Corominas y Alcorrín: Orígenes junto al Estrecho

Corominas y Alcorrín: Orígenes junto al Estrecho

Estepona y Manilva abrigan dos yacimientos que han arrojado datos reveladores sobre dos periodos fundacionales de la historia local: el rito de la muerte y de los dólmenes y la población autóctona frente a los fenicios

LUCAS MARTÍN

El mar rugía. Casi como un organismo vivo. Hecho de ángulos fugaces, de amenazas descosidas por el viento. Nada que hiciera evidenciar un destino distinto al de cualquier otro rincón del litoral, un lugar en el que la vida no tenía nada de especial más allá de las normas habituales a las que se confiaba la supervivencia: la caza, las noches armadas al raso, la pesca. Se sabía que, por su ubicación, las zonas silvestres de Manilva y Estepona, en plena Costa del Sol, no podían ser un trozo de tierra sin pasado; había indicios, estudios, incluso, que hablaban de acontecimientos, del paso de civilizaciones. Pero sin descender al fondo de la línea remota. Al menos, en cuanto a pruebas vivas, no dependientes de los datos ni de los ejercicios de fe.

En estos tiempos, tan irreflexivamente dados  al aprovechamiento costero, suena extraño hablar de restos  milenarias en pueblos con mar. Un error inducido por la panorámica que desmiente la historia, precisamente por la importancia de las comunicaciones y los recursos aportados por la fecundidad de la tierra y su proximidad con el agua. Los campos cercanos al litoral siempre fueron apreciados por los asentamientos. Incluso antes de que el hombre aprendiera a moverse sobre los penachos cambiantes de las olas. En la prehistoria, cuando las huellas casi nunca iban en bloque. Y con más intensidad de la que hasta hace poco servía para resolver el expediente en los manuales de texto. Málaga, en su parte marítima, no es tan plana en cuanto a sus orígenes. Ni todo comienza con los fenicios ni se resume en las galas de su indiscutible antigüedad. La letra pequeña revela un mundo más complejo. Con demostraciones visuales tan relevantes como las de los yacimientos de Alcorrín y Corominas, únicos en su estilo. Y con capacidad para justificar por sí mismos una versión de los hechos con bastantes más matices que la que comúnmente se da por válida en la explicación de la comunidad. Los trabajos llevados a cabo en ambos parajes, cada uno en su dimensión y periodo histórico, han permitido avanzar en el conocimiento de los pueblos primitivos y en el comportamiento de las colonias indígenas que vieron acercarse a los tripulantes mediterráneos por primera vez.

La Pieza del Museo de Málaga

El zarcillo en forma de espiral, custodiado actualmente entre los fondos del Museo de Málaga, supone una de las piezas más singulares del yacimiento de Corominas. El objeto fue encontrado en una de las tumbas adheridas a los dólmenes. En concreto, al número 4, y asociado al ajuar de uno de los enterramientos de la Edad del Cobre que se incorporaron a la necrópolis con posterioridad. En la misma sepultura fueron localizados otros enseres de adscripción campaniforme. Entre ellos, muestras de cerámica a base de bandas en zigzag y bandas de líneas incisas paralelas. Algunas de las sepulturas de esta etapa fueron encontradas en la periferia de los dólmenes. Otras, en cambio, figuraban en el interior de los propios monumentos fúnebres, desplazando en muchos casos a los restos anteriores.

Ildefonso Navarro, responsable de patrimonio del Ayuntamiento de Estepona, cuenta la excitación que sintió al ver asomar las primeras estructuras de los restos de Corominas, una riqueza con la que nadie contaba, surgida sorpresivamente en un yermo, de nuevo, a cuenta del azar. En este caso, gracias a las obras de la autopista de la Costa del Sol, que en sus indagaciones previas toparon con un convidado imprevisto: nada menos que cinco dólmenes, una necrópolis megalítica de hace más de 5.000 años. La  primera de estas características que se encuentra en el ámbito definido del litoral. «Se habían localizado restos de esta etapa, pero siempre en cuevas. No en este tipo de enterramientos», indica. Al igual que en Alcorrín, la ubicación de las ruinas, situadas en un terreno apartado, de escaso valor agrícola, explican su formidable resistencia al paso del tiempo. Durante más de cincuenta siglos, el paraje de Corominas, llamado así por un cortijo cercano, apenas fue frecuentado por las botas pesadas de algunos cazadores. Tuvo que ser el tumulto de la maquinaria, la inminencia del alquitrán, la que sacara a la vida prehistórica de su caverna milenaria, dejando en la superficie un tumulto perfectamente delimitado de piedra, huesos, adornos y cerámica. Ildefonso Navarro alude a una singularidad: la presencia, en algunas ocasiones superpuesta, de otras tumbas posteriores. Concretamente, de la época campaniforme, sepulturas individuales, pródigas en adornos y ajuar. Un tipo de depósito funerario bastante infrecuente, borrado del inventario patrimonial de casi todos los rincones de Andalucía. Y que en el yacimiento esteponero fue hallado prácticamente sin alterar. «El hecho de que mil años después de los dólmenes siguiera siendo lugar de enterramiento denota lo que significaba ese espacio, un lugar probablemente de antepasados, de reivindicación territorial», precisa.

Los trabajos realizados por este investigador, junto al Instituto Arqueológico Alemán, con Dirce Marzoli a la cabeza, y participación de expertos como Mariano Torres y César León, han permitido conocer la sofisticación de este pueblo autóctono, que se mantuvo en el territorio durante un siglo, dejando amplias muestras de sus contactos con los fenicios y de su maduración. Alcorrín es el testimonio físico que acaso la presencia de nuevas culturas y las anegaciones sucesivas negaron en el Guadalhorce al asentamiento previo del Cerro del Villar: la cabecera matriz de una colonia en la que conviven muestras de arquitectura local y fenicia, restos que evidencian trabajos de fundición de hierro, cerámica de diferentes técnicas, utensilios para la celebración de fiestas con vino, una de las prácticas influidas por los nuevos vecinos. Historia, sin duda, que no se detiene, con facultad de lanzar el pasado hacia el presente, el descubrimiento en vivo de lo que ocurrió.

Queda mucho por hacer. Tanto que, ni siquiera investigadores y especialistas, son capaces de delimitar el contenido de la que es considerada como una de las colonias fenicias más ricas y mejor conservadas del Mediterráneo. De lo único que existe certidumbre es de su valor, inferido, incluso, cuando todo estaba soterrado. Cuenta el arqueólogo Juan Manuel Muñoz Gambero, artífice del hallazgo, que en el mismo momento en el que recibió una pieza, con incrustaciones negras y rojas, de mano de uno de los estudiantes de su grupo, supo que en el paraje se encontraba un yacimiento de riqueza incalculable. El instinto no le falló y las expediciones posteriores llevadas a cabo por él y por profesionales como la doctora María Eugenia Aubet, de la Pompeu Fabra, Eduardo Delgado y los propios García Alfonso y Javier Noriega, entre otros, confirmaron e, incluso, agigantaron las expectativas iniciales. En 1998 la Junta de Andalucía amplió la protección del conjunto al declararlo Bien de Interés Cultural. La apertura del Museo de Bellas Artes y Arqueológico de Málaga, que tendrá lugar el próximo 12 de diciembre, lleva implícita un regreso de la mirada a puntos como el Cerro del Villar y su entorno, todo un centro potencial de exhibición y de descubrimiento de la historia.

 

 

Un pasado todavía preñado de novedad y revelación

No ha sido necesario volver a excavar. Ni siquiera precintar la zona con una de las alambradas amarillentas tras las que languidecen los monumentos que no acaban de recibir financiación. En este caso, Alcorrín y Corominas, han funcionado con una locuacidad irrefrenable, aportando información y despejando incógnitas. Sin que de momento se atisbe techo alguno para su caudal. El yacimiento de Estepona desde su nueva ubicación, situada en el museo monográfico abierto en el Parque de Los Pedregales, donde fue trasladado piedra a piedra el conjunto, acompañado de paneles didácticos y del contenido de los cinco grandes enterramientos. Ildefonso Navarro asegura que el emplazamiento permite contemplar la necrópolis en toda su escala, aunque indica que todavía resta mucho por saber: lo más importante,
las pruebas de ADN y de Carbono 14, que determinarán la edad de los restos y su posible relación de parentesco. Los Castillejos de Alcorrín, por su parte, continúan siendo estudiados:  «Se trata de un singular y excepcional ejemplo de cooperación internacional. Una cooperación efectiva para profundizar en el estudio de una etapa histórica, el Bronce Final, Tartésico y Fenicio Arcaico, cuyos resultados pueden significar un importante impulso a dicha área del conocimiento de cara al futuro», explica Javier Noriega, de la firma arqueológica Nerea.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

4 × dos =