¡Corazones, no solo cabezas en la escuela!

28 May

Hace un par de semanas les pedí a mis alumnos y alumnas de la Facultad de Educación que pensasen en un docente que, a lo largo de su paso por el sistema educativo, hubiera ejercido sobre ellos o ellas una influencia beneficiosa determinante. Les pedí también que, una vez localizado el personaje en la maraña de influencias recibidas, escribiesen en un folio cómo era ese profesor o profesora. Debían pensar en la característica que mejor lo definiese, la que lo describiera de manera más precisa. Pretendía que estableciesen una relación causal entre esa forma de ser y la influencia positiva que esos profesionales habían ejercido. Recogí las siguientes características:

Image: pupils with hearts

Hablamos de la necesidad apremiante de tener maestros y maestras competentes. En esta profesión la competencia profesional no es solo intelectual, es también afectiva.

Cariñoso (4), cercano (3), empático (2), dulce (2), comprensivo (2), atento (2), exigente (2), preocupado (2), afectivo, paciente, bueno, amigo, motivador, alegre, entregado, que escuchaba, gracioso, luchador, inteligente, duro, competente, que valía.

Las preguntas se me agolpaban casi bruscamente: ¿Cómo debe ser la formación de los maestros y maestras para que desarrollen esas cualidades que determinan la influencia positiva? ¿Cómo sabemos que las poseen quienes van a dedicarse a esa tarea? ¿Cómo hacer presente en los procesos de selección la importancia de estas dimensiones? ¿Cómo incidir en el cultivo de esas competencias cuando el currículo se articula casi exclusivamente sobre conocimientos y destrezas?

Había, entre esos profesores y profesoras influyentes, hombres y mujeres en una proporción bastante equilibrada, teniendo en cuenta que hay más mujeres que hombres en el sistema educativo. No resultaba significativo en esa pequeña población el factor género. Tampoco era determinante la materia que impartían esos maestros y maestras influyentes. Había en ella profesores de Literatura, de Física, de Tecnología, de Inglés… Había maestros y maestras de infantil, de primaria y de secundaria. Me llamó la atención que no hubiera, entre los elegidos, ningún profesor universitario. ¿Por qué?, me pregunto. ¿Es que ya está cristalizada la personalidad y el margen de influencia es casi nulo? ¿Será que la enseñanza universitaria es impersonal, masificada y asentada exclusivamente en el desarrollo de las disciplinas académicas? ¿Será que nuestra preocupación personal se disuelve en una compleja urdimbre de conocimientos, metodologías y evaluaciones?

Un alumno, solo uno, respondió que él no recordaba a ningún profesor que hubiera ejercido una especial influencia en su vida. Me causó tristeza. Me hizo pensar. ¿Qué le ha pasado a ese alumno en el sistema educativo? ¿Qué ha vivido? ¿No le quisieron ayudar? ¿No lo necesitó? ¿No se dejó ayudar?

Estoy dirigiendo una tesis sobre la presencia de las competencias emocionales en la formación de maestros y maestras. Tengo suma curiosidad en descubrir qué es lo que se hace, qué es lo que no se hace y por reflexionar sobre lo que se debería hacer.

Hablamos de la necesidad apremiante de tener maestros y maestras competentes. En esta profesión la competencia profesional no es solo intelectual, es también afectiva. Para trabajar con ladrillos, productos químicos, talonarios, radiografías o números no es necesario el desarrollo emocional, para trabajar con personas, sí.

La escuela ha sido, tradicionalmente, el reino de lo cognitivo, no el reino de lo afectivo. Al entrar y al salir de la escuela se pregunta a los alumnos y a los profesores: ¿Tú qué sabes sobre…? Nunca se pregunta: ¿Tú que sientes, a ti qué te pasa…?

“En el colegio se aprende historia, geografía, matemáticas, lengua. Dibujo, gimnasia… Pero, ¿qué se aprende respecto a la afectividad? Nada. Absolutamente nada sobre cómo se interviene cuando se desencadena un conflicto. Absolutamente nada sobre el duelo, el control del miedo o la expresión de la cólera”, dice Filliozat en su libro “El corazón tiene sus razones”.

Alguno podrá considerar esa cuestión poco menos que intrascendente, cuando no perjudicial para los aprendizajes, ya que restaría un tiempo necesario para hacer cosas más importantes. Pero no. Yo ceo que para todo es mejor sentirse querido, estar motivado, tener una buena actitud hacia la institución, el profesorado y la tarea. Cuando el constructivismo explica qué es necesario para que se produzcan aprendizajes significativos y relevantes, dice que el conocimiento tiene que tener una lógica interna, una lógica externa (que conecte los conocimientos del alumno con los nuevos que tiene que adquirir) y dice también que es necesaria una disposición emocional favorable hacia el aprendizaje.

¿Cómo se puede provocar esta actitud? ¿Quién la puede hacer nacer y conseguir que se desarrolle? Solamente ese profesor o profesora que se interesa por el alumnado. Los niños aprenden de aquellos docentes a quienes aman.

El verbo aprender, como el verbo amar no se puede conjugar en imperativo. Solo aprende el que quiere. Y es conveniente hacer posible que se quiera. Por eso, para ser profesor no basta con dominar la asignatura. Se dice que hace falta, saber transmitirla. Yo digo algo que va más allá de la simple transmisión: hace falta, sobre todo, provocar el deseo de saberla, la pasión por descubrirla, la voluntad de aplicarla y el interés por compartirla. Se deduce, de todo ello, que no es un tarea fácil. Es más cómodo atrincherarse en la postura de que el profesor explica y si alguien no entiende o no quiere entender, allá él.

Dice Emilio Lledó que lo único que puede dar autoridad y prestigio a la profesión es “el amor a lo que se enseña y el amor a los que se enseña”. Hay que volver a leer el hermoso libro de Alexander Neill, que vio la luz en 1978: “Corazones, no solo cabezas en la escuela”.

Los dientes del Sultán

7 May

Me llama la atención la facilidad con la que algunas personas perciben el lado bueno de las cosas. Y, por el contrario, la dificultad que encuentran otras en descubrir las dimensiones positivas de la realidad.

Palace of present King Gorphade in Sandur near Hampi.

La actitud positiva pone a las personas en el camino del éxito mientras que la negativa nos sitúa en el del fracaso.

Cuánto daríamos al día siguiente de recibir un diagnóstico fatal por volver al día anterior y disfrutar de la alegría de sentirse sano. Pero resulta que ese día estuvimos malhumorados por una pequeña contrariedad que ahora nos hace sonreír. ¿Cómo no vimos ese día todo lo que ahora nos parece una maravilla deslumbrante? ¿Cómo nos pudo cegar ese pequeño contratiempo?

Javier Urra ha escrito un nuevo libro, que está prologado por el ministro de educación Ángel Gabilondo, Se titula “¿Qué se le puede pedir a la vida?”. El autor pretende ofrecer, como muy bien explica el prologuista, “un conjunto de diminutas partituras para nuestra propia interpretación, como muestras de un jazz que hemos de improvisar sobre la base del legado que recibimos”.

Una de esas minúsculas partituras cuenta que un sultán soñó que se le caían todos los dientes, por lo que llamó a un sabio para que interpretara lo soñado. El sabio, consternado, le dijo: “Gran desgracia, mi señor, pues cada diente representa la pérdida de un familiar de vuestra majestad”.

El sultán se enfureció por su insolencia y mandó castigarlo.

Ordenó que fuera puesto ante él otro sabio que al escuchar el sueño exclamó: “Gran felicidad os ha sido dada, excelso señor, pues significa que sobrevivirá a todos sus parientes”.

El sultán asintió y, agradecido, ordenó que le dieran cien monedas de otro.

Un cortesano preguntó a este verdaderamente sabio cómo era posible que, habiendo realizado la misma interpretación del sueño, un sabio recibiera un castigo y él cien monedas de otro. Contestó sabiamente: “Todo depende de la forma en que se dice; los seres humanos deberían aprender a comunicarse, pues de las palabras depende en gran medida la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. La verdad es como una piedra preciosa: si la lanzas, puede herir; por el contrario, si la envuelves con delicadeza y la ofreces con ternura, será aceptada y agradecida”.

El contenido del sueño del sultán era el mismo para los dos sabios. A los dos se les ofreció la misma narración de lo soñado, pero cada uno tuvo una interpretación diferente. Uno de ellos vio la parte positiva del sueño. Y la explicó con palabras amables y alentadoras. El otro vio, con torpeza, la parte oscura y negativa.

¿Por qué obstinarnos en ver solo los agujeros en el queso? Claro que los tiene, pero no solo tiene agujeros. No ver el queso es un signo de torpeza.

Lo que estoy argumentando tiene una especial vigencia en el mundo de la educación. El ser humano está diseñado para el aprendizaje. ¿Por qué empecinarse en ver solo su incapacidad, su desgana, su desmotivación? ¿Por qué centrarse solo en los agujeros del queso?

No sé si el lector ha leído esta ya vieja historia. Dos empresas de calzado enviaron un representante a realizar un estudio de mercado a la misma zona de África. Uno de ellos, después de realizar la correspondiente exploración, mandó a su empresa un Informe exhaustivo que concluía con estas palabras: “En definitiva, el futuro de la venta de calzado en la zona no puede ser más negativo. No se venderá ni un par de zapatos en muchos años. La razón es muy simple: aquí todo el mundo ande descalzo”. El representante de la otra empresa mandó, después de hacer el correspondiente estudio, envió también un Informe sobre la misma zona. Que concluía de esta manera: “El futuro de la venta de calzado en la zona no puede ser más prometedor. Se vendrá todo el calzado imaginable y aún más. La razón fundamental es que aquí todo el mundo anda descalzo”.

La zona era la mima, pero la actitud de los representantes era diametralmente opuesta. Lo cual significa no solo que tenían una visión discrepante de las posibilidades de vender sino de sí mismos como vendedores. Uno se consideraba incapaz de persuadir a un descalzo de que se comprara unos zapatos y otro se veía sumamente capaz de persuadir a quien va descalzo de que es más rentable comprarse unos zapatos que hacer una alfombra de taño universal.

Y eso sucede al entrar en un aula. Uno puede lamentarse del horrible panorama que tienen delante: No van a aprender nada porque están desmotivados, porque son torpes y no tienen conocimientos previos mientras otro puede ver en aquel grupo unas infinitas potencialidades de aprendizaje.

Lo que resulta más significativo es que la actitud positiva pone a las personas en el camino del éxito mientras que la negativa nos sitúa en el del fracaso. Es muy probable que el profesor que considera a ese grupo de alumnos y alumnas capaz de aprender consiga que acaben haciéndolo. Mientras que el que piensa que van a ser incapaces esté abocándolos al fracaso.

Qué decir de la alegría o la tristeza que se deriva de una forma u otra de ver las cosas. El sultán de la historia que contaba más arriba recibió un doloroso impacto cuando el primer sabio interpretó su sueño. Y una enorme alegría cuando el segundo sabio le dio su interpretación positiva.

A ese grupo de alumnos les llena de alegría y de estímulo el profesor que les considera dignos y capaces de descubrir el mundo, mientras que quien les dice que son una calamidad y que nunca alcanzarán el éxito les llena de tristeza y desesperación.

Es cuestión de perspectiva. Es cuestión de actitud. Los mismos hechos pueden ser interpretados de manera muy diferente. Para leerlos de forma inteligente hay que iluminarlos de forma clara pero, sobre todo, hay que iluminar el corazón.

La fertilidad del error

29 Ene
A veces se olvida la importancia del error en el aprendizaje.

A veces se olvida la importancia del error en el aprendizaje.

Aprender es arriesgarse a errar. El que nunca se equivoca es el que no hace nada. Lo decía lapidariamente Théodore de Banville: “Los que no hacen nada nunca yerran”. No hay mayor equivocación que pretender evitar cualquier equivocación. El temor a equivocarse puede resultar paralizante. Si quienes estudian un nuevo idioma sólo repiten las estructuras sintácticas que ya dominan, no aprenderán nada nuevo. Los que se arriesgan a utilizar nuevas estructuras, es probable que se equivoquen. Esa equivocación es una señal de progreso. Quien aprende a conducir, meterá alguna vez mal las marchas, pero podrá aprovechar ese error para hacerlo luego bien.

Hace ya más de cincuenta años decía Gaston Bachelard que “se conoce en contra de un conocimiento, destruyendo conocimientos mal hechos, superando lo que en la mente hace de obstáculo”. Viene a decir que no hay verdad sin error rectificado. (más…)