John Le Carré: El frío que surgió del espía

11 febrero, 2018

TINO PERTIERRA

John le Carré se despide de Smiley en El legado de los espías, un excepcional testamento literario. El legado de los espías en una despedida literaria en toda regla, exhibiendo todo el vigor narrativo y la rotundidad psicológica de los personajes que caracteriza sus grandes obras al servicio de un ajuste de cuentas más sentimental que fiero

John le Carré regresa a lo grande. Su edad le ha servido para dosificar con estilo su narrativa vigorosa y absorbente L. O.

La publicación de unas memorias entretenidas pero indudablemente volátiles, Volar en círculos (2016), dejó al seguidor de John le Carré con la miel en los labios. Se esperaba más de lo que el autor quizá podía dar. A modo de cortés desagravio y consciente de que su avanzada edad le obliga a afrontar proyectos con sombrío carácter testamentario, el escritor convierte El legado de los espías en una despedida literaria en toda regla, exhibiendo todo el vigor narrativo y la rotundidad psicológica de los personajes que caracteriza sus grandes obras al servicio de un ajuste de cuentas más sentimental que fiero.

De ahí que este fin de carrera devuelva al escenario nombres ya míticos, con George Smiley a la cabeza. El resultado es una delicia agridulce que los lecarrenianos paladean palabra a palabra en el umbral de un largo adiós.

Le Carré logró fama mundial gracias a su tercera novela, El espía que surgió del frío, título de intenso amargor que inspiró una memorable película con Richard Burton, y cuya relectura, sino imprescindible, sí ayuda a transitar con más conocimiento de causas y efectos por El legado de los espías. Tampoco nos llamemos a engaño: Smiley no es el protagonista y se hace de rogar para asomarse, pero su presencia (o su ausencia) adquieren la importancia dramática de un coronel Willard en El corazón de las tinieblas o un Orson Welles en El tercer hombre. A quien sí veremos con frecuencia es a Peter Guillam. Quien fuera discípulo y ayudante de Smiley es ahora un hombre de edad avanzada que se niega a retroceder en asuntos tales como la destreza física y la claridad de ideas. Su plácida jubilación se ve interrumpida por una convocatoria inesperada del MI6 que le arroja de cabeza a las cloacas del pasado con un interrogatorio a cara de perro.

Los tiempos han cambiado, y los edificios también: «Solamente alguien que se hubiera formado como espía en el antiguo Circus podría haber entendido la aversión que se apoderó de mí cuando, a las cuatro de la tarde del día siguiente, pagué el taxi y empecé a subir por la pasarela de hormigón hasta la nueva sede del Servicio, escandalosamente ostentosa». Pero la vida a veces no te permite ese lujo y, como mucho, permite un último encuentro: «Me desplacé hasta que los dos pudimos vernos mutuamente. Y como George siempre había aparentado más edad de la que tenía, comprobé con alivio que no me esperaba ninguna sorpresa desagradable. Era el mismo George, cargado finalmente con los años que siempre había aparentado».

Le Carré encara la que seguramente es su última aventura literaria con tintes de precuela y tintas de secuela. El resultado es, para qué ser tibios a estas alturas de la trama, fascinante, absorbente, de pudorosa emotividad y del todo punto encantador. De serpientes. Hay tanto veneno en las páginas como elegancia literaria a la hora de inocularlo. No es que Le Carré tenga prisa en cerrar su legado, pero, desde luego, no pierde el tiempo yéndose por las ramas, y eso incluye su briosa renovación de los votos europeístas frente al cartilaginoso y torpe amurallamiento del Brexit.
En cualquier caso, la sangría ética, los planteamientos cínicos, el engaño y la doble moral que anidan en las novelas iniciales de Le Carré gozan de buena salud décadas después, y no solo en las salas de máquinas de los servicios de inteligencia.

El legado de los espías es una obra descreída, pero no desesperanzada. Escéptica, que no cínica. Desencantada, sí, pero combativa. Más triste que amarga, más comprensiva que despiadada porque, se puede leer en sus últimas páginas, a veces la piedad puede estar mal dirigida y eso no impide la devastación.

Es el cierre perfecto a la carrera de un autor mayor que incluso en sus obras menores ha demostrado siempre una profesionalidad impecable. ¿Para qué sirvió la Guerra Fría? ¿Los supuestos enemigos no eran, en definitiva, la otra cara de una moneda falsa en un mundo de mentiras colectivas? ¿Se puede trabajar en las cloacas, aunque sean las del lado bueno, sin salir manchado y apestando a ruindad moral? Después de aparecer en ocho novelas de Le Carré, Smiley tiene una última aparición que cabe calificar sin excesos como memorable. Le echaremos de menos, pero, sobre todo, echaremos de menos a quien lo creó.

FICHA
El legado de los espías
JOHN LE CARRÉ
PLANETA
23,90 €
Traducción de Claudia Conde

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