Toni Quero: El amor es un mismo paisaje

11 febrero, 2018

GUILLERMO BUSUTIL

Las aves. Es difícil cazarlas con la mirada. Se las ve ligeras, un segmento de sombra, rímel suave en el cielo, un parpadeo y de repente nada queda de ellas. Ni siquiera un rastro de humo, como sucede con los aviones. Tampoco una pluma perdida, igual que los besos que se dejan por el camino los amantes. Sin embargo si uno es hábil o imagina por delante, lo mismo que hacen los cazadores cuando apuntan desde un fututo de tiempo fugaz, pude atraparse un ave en el corazón de una cámara fotográfica. He conocido a tipos que lo hacen. El último es joven, monta en moto a lo largo de una huida que tiene mucho de viaje de búsqueda, del trazo invisible de las dos ruedas de una moto por encima y por dentro del corazón de una mujer frágil Igual que si el viaje y su huella fuesen el hilo que cose una herida para dejar que vaya cicatrizando. Es lo que también hace ese tipo que fotografía aves. En el cielo, y en vuelo hacia el mar en el que Duna se desnuda las alas y se baña con una sonrisa azul, mientras él la contempla entre el índice y el corazón y juega a que ella es un reloj de arena al que se le puede dar la vuelta. Ignora lo peligroso de ese entretenimiento que sueña porque sin saberlo el abismo se tienta. Otras veces Duna, su chica, la que ha vuelto de otro cielo con una herida que él quiere cerrarle del todo, se desnuda pero es sobre el cuerpo de él por dónde vuela y va dejando su sombra. Esa que él no ve porque unas veces sucede por el interior de las emociones de ella, y otras exteriormente detrás del paquete en la moto. El misterio que se vela ni se guarda en el papel ni en la memoria digital fotográfica que enfoca la mano que traza caricias que van formando el dibujo del amor y su mapa, pequeños instantes en los que se siente, ella, a salvo de sus fantasmas, y reconciliándose. Duna y su compañero, viajeros a orillas del verano, dos meses de carretera y manta, sin detenerse a trabajar en el Delta del Ebro, continuando su roadmovie por Europa, Paris, Berlin, Copenhague.

No hay horizonte aunque sí la misma rutina en cien días, cien estampas: el viaje en moto de dos veinteañeros, rodar a solas cuando ella duerme, el sexo espontáneo que ella despierta, la comida, un trago, el mirarse el uno al otro y la carretera secundaria que es su viaje, que es su vida, que es el futuro que no se captura como el presente. Se sueña, se desea, se siente, y en un abrir cerrar de párpados nada existe. Sólo un cielo en blanco. Las aguas abiertas en las que un beso se pierde. Esto es lo que encontrará el lector en Párpados, la novela debutante de Tony Quero, un poeta que cuenta con imágenes, desnudando la escritura para que tiemble lo que narra. Lo malo es que lo repite, como el eco de un eco. En eso se parece en algo al cine de Jim Jarmusch. Hay una niebla que no se ve pero se presiente entre el lenguaje y la historia. Pero a esa belleza le falta entraña, oscuridad psicológica, una indagación más a fondo del gesto, del detalle, para evitar que lo etéreo se disipe como si nada. Nada sucede, aunque algo suceda. Lo mismo que en las películas de Eric Rohmer donde todos los personajes se parecen entre ellos mismos, y lo fugaz y lo que se presiente y lo cotidiano y lo poético se transforman en una fluidez que termina pesando, sin dejar rastro

el acierto de esta primera novela Premio Dos Passos, de Tony Quero es su mirada y su bello lenguaje. Ambas convierten la narración en paisaje, igual que a los protagonistas en movimiento de otros paisajes por los que se van moviendo, por fuera, por dentro, como una geografía emocional en escorzo, desdibujándose, libres sí, pero hacia ninguna parte que nos detenga la lectura, el aliento, el afecto. Esa felicidad por cuya grieta un estornino emprende el vuelo. El que esperamos de su próxima historia.

FICHA
Párpados
TONY QUERO
GALAXIA GUTENBERG
17 €

 

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