El verano siempre es mejor de lo que podría ser

18 Ago
Rincón de la Victoria, acantilados. Foto de Manuel Rueda.
Rincón de la Victoria, acantilados. Foto de Manuel Rueda.

Me gusta el verano. El verano es lo mejor. El verano son mis infancias en playas de arena blanca, paseos en bicicleta y horchata. El verano es el escondite entre las cocheras, las zurras de mi padre con sus amigos y un Renault 10 que sigue volviendo a la ciudad.

Me gusta el verano. Me gusta andar en chanclas, uno de los actos de mayor libertad posible, y descalzo sobre la arena templada al atardecer. Me gusta esa vista, pocos minutos después de desaparecer el sol, iluminado el mar y convertido en un espejo de estrellas y luces LED. Me gusta ese instante, ocaso sin escarpines.

Me gusta juntarme con amigos, y cenar, y que suene de fondo Nicola Conte, mientras un uruguayo loco nos hace vacío, matambre y tira de asado en el fuego, y  bebemos Luis Cañas, y dejamos que todos los huracanes nos sobrevuelen.

Me gusta el olor a jazmín, a dama de noche, a plumaria, a rosas…, ese aroma andaluz que cubre la noche como un toldo, y que nos evoca recuerdos de otros tiempos y otros espacios, y un perro viejo que ladra de fondo.

Me gusta ver a la gente relajada, más feliz, tumbada en la playa huyendo quietos de todos los problemas del mundo: el whatsapp, el jefe, el paro, la rutina, el vacío, las pesadillas, el ruido, las cartas de amor del banco y la soledad.

Me gusta el gazpacho, las ensaladas y comer fruta. Me gusta comer mucha fruta, de colores, en la playa, por la mañana, tras la siesta, sandía, melón, mango, comer kiwi con cuchara y plátano después de nadar.

Me gusta nadar en el mar. Echarme al agua, y salir de mi cuerpo a través de las corrientes, los azules, verdes, grises…, llegar al límite de mis fuerzas en baños terapéuticos, fresquitos y  divertidos, al borde de una hipotética hipoxia pensando que Dios existe en todas las cosas, incluso en la marca blanca del Mercadona, y saber que al volver a la orilla estarán mis niñas esperándome para jugar.

Me gusta jugar. Siempre me ha gustado. Jugar a todo. Jugar a abrir ventanas y cerrar puertas, a esconderme y desaparecer, a hundirme en ti, a cambiar de disfraz, a reescribir nuestra historia, a empezar lo acabado, a jugar por jugar.

Me gustan los días largos, los helados, las piscinas, dormir sin ropa, una cerveza con Manuel, asomarme a los acantilados de mi pueblo, Rincón de la Victoria, un libro de artículos de Javier Marías cuyo título no recuerdo, perder el tiempo, verte bucear, las esquinas de tu bolso y la sinfonía poética de las chicharras frente a nuestra casa.

Me gusta el verano. Estar aquí, ahora, solo, terminando esta columna, y pensar como Charles Bowden cuando dijo que “el verano siempre es mejor de lo que podría ser”.

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