Castillos en pie de guerra

Castillos en pie de guerra

La zona nororiental de la provincia, tumultuosa frontera entre árabes y castellanos, conserva grandes ejemplos de fortificaciones medievales, algunas con episodios a sus espaldas tan significativos como la muerte de sir James Douglas

LUCAS MARTÍN

Son testigos de violentas polvaredas, de relinchos atosigados, de sangre, de ostentaciones. Piedras en altura, casi en formación de espejismo, de gigantes o molinos, en la parte superior del cerro.  Lo cuentan las crónicas, los historiadores: la mayoría de los pueblos de Málaga pudieron tener su castillo. Algunos todavía erguidos, otros reducidos a herrumbre, a expresiones caligráficas mínimas e irrecuperables. Sombras de lucha, de poder, de acantonamiento. Una colección que en la provincia se da en diversos frentes, aunque quizá ninguno provisto de tanta coherencia como el que se extiende por el noroeste, la zona que abarca Teba, Cañete la Real o Ardales, donde las luchas entre árabes y cristianos se prolongaron en su agonía durante décadas.

Las fechas, en este caso, no mienten. La toma de Málaga no resultó, ni mucho menos, uniforme, dejando entre la caída de un pueblo y otro una distancia que en ocasiones excede los setenta años. Un tiempo lo suficientemente holgado como para consolidar una vida de frontera, de fortificaciones montañosas, por más que muchas de las construcciones provinieran de mucho más atrás, de revueltas internas como la de Bobastro.

Virgilio Martínez Enamorado, que junto a Eduardo García Alfonso, exploró el yacimiento de Teba, advierte del primer error. Málaga, tan olvidadiza con su patrimonio, cuenta con numerosas  fortalezas medievales, pero con una singularidad que impide confiar ciegamente en los paralelismos con el resto de Europa. Los ejemplos más afamados de la provincia no tienen a veces nada que ver con los de países como Francia y Alemania. Y mucho menos con el tópico. Aquí no hubo princesas rubias peinándose junto a la ventana, ni banquetes para el señor, ni fiestas ruidosas de cruzados. Sobre todo, en los que fueron levantados bajo el dominio de Al-Andalus, que tenían otra función, asociada normalmente a la vida comunitaria, con espacios que servían de refugio, de granero, y hasta de depósito de armas  y de animales.

Para Martínez Enamorado es la propia concepción del castillo, su significado social, la que marca las diferencias entre las edificaciones  árabes y las castellanas. Estas últimas, con todo su carrete simbólico, eran mucho más que cotas defensivas: una manifestación del poder feudal, con toda su jerarquía, vetada a todo lo que no fuera la cúspide, el boato. Un sentido que hace aguas en su equivalente andalusí hasta convertirse en una estructura mucho más agrícola y práctica, sin tantas connotaciones de dominio, de vasallaje.

En la línea que ha quedado en pie en la antigua frontera de Málaga,  conservada con intolerable desidia en muchos puntos, resulta difícil percibir a simple vista las peculiaridades de los modelos. Especialmente, por su intrincada historia, que en edificaciones como la de Cañete la Real habla de hasta cinco cambios de propiedad en apenas 150 años. Fortalezas amuralladas por Omar Ben Hafsún para desafiar el poder omeya, construcciones que fueron alternando violentamente el dominio cristiano y musulmán, añadiendo capas, usando, incluso, fórmulas híbridas, como las de la última etapa nazarí, cuando aparecieron elevaciones parecidas a las torres de homenaje con las que los castellanos solían expresar su poder y sus victorias.

Decenas de castillos. Algunos cuarteados, miniaturizados hasta  la mera especulación. Otros, como el de Teba, famosos en toda Europa, con celebraciones anuales y episodios como la gesta de James Douglas: aquel caballero escocés  que trasladaba el corazón del rey Bruce a Tierra Santa, y que encontró la muerte en la toma de la edificación, a manos de Ozmín, en una terrible emboscada. Que la mayor reliquia de un monarca europeo acabara desparramada en  un pueblo de la comarca de Antequera explica la tortuosa vida de los castillos medievales de frontera,  escenarios también, en algunos casos, de hechos que, con un resultado distinto, podrían haber provocado un cambio de rumbo en el equilibrio de fuerzas y los acontecimientos posteriores. La insurrección, por ejemplo, de Ben Hafsún, responsable del alzamiento de  refugios tan importantes como el de Cañete la Real, que data de finales del siglo IX.

El medievalista Martínez Enamorado insiste en que el valor de las fortificaciones, en su desigual grado de conservación, no se limita a la pauta del paisaje; se trata de ruinas, de restos, que brindan además información esencial para comprender la época y los saltos intemperantes a uno y otro lado de las transformaciones. La evolución urbana, con sus nudos de casas, de asfalto, de bloques, hace que no sea posible captar de un sólo vistazo lo que debían significar todos estos castillos en la perspectiva de la Edad Media; corpachones de piedra rivalizando con el horizonte, acoplados en la cima, con todo el privilegio añadido del que desafía en lo más elemental a la naturaleza. Fortines como el de La Peña o el de Turón, con su alcázar y sus torreones por encima del río, extendiendo su rúbrica por el valle.

A pesar de su valía, la suerte ha sido muy dispar con todos estos yacimientos. De la desidia y falta de arraigo se pasa a casos como el de Archidona, en el que el castillo, por su ubicación y ritos, sigue formando parte de la vida colectiva.  Un edificio, con rango de Bien Interés Cultural (BIC), en el que fue coronado Abderramán I. Y que con fortuna adversa podría haber sufrido el mismo deterioro que muchas de las otras fortificaciones con las que comparte sentido geográfico e histórico. Javier Noriega, de la empresa arqueológica Nerea, apunta a la necesidad de restaurar y aprovechar la existencia de  los restos: «Sus beneficios serían múltiples, aportando historia y arqueología, estima a los municipios rurales de interior, tan necesitados de un reclamo cultural y turístico, así como de seña de identidad», señala. Que el corazón del rey Bruce, después de tocar suelo de la provincia, vuelva de nueva a las islas. Esta vez en forma de promoción, de presentación de los paisajes.

 

Una ruta apenas conocida y con toda la misión turística por delante

No todos precisan de grandes campañas. Ni siquiera de la entrada, a menudo animosa, de la pala. En muchos casos, es simple cuestión de voluntad. De imaginación. Tan sencillo como colocar un panel informativo. Un cartel en mitad de la carretera.

Málaga, tantas veces de espaldas a su historia, tiene una cuenta pendiente con sus castillos de frontera. En el apartado más obvio, el de la conservación, sí, pero también en su propio reconocimiento. En eso coinciden todos los especialistas. Falla, como señala Javier Noriega, de la empresa arqueológica Nerea, la señalética, pero también un plan ambicioso como el puesto en marcha en Jaén, que bajo el nombre Castillos y Batallas, ha creado una ruta turística de indudable valor didáctico. Sin duda, a la provincia no le falta patrimonio. Fortificaciones como la de Bentomiz, la de Teba, la de Álora, en sus distintos estados de mantenimiento, dan para muchas excursiones. Y lo que es igualmente importante: constituyen un testimonio empedrado que ayuda a conocer una de las épocas más apasionantes y convulsas de la historia del territorio: la de la lucha entre musulmanes y cristianos, que en algunas de estas construcciones responde también a capítulos anteriores como la rebelión de Bobastro, con la línea defensiva de Omar Ben Hafsún sirviendo de anticipo para nuevas batallas. Las mismas piedras, los mismos terrenos, sirviendo para los propósitos de distintas culturas, de distintos idiomas, unidos asimismo, y gracias a estas huellas, en las fortalezas, con propiedad de ida y vuelta, que dominan el paisaje.

 

 

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