desde las primeras etapas, todas las personas tratan de explorar, de buscar, de descubrir el mundo.

La creatividad es un valor esencial. En una escuela cooperativa, libre, favorecedora del desarrollo integral del individuo, hay que cultivar la creación, no la mera repetición.

No hay educación sin valores. En la escuela se trabaja el conocimiento pero, sobre todo, se practica y se aprende la convivencia.

Desde el punto de vista técnico, la película va construyendo un tapiz de hilos, colores y texturas muy diversas. Veamos alguno de estos hilos: la historia de unos alumnos y alumnas que quieren leer un discurso muy crítico sobre la escuela y que se encuentran con la oposición de la dirección y de un sector del profesorado, el testimonio de un grupo de educadores y educadoras de diferentes países (España, Argentina, Uruguay, México, Chile Colombia, Alemania y Ecuador, que yo recuerde) en un total de noventa entrevistas. Imágenes de escuelas y de alumnos que viven y trabajan en ellas de forma cooperativa. Treinta secuencias de animación y presentación de 45 experiencias de escuelas diversas, todas ellas asentadas en los ideales y principios de la escuela activa.

La película, que arranca con unas sugerentes reflexiones sobre el mito de la caverna, está dedicada “a todos los niños y jóvenes que quieren ser libres”.

Como puntos y seguidos de ese interesante discurso actúan citas bien elegidas de autores y pensadores relevantes: Maturana, Neill, Einstein, Montessori, Khrisnamurti… Sirva de ejemplo esta cita de María Montessori: “No me sigan a mí; sigan al niño”. O esta de Einstein: “”Si buscas resultados diferentes, no hagas siempre lo mismo”.

La película es un espejo donde pueden mirarse todas las escuelas y poner en entredicho muchas de sus concepciones, de sus prácticas, de sus rutinas. Una buena ocasión para la reflexión y para el debate.