¿Cómo te defraudaría?

7 May

Hace algunos años comencé el curso, no recuerdo en cuál de las asignaturas, haciendo una pregunta a mis alumnos y alumnas.

– ¿Cómo te defraudaría como profesor de esta asignatura?

Hace algunos años comencé el curso, no recuerdo en cuál de las asignaturas, haciendo una pregunta a mis alumnos y alumnas. - ¿Cómo te defraudaría como profesor de esta asignatura?

Les pedí sinceridad en las respuestas escritas (firmadas o anónimas), solicité que me las entregasen y anuncié que todas las sugerencias serían objeto de análisis. No se trataba, les dije, de hacer un catálogo de demandas que yo procuraría satisfacer sino establecer un diálogo fecundo.

Inmediatamente les dije que yo redactaría un escrito en el que les diría a ellos y a ellas cómo me defraudarían como alumnos y alumnas de la asignatura en cuestión. Y anuncié también que sometería mis ideas y demandas a la crítica de sus opiniones.

He conocido a estupendos docentes que han visto  destruidas sus mejores ilusiones de enseñar por quienes tenían que aprender y alumnos que han sido dañados en sus ansias de aprender por los profesores incompetentes y autoritarios que tenían que enseñarles. Por eso considero el diálogo fundamental, por eso ese encuentro decisivo, por eso la necesidad de romper esa nefasta vivencia de que el profesor es el verdugo de los alumnos y de que los alumnos son de los enemigos de los profesores.

Considero fundamental el diálogo entre el profesor y sus alumnos. Ya sé que hay un curriculum establecido que unos y otro deben conocer y cumplir. Pero no de forma acrítica. Ya sé que ese diálogo consume un tiempo que es muy necesario para el desarrollo del programa. Pero, el tiempo que se dedica a preparar un viaje no es un tiempo perdido respecto al viaje sino un tiempo imprescindible para que sea bueno. No tiene sentido empezar a correr sin saber hacia donde. Lo he repetido muchas veces: no hay nada más estúpido que lanzarse con la mayor eficacia en la dirección equivocada.

Se me dirá que ya otros han decidido hacia dónde hay que ir, cuándo, de qué manera, con quién y a qué ritmo. Se me dirá que no hay que perder el tiempo en  discutir lo que ya está establecido. Contraargumento diciendo que el grupo tiene que hacer una experiencia de aprendizaje prescrita, pero hay muchas formas de entenderla y de llevarla a cabo. Creo que la participación del profesor y de los alumnos en el proceso es muy importante. El docente no es una máquina de enseñar y los alumnos máquinas de aprender. De ahí la importancia del diálogo y de los acuerdos. Con el mismo curriculum predeterminado, cada grupo (cada profesor, cada alumno) tiene una experiencia de aprendizaje diferente. En unos casos estimulante, dinámica, enriquecedora y en otros  aburrida,  dictatorial  (de mandar y de copiar) y empobrecedora.

Hicimos nuestras tareas. Leí con atención sus propuestas. Aparecían en las demandas muchas peticiones demandas razonables y otras adulteradas por errores o  malas experiencias vividas.

Aparecía, por ejemplo, un afán desmedido de garantizar el aprobado (o, mejor dicho, la buena nota)  que iba más allá que el interés por garantizar el aprendizaje. Alguno quería que estuviese muy clarito lo que había que hacer para conseguir el aprobado. Pedía que se explicase desde el primer día cuáles eran los mínimos exigibles y la forma inequívoca de alcanzarlos. Les dije que, en ese aspecto, quizás les iba a defraudar. Para explicarlo, les conté la historia del profesor que recibe peticiones similares de un alumno.

–        ¿Donde vas a comer hoy?, le pregunta el profesor al alumno.

–        En el comedor universitario, responde sorprendido el alumno.

–         ¿Te puedo invitar?

–        Claro, si usted lo tiene a bien.

Se dirigieron hacia el comedor, ocuparon una mesa y compartieron el almuerzo hablando de esto y de lo otro.

–        A la hora de los postres, el alumno desea tomar un melocotón y ante su sorpresa el profesor pregunta:

–        ¿Te lo puedo pelar?

–        .No gracias, yo lo hago con facilidad.

–        Dame se gusto, ya que has aceptado la invitación.

–        ¿Te lo puedo partir en pequeño trozos?, inquiere el docente.

–        No, profesor, muchas gracias, Yo lo sé hacer.

–        ¿Te lo puedo masticar?

–        No, profesor, eso no. Qué asco.

–        Pues mira, eso es lo que me pedías hace un rato cuando me formulabas las preguntas sobre el modo de responder correctamente a las preguntas del examen.

Fue curioso observar cómo renunciaban a su protagonismo en el proceso. Ponían toda la iniciativa y toda la responsabilidad, en mis decisiones.

Algunas demandas me parecieron más que razonables: querían que respondiera a sus dudas, que cumpliera con rigor y receptividad las horas de tutoría, que las clases fuesen motivadoras, que supiese escuchar, que estuviese atento a sus dificultades, que hubiese prácticas, que pudiesen participar, que fuese justo en las evaluaciones, que pudiesen dialogar sobre ellas…

En mi escrito les decía que me defraudarían si solo estuviesen preocupados por la calificación, si se entregasen a la ley del mínimo esfuerzo, si no se atreviesen a hacer preguntas, si estuviesen pasivos en el aula, si se limitasen a conseguir un aprobado raspadito, si fuesen competitivos unos con otros, si no mostrasen interés por aprender, si no se ayudasen unos a otros, si carecieran de iniciativa, si se mostrasen conformistas…

Recuerdo que, cuando escucharon mis sugerencias, uno de ellos levantó la mano para decir lo siguiente (espero que no me falle mucho la memoria, aunque la idea está muy clara):

– Dices que te defraudaríamos si nos vieras competitivos y obsesionados por las calificaciones. Sin embargo cuando se convoca una plaza de profesor en tu Departamento, lo que se pide es la calificación…

No tuve más remedio que decir que tenía razón y propuse que se formase una comisión, formada por cuatro o cinco estudiantes (entre ellos el que hizo la pregunta) que respondería conmigo a esta tercera cuestión, que inicialmente yo no había previsto: ¿Cómo nos defrauda el sistema a los dos?

Nos reunimos y reflexionamos sobre las condiciones del trabajo y los contextos en los que se realizaba. Hablamos de las características que definían la cultura en la que se instalaba la institución y en las exigencias que se le planteaban desde fuera a través de la política, la economía y el mundo del trabajo.

La respuesta individual y colectiva, concluimos, debía ser la contrahegemonía. Frente a las exigencias de competitividad, individualismo, obsesión por la eficacia y relativismo moral que se imponen desde la cultura imperante, debería la institución y cada persona luchar para conseguir una sociedad más justa y más hermosa en la que cupiéramos todos y no solo un pequeño grupo de  privilegiados. Sin salir del mundo en que vivimos, deberíamos trabajar con la pretensión solidaria de hacer un mundo mejor.

Los textos de las tres dimensiones de  las hipotéticas decepciones se publicaron (siempre insisto en la conveniencia de la escritura) en la revista universitaria “5ª Convocatoria”. Hoy traigo aquí esa experiencia porque sigo pensando que el diálogo entre docentes y discentes es fundamental, no solo al inicio, sino durante el transcurso de toda la experiencia de enseñanza y aprendizaje. Por eso, al finalizar el curso, volvimos a poner sobre el tapete del diálogo aquellos escritos del comienzo Ese será otro artículo.

Puertas abiertas para mejorar

9 Abr

Hace algunos años, siendo Director del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga, pusimos en marcha, entre otras, una iniciativa para mejorar la práctica docente del profesorado universitarios.

La iniciativa se denominaba así: “Puertas abiertas para mejorar”.

Convocamos a todos los profesores y profesoras que estuviesen dispuestos a recibir en su aula a observadores externos y que también deseasen ser observadores de la actividad docente en otras aulas. Todos iban a observar y todos iban a ser observados. La iniciativa se denominaba así: “Puertas abiertas para mejorar”.

Les ofrecimos algunas pautas para realizar esa compleja pretensión que es captar el proceso de enseñanza y aprendizaje. Porque observar no es solo mirar, es buscar.  Y para entender lo que sucede hay que buscar con sentido y hay que tener teoría para interpretar.

Recuerdo que, en una de las ediciones, se presentaron voluntariamente unos cincuenta docentes. Cuando acudieron a la cita en la que se planteaban los objetivos y se formaban las parejas de observación, algunos se sorprendían de que propusiésemos que un químico observara las clases de filosofía o que un geógrafo fuera el observador de un compañero de latín.

La finalidad de los emparejamientos radicaba en la idea de que no fuese la única preocupación la selección, organización y exposición de los contenidos sino la estrategia didáctica. Si se emparejan como observador y observado dos profesores de latín, es fácil que la atención se centre en el rigor de la utilización de la partícula cum en un texto de Ovidio que se está traduciendo y no en la atención de los alumnos, en la comprensión de los mensajes, en el tipo de preguntas, en la riqueza didáctica de las estrategias, en los ejercicios didácticos, en el clima del aula…

Aplicando estos criterios no menospreciábamos el rigor de los conocimientos. Dábamos por supuesto que los profesores eran competentes en sus materias. Nadie puede enseñar lo que no sabe. En el estupendo libro “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”, de Ken Bain se afirma de forma taxativa que una de las características de estos docentes fuera de serie es que tienen un buen dominio de la asignatura que imparten. Solo desde ese conocimiento profundo y desde el amor al mismo, se puede realizar un proceso significativo y relevante de enseñanza.

Lo que sucede es que apenas si existe preparación alguna en el ámbito pedagógico. Para ser profesor universitario se exigen investigaciones y publicaciones que permitan confirmar la competencia disciplinar, pero nada que tenga que ver con la capacidad y la actitud docente.

La actividad tenía varias pretensiones. Por una parte, aprender a observar lo que sucede en las aulas. Todo habla en los escenarios de la práctica docente: los espacios, los tiempos, las posturas, las actividades, las dinámicas, los silencios, las preguntas, las respuestas, los materiales, el clima… Hace falta educar los ojos para ver. En segundo lugar, se pretendía que la observación del compañero, el informe construido y el diálogo suscitado, sirviesen de espejo en el que el profesor viese reflejada su práctica. En tercer lugar y, fundamentalmente, se pretendía que la práctica pudiese mejorar a la luz de lo analizado y de lo aprendido. En cuarto lugar, el análisis conjunto de todos los pares de observadores daba lugar a un segundo nivel de análisis y enriquecía lo que cada par había descubierto en su nivel.

Abrir las puertas permite que entre aire en el ambiente a veces enrarecido del aula, constituida en un reino de Taifas. Abrir las puertas es dejar que la mirada de otro ilumine, a través de las evidencias que recoge y del diálogo que se suscita, indicadores de reflexión conducentes a la mejora.

Es probable que a esas experiencias acudan los docentes que tienen voluntad clara y manifiesta de reflexionar y de mejorar. Hecho que suscita una pregunta de forma casi inevitable: ¿qué sucede con quien realiza su tarea de cualquier manera y no tiene el menor interés en mejorarla?

Conozco otras experiencias de este tipo en niveles diferentes del sistema educativo (no me gusta definir los niveles por la negación, como se hace al decir “niveles no universitarios”, porque la expresión parece indicar que este es el importante y que los demás se definen en referencia a él).

En Barcelona se están llevando a cabo algunas experiencias de esta naturaleza, en Infantil, Primaria y Secundaria. El cuerpo de inspección organiza estas iniciativas que se sitúan en el ámbito de la evaluación del profesorado por pares, pero que en realidad están encaminadas a la  mejora de la práctica. A mi me parece un excelente enfoque de la evaluación. Profesores de diferentes niveles se observan y se entregan informes. Procuran que el nivel del observado no sea el mismo que el del observador. Imagino que la finalidad coincide con la que nos impulsaba a nosotros en el Instituto de Ciencias de la Educación: centrarse en la sustancia didáctica, en la relación docente-discente, en las estrategias metodológicas…

Conocí estas experiencias en un encuentro del Forum Europeo de Administradores de la Educación celebrado en Madrid hace unos meses. Un grupo de inspectores e inspectoras compartieron la experiencia con los asistentes. El modelo fue recogido, según explicaron, por un grupo de inspectores de educación en una visita a Gotemburgo. Responde a las siglas ALP, acrónimo de Alingsàs, Lehrum, Parthille y tuvo su inicio en el año 2002. El objetivo del mismo es “buscar métodos cualitativos de valoración y seguimiento del desempeño del profesorado, para crear las condiciones que lleven a la reflexión y a la mejora de la actuación docente”.

Aunque la propuesta surge fuera de las aulas, el epicentro de la iniciativa está en ellas y en la voluntad de los docentes que desean incorporarse a la iniciativa, tratando de encontrar un estímulo para el desarrollo profesional.

Estas iniciativas están emparentadas con la contrastada estrategia para mejorar la práctica docente, denominada en el mundo anglosajón  “Lesson study”, que se sustenta en el trabajo colegiado de varios docentes.

Creo que estas experiencias pueden promoverse desde todas las instancias. El Centro escolar sería una de ellas. Los Centros de Profesorado, en su loable empeño de promover la formación, sería un foco interesante de promoción. Y, cómo no, la Inspección educativa, en una de las facetas más sugestivas de su función, que es la mejora de la práctica docente.

Siempre animo a que haya constancia escrita de estas experiencias innovadoras. Por dos motivos. El primero es que la escritura ayuda a la comprensión. El pensamiento caótico y errático que tenemos sobre la práctica, al ser sometido al rigor de la escritura, facilita la comprensión. El segundo tiene que ver con los efectos positivos que provoca la difusión: uno relacionado con el conocimiento de estrategias y otro con el optimismo que conlleva saber que otros están haciendo esfuerzos encomiables para mejorar su práctica.  Saber que se hace es una demostración irrebatible de que se puede hacer.

El desafío de la complejidad

25 Mar

Para entender de forma cabal el fenómeno educativo es preciso pasar de un paradigma asentado en la simplicidad a otro que se fundamente en la complejidad. Dice Edgar Morin que tenemos que enfrentarnos, de manera inevitable, a los desafíos de la complejidad: “El conocimiento pertinente debe enfrentar la complejidad. Complexus significa lo que está tejido junto; en efecto, hay complejidad cuando son inseparables los elementos diferentes que constituyen un todo (como el sociológico, el afectivo, el mitológico) y existe un tejido independiente, interactivo e inter-retroactivo entre el objeto de conocimiento y su contexto, las partes y el todo, el todo y las partes, las partes entre ellas”.

Otra razón es pensar que la enseñanza causa el aprendizaje de forma automática. No es cierto. Para que se produzcan aprendizajes significativos y relevantes hace falta que los nuevos saberes tengan una lógica interna y, además, que conecten con los aprendizajes previamente adquiridos. Y, por supuesto una disposición emocional hacia el aprendizaje.

Me pregunto por qué diablos se piensa que la tarea de enseñar es sencilla. La perspectiva simplista está compartida por muchos políticos, por familiares que tienen a sus hijos en la escuela, por ciudadanos de a pie e, incluso, por los propios docentes. Algunos desprecian de forma torpe y ridícula la atención a la diversidad, la creatividad, la motivación, la participación y hasta la misma pedagogía. Son partidarios de la clase magistral, del contenido puro y duro, de la jerarquía autoritaria, del palo y tente tieso. Y el que no aprenda, que arree. Qué simplismo.

Agruparé algunas razones bajo sus respectivos epígrafes, aunque sé que existen muchas más que el espacio no me permite ni siquiera citar.

La naturaleza de la tarea educativa: La tarea de educar es radicalmente paradójica. Lo que dicen los alumnos y alumnas a sus profesores y profesoras es: “Ayúdame a hacerlo solo”. Es decir, que ellos tienen que aprender a pensar por sí mismos, a decidir por sí mismos, a aprender por sí mismos.

Holderlin dice que los “educadores forman a su educandos como los océanos forman a los continentes, retirándose”. Es más fácil anegar la tierra que separarse para que la tierra emerja. La metáfora pone de manifiesto la necesidad de enseñar a que los alumnos lleguen a ser aprendices crónicos y autónomos.

La tarea que realiza el profesor es de naturaleza problemática. En educación no sucede que si A, entonces B. Lo que realmente sucede es que si A, entonces B, quizás.

La naturaleza de la enseñanza es problemática porque el acto de apropiación intelectual es complejo y está integrado por un sinnúmero de variables inasibles. Tradicionalmente se ha puesto el foco de análisis en la enseñanza cuando debería situarse en el aprendizaje. De lo contrario haríamos válida aquella exclamación del comerciante: “Yo vendo, pero no compran”.

Los “materiales” de la educación: Los “materiales” con los que trabaja el educador son enormemente complejos: capacidades,  sentimientos, ideas, motivaciones, voluntad, expectativas, actitudes, valores… En cualquier otra profesión se considera buen profesional al que sabe manipular bien los materiales, pero en ésta el mejor profesional es el que más pronto y mejor los libera.

Los “materials” que trabaja cualquier profesional (arquitectos, químicos, veterinarios, banqueros…) son más sencillos que aquellos que maneja el profesor. Porque obedecen a leyes.

Todos esos “materiales” están conectados entre sí y se relacionan de manera diferente en cada persona. Son “materiales” de difícil conocimiento y de compleja manipulación.

La diversidad infinita del alumnado: Las personas tenemos diferencias en numerosos ámbitos de la configuración personal. Cada una nos define en interacción dinámica y evolutiva con las otras. ¿Alguien ha visto a dos personas idénticas? Ni siquiera los gemelos homocigóticos, pasados unos días de vida, reaccionan igual ante los mismos estímulos. Atender la diversidad es una exigencia tan importante como compleja.

Los ámbitos que marcan la diferencia entre las personas son múltiples, por no decir infinitos. Todos ellos tienen importancia en uno u otro sentido.

Las circunstanias adversas: La educación no se realiza en la estratosfera, en una campana de cristal, en un lugar vacío. Se desarrolla en un contexto que hoy es adverso a los principios esenciales de la educación. La cultura neoliberal gira sobre ejes que contradicen los principios auténticamente educativos: individualismo, competitividad, obsesión por los resultados, relativismo moral, olvido de los desfavorecidos, capitalismo salvaje, imperio de las leyes del mercado, hipertrofia de la imagen, reificación del conocimiento… Los alumnos y las alumnas tienen importantes distractores para realizar el aprendizaje: medios de comunoicación quees ofrecen modelos por la vía de la seducción frente a los modelos que ofrece la escuela por la vía de la argumentación.

El contexto institucional es también adverso hoy en día. Han emperorado las condicions laborales del profesorado, se han reducido sus sueldos, han aumentado sus horas de trabajo, ha aumentado el número y la poblmática del alumnado en las aulas, cada vez hay más presión social…

Todo ello hace que la tarea docente sea de una gran complejidad. Para ser un buen docente hay que saber, saber hacer y saber ser. Nada fácil.

La tarea de los docentes: Una de las razones en que se basa la concepción simplista es pensar que quien se dedica a esta tarea “nace y no se hace”. Es decir que para ser buen docente hace falta vocación, pero no formación, hace falta haber nacido, no haberse preparado. No se piensa lo mismo de otras profesiones, como la medicina o la arquitectura. Basta ver los tiempos de preparación que se exigen para su ejercicio. Para ser veterinario se necesitan  más tiempo de preparación que para ser docente. ¿Es más sencillo lo que hace el maestro? ¿Es menos importante?

Hace tiempo leí una novela de Muriel Barbery titulada “La elegancia del erizo”. En ella se hace referencia a esa generalizada opinión que viene a decir que quien no vale para otra cosa vale para ser docente. Dice en una de las primeras páginas:  “El que sabe hacer algo, lo hace; el que no sabe, enseña; el que no sabe enseñar, enseña a los que enseñan y el que no sabe enseñar a los que enseñan se mete en  política”.

Otra razón es pensar que la enseñanza causa el aprendizaje de forma automática. No es cierto. Para que se produzcan aprendizajes significativos y relevantes hace falta que los nuevos saberes tengan una lógica interna y, además, que conecten con los aprendizajes previamente adquiridos. Y, por supuesto una disposición emocional hacia el aprendizaje. ¿Es fácil conseguir esa disposición? ¿Es fácil despertar el deseo de saber? ¿Es fácil enseñar que sólo es útil el conocimiento que nos hace mejores personas?

Una tercera es creer que para enseñar basta tener conocimientos sobre una determinada materia. Está claro que una cosa es saber y otra saber enseñar, que una cosa es tener conocimientos y otra despertar el deseo de que otros los adquieran.

Una cuarta, dentro de este epígrafe, es el hecho de que el docente realiza  su tarea de forma colegiada. Su trabajo exige coordinción permanente. Es más sencillo el trabajo del francotirador, que actúa en solitario.

La complejidad es todo es un desafío. Y más en una situación tan cr No es tan sencillolros,  etente Castillo.estra influencia es tan grande que nos considera capaces de destruir en ERspaña etenteítica. Lean, para comprobarlo, el libro que acaba de publicar Mariano Fernández Enguita, “La educación en la encrucijada”.

No quiero montar más a caballo

24 Oct

Creo que nadie duda de la importancia que tienen los docentes en la actitud de los alumnos y alumnas hacia el estudio. He visto a pésimos estudiantes transformados como por arte de magia en aprendices entusiastas al cambiar de profesor y, otras veces, he visto cómo un estudiante aplicado se ha vuelto perezoso e indisciplinado al encontrarse con un docente autoritario, torpe, frío y displicente.

Hanna reinició las suyas con un profesor irritable, duro, despectivo y exigente. Un profesor que reprendía y gritaba, un profesor que, lejos de animar, provocó el abandono de las clases y el rechazo de las mismas. Nunca quiso volver. Ni siquiera con otro profesor.

No quiero decir con esto que el estudiante sea una marioneta, manipulada por fuerzas externas. No quiero decir que no hay ninguna responsabilidad en las actitudes de quienes aprenden. Lo que quiero subrayar en estas líneas es la innegable influencia de quienes enseñan sobre las actitudes de los alumnos hacia el aprendizaje. ¿Cuántas veces hemos visto y oído decir que la influencia de un profesor creó un interés inusitado por una disciplina o por una profesión?

Voy a poner tres ejemplos. Tres malos ejemplos. Se puede decir qué es un buen profesor poniendo de manifiesto lo que sucede con quienes no lo son.

Un buen profesor (estas dos palabras deberían constituir una redundancia) es aquella persona que motiva, anima a estudiar y despierta el deseo de aprender. Cuando los niños y las niñas, que tienen una curiosidad innata, no quieren ir a la escuela, algo pasa, algo o alguien falla.

Primer ejemplo: Una niña amiga de mi hija Carla, una preciosa criatura llamada Hanna (desde aquí, querida niña, te mando un beso enorme en estos días difíciles), era una magnífica amazona. Las clases de equitación despertaban en ella un enorme atractivo. Cuando la veía sobre el caballo con su casco, su fusta y su chaleco, perfectamente sentada en la silla, grácil y elegante como una modelo, yo pensaba que era una niña que había nacido para montar a caballo.

Recuerdo que cuando, los viernes por la tarde, las llevábamos a las clases de hípica (a ella y a Carla), se salían del coche antes de que éste se hubiese detenido completamente.

– Niñas, por favor, esperad, tened cuidado…

Como entonces vivíamos en Galway (Irlanda) las clases se impartían en un espacio cubierto, ya que la lluvia hubiera impedido muchos días la celebración de las clases. (Qué hermosos recuerdos, qué entretenidas conversaciones, querida Raquel, mientras veíamos a nuestras hijas sobre los caballos).

Las clases tenían tanto atractivo que esperaban impacientes la tarde del viernes para practicar trotes y saltos, para recibir las instrucciones de su querida profesora…

Terminó nuestra estancia en Irlanda y la familia de Hanna regresó a su ciudad alemana mientras nosotros volvimos a Málaga. Carla reanudó sus clases con un excelente profesor, amable, competente y respetuoso. Hanna reinició las suyas con un profesor irritable, duro, despectivo y exigente. Un profesor que reprendía y gritaba, un profesor que, lejos de animar, provocó el abandono de las clases y el rechazo de las mismas. Nunca quiso volver. Ni siquiera con otro profesor.

Segundo ejemplo: Otra amiga de mi hija, esta española, es una magnífica pianistxa. Disfrutaba de sus clases y tocaba cada día con agrado y buena disposición. Hasta que se ha topado con un profesor de piano que le ha hecho salir llorando de las clases.

No quiere volver al centro de estudios, no desea practicar, no disfruta haciendo lo que hacía. Lo que con otros docentes era atractivo, este nuevo profesor se lo ha hecho aborrecer. Lo que era agradable, hermoso y placentero, lo hizo odioso con su actitud el nuevo profesor.

Tercer ejemplo: Una alumna mía me cuenta que, desde pequeña, sin saber por qué, tenía la ilusión de aprender francés. Quería conocer el idioma, la cultura, la historia, la literatura, la pintura francesa…

Cuando me está describiendo esta enorme ilusión que lo invadía todo, se interrumpe y me pregunta:

– ¿Sabes hasta cuándo me duró la ilusión?
– ¿Hasta cuándo?, pregunté.
– Hasta que me topé con una pésima profesora de francés…

Una cosa es no enseñar nada y otra, más grave, es matar el deseo de aprender. Una cosa es tener escasa habilidad para la enseñanza y otra, más negativa, es destruir las ilusiones de los alumnos y de las alumnas.

Es decir, que la persona que tenía que animarla a satisfacer aquellos deseos de saber, es la que los ha destruido. La que estaba pagada por la sociedad para ayudarla, es la que la ha destruido.

Estos efectos nocivos de una forma de proceder incompetente, nunca se tienen en cuenta. Cuando se habla de la evaluación de los aprendizajes solo se tienen en cuenta los conocimientos adquiridos pero no los efectos secundarios que algunas veces son tan importantes como devastadores.

No quiero, con estos ejemplos, hacer un juicio a los docentes. Sé que la inmensa mayoría desempeñan su tarea con profesionalidad y acierto.

Son muchos más los docentes que motivan, ayudan, animan y quieren a sus alumnos y alumnas. Los efectos que produce la acción docente son enormemente positivos no solo en los aprendizajes sino, sobre todo, en el deseo de aprender.

Esto es lo quiero subrayar en este artículo: la responsabilidad del docente, las repercusiones de su actitud y de su saber hacer en la disposición de sus alumnos y alumnas hacia el aprendizaje. La influencia es patente cuando el aprendiz se motiva y entusiasma. Y no lo es menos cuando se desalienta y se desespera.

Podría poner ejemplos innumerables del buen hacer de los docentes. Si he elegido los tres casos anteriores para abrir estas reflexiones es por el dolor que me han producido al conocer personalmente a las víctimas de la agresividad y de la incompetencia de estos profesionales. Uno puede cometer errores. ¿Quién no los comete? Otra cosa es mantener una actitud destructiva, día tras día, trimestre a trimestre, curso a curso.

Los padres y las madres no pueden asistir impasibles a este desastre. No pueden ver con indiferencia este proceder. Porque después de sus hijos vendrán otros. La dirección de los centros, sabedora muchas veces de estos hechos, no puede mirar para otra parte. No puede aceptar este tipo de comportamientos. Los inspectores/as no pueden cruzarse de brazos. Hay muchos profesionales en paro que realizarían encantados esta actividad. ¿Por qué mantener en su puesto a quien hace tanto daño un año tras otro?

A los dos tipos de profesores y profesoras se les paga igual. Los dos tienen, a través de lo que hacen, un modus vivendi. Pero no se me negará que en uno de los casos se trata de un sueldo dilapidado y en el otro de un dinero rentable.

No debería ser igual. No debería tener la misma recompensa hacerlo bien que hacerlo mal. Esforzarse o no esforzarse. Hacer bien que hacer daño.

Daniel Pennac, en el estupendo libro “Mal de escuela” dice algo que refleja muy bien esta idea. “A mí me salvaron la vida tres profesores que tenían una característica común: nunca soltaban a su presa”. No dice que le salvaron la asignatura, ni el curso. Dice que le salvaron la vida. La influencia no pudo ser más decisiva, más beneficiosa, más trascendental. Es triste que suceda lo contrario.

La naranja irrepetible

29 Ago

En la escuela se dan cita todo tipo de alumnos y de alumnas. Se encuentran en ella ricos y pobres, niños y niñas, inmigrantes y autóctonos, creyentes y ateos, listos y torpes, cultos e incultos… Todos ellos (todas ellas, no lo olvidemos) tienen derecho no sólo a la escolarización, sino a conseguir el éxito en la escolarización. Los niños tienen derecho a la hospitalización cuando están enfermos pero, deberíamos decir, más bien, que tienen derecho a la salud. Es decir, a tener éxito en la hospitalización. Porque, si al ir al Hospital se encuentran con un mal diagnóstico, una intervención equivocada o un trato inhumano, más les valdría no ser hospitalizados.

Si esto pasa con naranjas, ¿qué sucederá con personas que tienen sentimientos, valores, expectativas, inteligencia, relaciones, consciencia e historia?

Como la escuela es una institución tradicionalmente homogeneizadora, ha de buscar respuestas a las insistentes preguntas que encierra  la infinita diversidad de su alumnado. Cuando se habla de diversidad se reconoce la identidad de cada persona. Si, por el contrario, se establece un prototipo, todas las variaciones respecto al mismo se convierten en deficiencias

Cada uno es cada uno. No hay dos personas iguales. Estas afirmaciones que parecen obviedades están frecuentemente negadas cuando, en la escuela, tratamos a los niños y a las niñas como si fuesen iguales, o cuando los tratamos como diferentes pero comparándolos con  un prototipo. Quienes se alejan de ese modelo, de ese arquetipo, parece que tienen alguna tara. Son, por consiguiente, defectuosos. Así, una niña sería un niño defectuoso. Un niño ateo, sería un niño creyente defectuoso. Un niño gitano sería un niño payo defectuoso. Un niño magrebí sería un niño autóctono defectuoso.

El prototipo escolar lo constituye el varón, blanco, sano, inteligente, autóctono, creyente, payo, vidente, ágil, oyente, castellanoparlante… Los demás son “anormales” o, lo que es peor, “subnormales”. La institución escolar alberga problemáticas muy diversas, no sólo debidas a las infinitas diferencias individuales sino a las diferencias grupales (étnicas, lingüísticas, culturales, religiosas, económicas, de género…). Hay que caminar hacia una escuela inclusiva. Lo cual exige hacerse permanentemente esta pregunta: ¿a quién excluye la escuela?, ¿a quién pone trabas para una integración plena?, ¿a quién beneficia o privilegia?

Si un centímetro cuadrado de piel (las huellas digitales) nos hace diferentes a miles de millones de individuos, ¿qué no sucederá con toda la piel, con todo lo que ésta tiene dentro, con la historia y las vivencias y las emociones y las expectativas…? No hay un niño exactamente igual a otro. Ni siquiera dos gemelos univitelinos pueden considerarse idénticos. Su historia es distinta, sus vivencias son diferentes e intransferibles. Hay dos tipos de niños en las escuelas: los inclasificables y los de difícil clasificación. Cada individuo es único, irrepetible, irreemplazable, complejo y dinámico.

La diferencias de las personas pueden ser entendidas y vividas como una riqueza o como una carga. Si esas diferencias se respetan y se comparten son un tesoro; si se utilizan para discriminar, excluir y dominar se convierten en una lacra.

No hay educación si no se produce un ajuste de la propuesta a las características del educando. Sólo hay educación cuando un individuo concreto crece y se desarrolla al máximo según sus posibilidades. La psicología dice que es preciso acomodar la enseñanza a los conocimientos previos de los alumnos. ¿Cómo puede hacerse en un grupo actuando como si todos tuviesen los mismos datos en la cabeza, los mismos deseos e intereses en el corazón, la misma capacidad de aprendiaje?

Como en la escuela la actuación se dirige hacia un alumno tipo, los que no responden a él, se encuentran con dificultades de adaptación. No es la escuela la que se adapta a los niños sino éstos los que tienen que ajustarse al modelo que se propone o se impone en la escuela

Si la filosofía de la diversidad llega a la escuela, teórica y prácticamente, se habrá ganado en la dimensión ética, mejorará la convivencia, y los aprendizajes serán más relevantes y significativos para todos y cada uno de los alumnos y de las alumnas.  Ellos y ellas tienen que hacerse también conscientes de la diversidad sin que unos entiendan que son más o menos que los otros por ser como son.

Alguna vez he realizado en la clase la siguiente experiencia con el fin de mostrar  las evidencias de la diversidad y de reclamar la atención sobre la importancia de atender las peculiaridades de cada aprendiz.

Reparto a cada uno de los asistentes una naranja.. Si el grupo es muy grande se puede entregar la naranja a 10 o 12 asistentes.

Doy a los participantes la siguiente consigna: “Se trata de que contempléis con la mayor atención las características de la naranja que os ha correspondido. Que sintáis su tacto, que percibáis su olor, que observéis sus peculiaridades. Se trata también de que viváis esa naranja como algo vuestro y que, finalmente, anotéis en una hoja las características que la distinguen”.

Realizan la tarea durante cinco minutos, pasados los cuales depositan la naranja  en una mesa o  lugar plano en el que puedan contemplarse todas simultáneamente. Cada uno escribe en una hoja su nombre y se dirige a la mesa para  identificar la naranja que ha tenido en sus manos en la primera parte. Una vez localizada, coloca debajo el papel con su nombre debajo de su naranja y se sienta de nuevo.

Finalizada la tarea de identificación quedan las naranjas sobre el papel correspondiente y se comprueba si las elecciones han sido las adecuadas.

Lo previsible es que todos identifiquen “su” naranja. Se procede entonces a un debate sobre las señales de identidad, la irrepetibilidad de los sujetos, la capacidad de identificarlos, las consecuencias de la diversidad para la educación, etc.

Las naranjas son fácilmente identificadas a pesar de ser seres inertes y de haber sido conocidas solo durante un breve tiempo. Si esto pasa con naranjas, ¿qué sucederá con personas que tienen sentimientos, valores, expectativas, inteligencia, relaciones, consciencia e historia?

Ricardo Moreno, catedrático de Bachillerato, en un libro titulado “De la buena y de la mala educacón” se burla de mis preocupaciones sobre la diversidad. Cito su conclusión: ·Y ante tantas cosas esenciales que comparten mis alumnos, las diferencias que tanto preocupan al señor Santos Guerra, sean psicológicas, culturales, nacioanles o raciales, a mí me parecen accidentales, irrelevantes, insignificantes e irrisorias. Me pasan desapercibidas. No distingo al sueco del zulú”. Pues no. Hay que distinguirlos. Cada uno apende según su capacidad, su estilo, su ritmo y su motivación para el aprendizaje. Al profesor Moreno le parece mejor soltar la lección y el que la capte, estupendo y el que no, peor para él. La resposnabilidad, al parecer, solo será suya.